Antes de que termine el último año CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Nunca había entendido el atractivo de las fiestas.

Música demasiado alta.

Personas demasiado juntas.

Bebidas que sabían como desinfectante.

Y baños que parecían escenarios de crímenes.

—Deja de poner esa cara —gritó Valentina.

—¡Esta es mi cara!

—¡Exactamente!

Eran casi las once.

Yo debería haber estado en casa.

Mi madre creía que estaba durmiendo en casa de Valentina.

Técnicamente no era mentira.

Eventualmente dormiría allí.

Si sobrevivía.

—Una hora —le dije.

—Dos.

—Una.

—Noventa minutos.

—Sesenta.

—Eres horrible negociando.

Me congelé.

—¿Qué?

—Que eres horrible negociando.

—Nada.

Alex me había dicho exactamente lo mismo.

Perfecto.

Ahora estaba pensando en él.

Como si el universo quisiera castigarme, Valentina señaló hacia el otro lado de la habitación.

—Mira.

No quería mirar.

Miré.

Alex.

Por supuesto.

Estaba apoyado contra una pared rodeado de varias personas.

Camiseta negra.

Cabello desordenado.

Una chica estaba demasiado cerca de él.

Demasiado.

No me importó.

En absoluto.

—No pongas esa cara —dijo Valentina.

—¿Qué cara?

—Esa.

—No tengo ninguna cara.

—Celos.

Solté una carcajada.

—¿De Alex?

—Sí.

—Preferiría besar una pared.

—Puedo buscarte una.

Le di un golpe en el brazo.

—Voy por agua.

Me alejé.

Necesitaba aire.

La cocina estaba casi vacía.

Abrí el refrigerador.

—Sabía que eras de las que robaban comida en fiestas.

Cerré los ojos.

No.

Me giré.

Alex estaba en la puerta.

—¿Me estás siguiendo?

—Es mi casa.

Miré alrededor.

—¿Qué?

Se rio.

—Es broma.

—Eres idiota.

—Eso sí es verdad.

Abrió un gabinete y sacó un vaso.

—No pareces estar divirtiéndote.

—Porque no lo estoy.

—Entonces vete.

—Valentina quiere quedarse.

—Ah.

Me sirvió agua.

Agua.

No alcohol.

Lo observé.

—¿Qué?

—Nada.

—Otra vez esa mirada.

—Pensé que estarías tomando.

—¿Por qué?

No respondí.

Él entendió.

—Los rumores.

—No dije nada.

—No hacía falta.

Tomó un sorbo.

—Hoy no.

La palabra me llamó la atención.

Hoy.

Antes de poder preguntar, apareció un chico.

El mismo del estacionamiento.

—Bennett.

Alex se tensó.

—No.

—Ni siquiera te he dicho nada.

—No.

El chico me miró.

—¿Quién es?

—Nadie.

No sé por qué eso me molestó.

—Qué encantador —dije.

Alex cerró los ojos.

—No quise…

—Tranquilo. Tú tampoco eres nadie para mí.

Pasé junto a él.

—Sofía.

No me detuve.

• • •

Encontré a Valentina bailando.

—Nos vamos.

—¿Qué?

—Ahora.

—¿Qué pasó?

—Nada.

—Sofía…

—Necesito aire.

Salí al patio.

La música se convirtió en un ruido distante.

Respiré.

Qué estúpida.

¿Por qué me había molestado?

Alex no me debía nada.

Ni siquiera éramos amigos.

—Mendoza.

—Vete.

Se sentó a mi lado en el escalón.

—No.

—¿Por qué me llamaste nadie?

—Porque no quería que él supiera quién eres.

Lo miré.

—Eso suena peor.

—No conoces a esos tipos.

—Tú sí.

—Exactamente.

Silencio.

—¿Son los del estacionamiento?

Alex me miró.

—Sí.

—¿Y qué quieren?

—Nada que te interese.

—Otra vez.

—¿Qué?

—Siempre haces eso.

—¿Hacer qué?

—Cuando alguien se acerca demasiado, haces una broma o dices que no es asunto suyo.

Alex miró hacia el jardín.

—Funciona.

—No conmigo.

Giró la cabeza.

—Ya me di cuenta.

Nos quedamos en silencio.

Desde dentro alguien gritó su nombre.

Alex no respondió.

—¿Por qué tienes esa reputación? —pregunté.

—Porque me la gané.

La respuesta me sorprendió.

—¿Todo es verdad?

—No.

—¿Parte?

Su mandíbula se tensó.

—Sí.

—¿Las peleas?

—Sí.

—¿El alcohol?

—Sí.

Tragué saliva.

—¿Las drogas?

Silencio.

Eso fue suficiente.

Me levanté.

—Sofía.

—No necesito saberlo.

—Tú preguntaste.

—Y ahora me arrepiento.

Me tomó suavemente de la muñeca.

Me quedé inmóvil.

Alex me soltó inmediatamente.

—Perdón.

Lo miré.

—No quiero que pienses…

—No pienso nada.

—Mentira.

—¿Qué quieres que diga?

Su expresión se endureció.

—Nada.

—Alex…

—Vuelve con tu amiga.

Se levantó.

—No necesito que me arregles, Sofía.

—Nunca dije que quisiera hacerlo.

—Bien.

—Porque no quiero.

Nos miramos.

Y supe inmediatamente que había mentido.

No quería arreglarlo.

Pero empezaba a querer entenderlo.

Y eso podía ser mucho peor.