Antes de que termine el último año CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

El viernes descubrí tres cosas sobre Alex Bennett.

La primera: podía llegar puntual.

La segunda: aparentemente aquello requería una emergencia nacional.

Y la tercera: estaba a punto de no graduarse.

—¿Bennett?

El profesor Salazar volvió a mirar la puerta.

Eran las ocho y siete.

El asiento detrás de mí estaba vacío.

Valentina se inclinó hacia mi oído.

—Tu novio falta.

Ni siquiera levanté la mirada del cuaderno.

—Mi compañero.

—Claro.

—De proyecto.

—Por supuesto.

—Y como vuelvas a llamarlo mi novio voy a contarle a Nicolás lo que dijiste de sus brazos.

Valentina abrió los ojos.

—No te atreverías.

La miré.

—Pruébame.

Se sentó correctamente.

—Buenos días, querida mejor amiga.

Sonreí.

Victoria.

La puerta se abrió a las ocho y doce.

Alex entró.

—Doce minutos —murmuré.

Se detuvo junto a mi mesa.

—Buenos días para ti también.

—Ayer dijiste cinco.

—Estoy reduciendo progresivamente.

—Así no funcionan los números.

—Depende de cuánto optimismo tengas.

Se sentó detrás de mí.

Me giré.

El corte de su labio seguía allí, aunque menos inflamado.

—¿Qué?

—Nada.

—Otra vez estás haciendo esa cosa.

—¿Qué cosa?

—Mirarme como si intentaras resolver un crimen.

—Créeme, tengo mejores cosas que hacer.

—Eso dolió.

El profesor golpeó ligeramente su escritorio.

—Bennett, ya que decidió acompañarnos, ¿podría guardar silencio?

—Por supuesto.

Dos segundos después sentí algo tocar mi hombro.

Un papel doblado cayó sobre mi mesa.

No.

Lo ignoré.

Otro pequeño golpe.

Giré la cabeza.

Alex señaló el papel.

Abrí.

¿Siempre eres tan gruñona por la mañana?

Escribí debajo:

¿Siempre eres tan insoportable?

El papel regresó.

Sí.

Tuve que esconder una sonrisa.

Odiaba que estuviera empezando a resultarme gracioso.

• • •

Después de clase, el profesor Salazar llamó a Alex.

Yo estaba guardando mis cosas cuando escuché:

—Sofía, espera también.

Genial.

Alex se acercó al escritorio.

—¿Estamos castigados?

—Tú todavía no.

—Buen comienzo.

El profesor abrió una carpeta.

—Necesito hablarles del proyecto.

Me acerqué.

—¿Pasó algo?

—No exactamente.

Miró a Alex.

—Bennett sabe que su situación académica es complicada.

Alex dejó de sonreír.

—Sí.

—¿Qué significa complicada? —pregunté.

El profesor me miró.

—Alex tiene varias materias pendientes. Este proyecto puede ayudarlo considerablemente en Literatura, pero necesita mejorar en el resto.

Miré a Alex.

—¿Cuántas?

—Sofía —dijo él.

—¿Cuántas materias?

—No es asunto tuyo.

Ahí estaba otra vez.

Esa frase.

—Sí lo es si nuestro proyecto depende de que aparezcas.

—El proyecto no depende de mis otras materias.

—Tu graduación sí.

Silencio.

No sé por qué lo dije.

Ni por qué me importaba.

El profesor Salazar intervino.

—Precisamente por eso los puse juntos.

Miré al profesor.

—¿Me puso con él para que yo lo ayude?

Alex soltó una risa sin humor.

—Excelente.

—No —respondió Salazar—. Los puse juntos porque creo que ambos pueden aprender algo del otro.

—Yo no necesito una niñera —dijo Alex.

—Y yo no quiero serlo.

Nos miramos.

—Perfecto —dijo él.

—Perfecto.

—Me alegra que estemos de acuerdo.

—Por primera vez.

El profesor se frotó la frente.

—Voy a arrepentirme muchísimo de esta decisión.

• • •

Alex desapareció durante el almuerzo.

No debería haberme dado cuenta.

Me di cuenta.

—Estás buscando a alguien —dijo Valentina.

—No.

—Llevas cinco minutos mirando hacia la puerta.

—Estoy observando.

—¿Qué?

Miré alrededor.

—La arquitectura.

Valentina miró nuestro comedor: paredes grises, fluorescentes y una máquina expendedora que llevaba dos meses dañada.

—Fascinante.

—Come.

—¿Dónde está Alex?

—No sé.

—Pero quieres saberlo.

—No.

—Sofía.

—Valentina.

—Te conozco.

Suspiré.

—Solo me parece extraño.

—¿Qué?

—Todo.

Le conté lo que había ocurrido con el profesor.

No mencioné el envoltorio.

Ni los chicos del estacionamiento.

No sabía por qué.

Quizá porque decirlo en voz alta convertiría mis sospechas en algo demasiado real.

—Entonces puede repetir —dijo Valentina.

—Parece.

—No me sorprende.

—A mí tampoco.

Pero era mentira.

Sí me sorprendía.

Porque el chico que había analizado El guardián entre el centeno conmigo no parecía estúpido.

Desorganizado.

Irresponsable.

Exasperante.

Pero no estúpido.

—¿Por qué te importa? —preguntó.

—No me importa.

—Ajá.

—Es mi compañero.

—Ajá.

—Si no se gradúa…

—¿Tu proyecto explota?

La miré.

—Eres insoportable.

—Quizá por eso Alex y yo nos llevaríamos bien.

—No invoques al demonio.

—¿Me llamabas?

Casi derramé el jugo.

Alex apareció detrás de mí.

Valentina sonrió como si acabara de recibir un regalo.

—Alex.

—Valentina.

—¿Sabes mi nombre?

—Sofía amenaza con contarle a Nicolás lo que piensas de sus brazos.

Valentina me miró horrorizada.

Yo miré a Alex.

—¿Cómo…?

—El papel de esta mañana.

Maldito papel.

Valentina tomó su bandeja.

—Me voy.

—Cobarde.

—Los dejo discutir su matrimonio en paz.

—¡Valentina!

Se alejó riéndose.

Alex ocupó su asiento.

—Me cae bien.

—No la animes.

—¿Me estabas buscando?

Casi me atraganté.

—¿Qué?

—Cuando llegué estabas mirando la puerta.

—Observaba la arquitectura.

Alex miró alrededor.

—Claro.

—¿Qué quieres?

—Tus apuntes de química.

—No.

—Por favor.

—No.

—Sofía.

—Alex.

—Voy a reprobar.

—Ese parece un problema de Alex.

—Qué poco solidaria.

Lo observé durante unos segundos.

—Te los presto con una condición.

—Sabía que había trampa.

—Estudias conmigo el lunes.

Su expresión cambió.

—¿Qué?

—Química. Después de clases.

—¿Por qué?

Buena pregunta.

—Porque necesito que te gradúes para que hagas tu parte del proyecto.

—Eso no tiene ningún sentido.

—¿Quieres los apuntes?

Me miró.

—Eres controladora.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lunes. Cuatro.

Suspiró.

—Cuatro y cinco.

—Cuatro.

—Cuatro y tres.

—Bennett.

Sonrió.

—Está bien.

Le entregué el cuaderno.

—Como lo pierdas, te mato.

—Qué romántica.

—No eres mi problema, Alex.

Se levantó.

—Sigue diciéndotelo, Mendoza.

Y se fue.

Me quedé mirándolo.

Odiaba cuando tenía razón.