Antes de que termine el último año CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Alex no apareció el martes.

Ni el miércoles.

El jueves dejé de fingir que no estaba preocupada.

Le escribí.

Sofía: ¿Estás vivo?

No respondió.

Una hora después:

Sofía: Tenemos que avanzar el proyecto.

Nada.

A las nueve de la noche:

Sofía: Alex.

Leído.

Sin respuesta.

Lancé el teléfono sobre la cama.

—Idiota.

• • •

El viernes apareció.

Entró a Literatura diez minutos tarde.

No hizo ninguna broma.

No saludó.

Se sentó detrás de mí.

Me giré.

Tenía ojeras.

—¿Dónde estabas?

—Buenos días.

—Te escribí.

—Lo vi.

—¿Y?

—Y nada.

—¿Estás bien?

—Sí.

Mentía.

—Alex.

—Estoy bien, Sofía.

Me giré hacia delante.

Cinco minutos después sentí un papel caer sobre mi mesa.

Lo abrí.

Perdón.

No respondí.

• • •

Después de clase lo seguí.

—Alex.

Continuó caminando.

—¡Bennett!

Se detuvo.

—¿Qué?

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—Deja de decir eso.

—¿Qué quieres de mí?

La pregunta me dejó quieta.

—Quiero saber si estás bien.

—¿Por qué?

Abrí la boca.

No salió nada.

Alex soltó una risa amarga.

—Exactamente.

—Porque somos amigos.

Silencio.

Yo misma me sorprendí.

—¿Somos amigos? —preguntó.

—Supongo.

—Qué declaración tan emotiva.

—¿Puedes dejar de bromear cinco segundos?

Su sonrisa desapareció.

—Mi padre perdió el trabajo.

No esperaba aquello.

—Alex…

—Y mi hermana no está en casa. Otra vez.

—¿Qué significa "otra vez"?

—Significa que cuando las cosas se ponen mal, desaparece.

Miró al suelo.

—Y cuando ella desaparece, mi padre bebe. Cuando mi padre bebe…

Se calló.

—¿Qué?

—Nada.

—Alex.

—No.

Retrocedió.

—Ya dije demasiado.

—Puedes hablar conmigo.

—No necesito hablar.

—Quizá sí.

—¿Ahora eres psicóloga?

—No. Soy tu amiga.

Me miró.

Por un segundo pareció que iba a decir algo.

Entonces escuchamos:

—Bennett.

Uno de los chicos de la fiesta estaba al final del pasillo.

Alex cambió inmediatamente.

—Vete a casa, Sofía.

—¿Qué?

—Vete.

—No me des órdenes.

—Por una vez, hazme caso.

El chico volvió a llamarlo.

Alex comenzó a alejarse.

—Alex.

Se detuvo.

—No hagas ninguna estupidez.

No se giró.

—Llegaste varios años tarde para decirme eso.

• • •

A las dos de la mañana sonó mi teléfono.

Desperté sobresaltada.

Número desconocido.

—¿Hola?

—¿Sofía?

Era una chica.

—Sí.

—Soy Emma. La hermana de Alex.

Me incorporé.

El corazón empezó a golpearme.

—¿Qué pasó?

Silencio.

—Encontré tu número en su teléfono.

—¿Dónde está Alex?

—En urgencias.

El mundo se quedó quieto.

—¿Qué?

—Está consciente. Está bien.

—¿Qué pasó?

Emma respiró.

—Se mezclaron varias cosas. Alcohol y… otras cosas.

Cerré los ojos.

—¿Está bien?

—Sí.

Pero su voz tembló.

—¿Puedo hablar con él?

—Ahora no.

—Dile…

Me detuve.

¿Qué podía decir?

Dile que es un idiota.

Dile que tenía miedo.

Dile que llevo dos días mirando la puerta cada vez que alguien entra al salón.

—Dile que lo voy a matar.

Emma soltó una risa pequeña.

—Se lo diré.

Colgué.

Me quedé sentada en la oscuridad.

Entonces lloré.

No mucho.

Lo suficiente para enfadarme conmigo misma.

Porque Alex Bennett no era mi novio.

No era mi responsabilidad.

No era mi problema.

Pero mientras miraba la pantalla apagada del teléfono entendí algo que llevaba semanas intentando negar.

Ya me importaba.

Y no tenía idea de qué hacer con eso.