CAPÍTULO 2
A las cuatro y treinta y siete, Alex Bennett todavía no había aparecido.
Yo llevaba treinta y siete minutos sentada en la biblioteca con tres libros abiertos, una libreta organizada por colores y una creciente fantasía en la que lo estrangulaba con el cable de un cargador.
A las tres y cincuenta y cinco le había escrito:
Había respondido:
Qué poca fe tienes en mí.
A las cuatro y diez:
¿Vas a venir?
Sí, mamá.
Eran las cuatro y treinta y siete.
Perfecto.
Guardé un libro.
—¿Ya abandonando nuestro futuro académico?
Levanté la cabeza.
Alex estaba de pie frente a la mesa.
—Llegas cuarenta y dos minutos tarde.
Miró el reloj.
—Treinta y siete.
—Te vi entrar hace cinco minutos y caminar hasta la máquina de agua.
—Entonces técnicamente llevo cinco minutos aquí.
—Voy a matarte.
—Eso afectaría bastante el proyecto.
Dejó la mochila en el suelo y se sentó.
Entonces lo miré mejor.
Cabello desordenado.
Respiración agitada.
Un pequeño corte en el labio.
La venda de su mano había desaparecido.
—¿Qué te pasó?
—Nada.
—Tu labio está sangrando.
—Ya no.
—¿Por qué llegaste tarde?
Alex abrió uno de los libros.
—Porque sí.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
—Bennett.
Levantó los ojos.
—Porque no es asunto tuyo.
La frase cayó entre nosotros.
Me recosté en la silla.
—Bien.
—Bien.
—Trabajemos.
Durante varios minutos solo se escuchó el sonido de las páginas.
Había hecho una lista de seis novelas posibles para nuestro análisis.
Le entregué la hoja.
—Elige.
Alex la observó.
—¿Tú hiciste esto?
—Sí.
—Hay categorías.
—Sí.
—Colores.
—Sí.
—Tienes un problema.
—Elige un libro.
Recorrió la lista con el dedo.
—El guardián entre el centeno.
Lo miré.
—¿Lo has leído?
—Sí.
—¿Completo?
—Qué ofensivo.
—Faltas a la mitad de las clases.
—Eso no significa que no lea.
—¿Y te gustó?
Alex se encogió de hombros.
—Holden me desespera.
—Entonces no te gustó.
—No dije eso.
Se inclinó sobre la mesa.
—Está enfadado con todo porque es más fácil pensar que todos son falsos que admitir que tiene miedo.
Me quedé callada.
Alex pasó una página.
—Y quiere salvar a otros porque no sabe qué hacer consigo mismo.
—Eso fue…
Me detuve.
—¿Inteligente?
—Sorprendente.
—Muchísimo mejor.
Sonrió.
Durante la siguiente hora trabajamos de verdad.
Y eso quizá fue lo más extraño de todo.
Alex tenía ideas.
Buenas ideas.
Escribía horrible, pero pensaba rápido.
—¿Eso dice "alienación"? —pregunté.
—Sí.
—Parece "alimentación".
—Mi letra tiene personalidad.
—Tu letra necesita atención médica.
Alex soltó una risa.
Yo también.
Me detuve inmediatamente.
Él me miró.
—¿Acabas de reírte conmigo?
—No.
—Definitivamente ocurrió.
—Fue un espasmo.
—Voy a anotarlo.
—Con esa letra nadie podrá leerlo.
Volví a reírme.
Maldición.
—Voy por agua —dijo Alex.
Se levantó.
Cuando lo hizo, algo cayó junto a la silla.
Pequeño.
Transparente.
Un envoltorio.
Sentí que el estómago se me tensaba.
El estacionamiento.
La mano cerrándose.
El bolsillo.
Me agaché.
No lo toqué.
Alex regresó.
Se detuvo al verlo.
Durante un segundo no hubo humor en su cara.
—¿Qué es eso? —pregunté.
Se agachó, lo recogió y lo guardó en su bolsillo.
—Nada.
—¿Es tuyo?
—No.
—Entonces ¿por qué lo guardas?
—Para tirarlo.
—Alex.
—Te dije que no es mío.
—Ayer vi que alguien te dio algo afuera del instituto.
Su expresión se endureció.
—¿Me estabas vigilando?
—Estaba caminando.
—Pues sigue caminando la próxima vez.
—Solo pregunté.
—Y yo respondí.
Cerró su cuaderno.
—Tengo que irme.
—¿Qué?
—Terminamos por hoy.
—No hemos terminado.
—Yo sí.
Guardó sus cosas.
—Alex.
No me miró.
Se fue.
Me quedé sola en la mesa, enfadada y confundida.
Entonces vi mi cuaderno.
Había escrito algo mientras yo buscaba referencias.
Introducción - Sofía
Contexto - Alex
Análisis de personajes - ambos
Conclusión - Alex
Debajo:
No tienes que hacerlo todo tú.
Pasé el dedo sobre las palabras.
Idiota.
• • •
Salí diez minutos después.
Escuché voces junto a la entrada lateral.
Alex.
Y los mismos dos chicos del estacionamiento.
—Te dije que no —decía.
—Relájate.
—Ya está.
—Una vez más.
—Que no quiero.
Silencio.
—¿Desde cuándo?
—Desde ahora.
Uno de los chicos lo empujó.
Alex dio un paso atrás.
Esperé la pelea.
No llegó.
—Qué te pasa, Bennett.
Alex no respondió.
Entonces uno de ellos me vio.
—¿Esa es tu novia?
Alex giró.
Nuestros ojos se encontraron.
—Cállate —dijo.
—Pues mira cómo te observa.
Alex caminó hacia mí.
—Vamos.
—¿Qué?
—Camina.
—¿Adónde?
—Donde sea.
Lo seguí.
No pregunté hasta que estuvimos a media calle.
—¿Estás bien?
—Sí.
—No parecía.
—No quiero hablar de eso.
—Bien.
Seguimos caminando.
—¿Dónde vas? —preguntó.
—Al supermercado.
—Te acompaño.
—No tienes que hacerlo.
—Lo sé.
Aquello me sorprendió más que si hubiera dicho cualquier otra cosa.
Caminamos en silencio.
—Lo siento —dije finalmente.
—¿Por qué?
—Por asumir cosas.
Alex me miró.
—¿Eso cuenta como disculpa?
—No abuses.
—Lo guardaré para siempre.
Llegamos a la esquina.
—Nos vemos el lunes —dije.
—Cinco minutos tarde.
—A tiempo.
—No prometo milagros.
Me alejé.
A mitad de la calle miré hacia atrás.
Alex estaba junto a un basurero.
Sacó del bolsillo el pequeño envoltorio transparente.
Lo miró unos segundos.
Después lo dejó caer dentro.
No sabía si realmente había sido suyo.
No sabía qué había contenido.
Ni sabía por qué los chicos parecían enfadados con él.
Tal vez el problema con Alex Bennett no era que todos mintieran sobre él.
Tal vez muchas de las historias eran ciertas.
Y quizá lo verdaderamente peligroso era que una parte de él estaba intentando dejar de ser el chico del que hablaban.
Mientras otra todavía no sabía cómo hacerlo.