CAPÍTULO 5
El lunes, todo el instituto creía que Alex Bennett y yo nos habíamos besado.
Lo descubrí a las ocho y tres de la mañana.
—¿QUÉ?
Valentina me tapó la boca.
—Más bajo.
Aparté su mano.
—¡No lo besé!
—Ya sé.
—¿Entonces quién dijo eso?
—No sé.
—¿Tú?
—¡Sofía!
—Estabas allí.
—También vi que no pasó nada.
Dos chicas pasaron junto a nosotras.
Me miraron.
Susurraron.
Perfecto.
—Voy a matarlo.
—¿A Alex?
—Sí.
—¿Por qué asumes que fue él?
Me detuve.
Buena pregunta.
—Porque…
—Exactamente.
Seguí caminando.
Lo encontré frente a su casillero.
—Bennett.
Se giró.
—Mendoza.
—Tenemos que hablar.
—Normalmente esa frase viene después de tres años de matrimonio.
—¿Le dijiste a alguien que nos besamos?
Su sonrisa desapareció.
—¿Qué?
—Todo el instituto está diciendo que nos besamos el sábado.
Alex cerró el casillero.
—No.
—¿Seguro?
Su expresión cambió.
—¿De verdad crees que haría eso?
—No sé lo que harías.
—Fantástico.
—Alex…
—No. Está bien.
Se puso la mochila.
—Como dijiste, no sabes nada de mí.
Se fue.
Mierda.
• • •
El rumor había comenzado con alguien que nos vio hablando afuera.
Eso fue todo.
Para el almuerzo, la historia incluía un beso.
Para la última clase, aparentemente habíamos desaparecido juntos durante media hora.
El instituto era fascinante.
Después de clases fui al laboratorio de química.
Alex ya estaba allí.
Miré la hora.
3:58.
—Llegaste temprano.
—Dos minutos.
—Estoy orgullosa.
—No exageres.
Dejó el teléfono.
—¿Vamos a estudiar o vas a interrogarme?
Me senté frente a él.
—Sobre esta mañana…
—Olvídalo.
—No.
Suspiré.
—Lo siento.
Alex levantó la mirada.
—¿Qué?
—No voy a repetirlo.
—Quiero grabarlo.
—Alex.
Sonrió ligeramente.
—Acepto.
Abrí el libro.
—Bien. Enlaces químicos.
—Prefiero la muerte.
—Todavía podemos organizar eso.
Durante una hora estudiamos.
Y Alex volvió a sorprenderme.
Entendía rápido.
Cuando quería.
—No eres malo en esto —dije.
—Gracias por tu enorme fe.
—Entonces ¿por qué tienes notas tan horribles?
Su bolígrafo se detuvo.
—Porque falto.
—¿Por qué?
—Sofía.
—Bien.
Levanté las manos.
—No es asunto mío.
Algo parecido a tristeza cruzó su rostro.
—No siempre falto porque quiero.
No pregunté.
Esta vez no.
• • •
Cuando salimos, un chico nos esperaba.
Alto.
Rubio.
Uniforme perfectamente acomodado.
—Sofía.
Sonreí.
—Diego.
Alex me miró.
Diego se acercó.
—¿Tienes un minuto?
—Sí.
—Quería preguntarte si ya tienes pareja para la feria de ciencias.
—Todavía no.
—Podríamos hacerla juntos.
—Claro.
Diego sonrió.
—Te escribo.
—Bien.
Se despidió.
Cuando me giré, Alex estaba guardando sus cosas.
—¿Qué?
—Nada.
—Estás haciendo una cara.
—No tengo ninguna cara.
Sonreí.
—Celos.
Alex soltó una carcajada.
—¿De él?
—Sí.
—Preferiría besar una pared.
Me quedé inmóvil.
Era exactamente lo que yo había dicho en la fiesta.
—Valentina.
Alex sonrió.
—Me cae muy bien.
—Voy a matarla.
Comenzamos a caminar.
—Además —añadió—, puedes salir con quien quieras.
—No estoy saliendo con Diego.
—No dije que lo estuvieras.
—Entonces deja de actuar raro.
—No estoy actuando raro.
—Estás caminando más rápido.
Alex disminuyó inmediatamente la velocidad.
Sonreí.
—Idiota.
—Controladora.
Nuestros hombros chocaron.
Ninguno se apartó enseguida.
Y durante unos segundos olvidé completamente el rumor.
Lo preocupante era que empezaba a entender por qué a la gente le había resultado tan fácil creerlo.