Antes de que termine el último año CAPÍTULO 1
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Antes de que termine el último año

Antes de que termine el último año

Por Daniela Bustos

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CAPÍTULO 1

La primera vez que vi a Alex Bennett ese año, tenía sangre en los nudillos.

No era exactamente la imagen que una esperaba encontrar a las siete y cuarenta y cinco de la mañana, antes de un examen de Matemáticas y con apenas cuatro horas de sueño.

Estaba apoyado contra la pared del pasillo principal, justo frente a la oficina del director, con la corbata floja, la camisa fuera del pantalón y una expresión tan tranquila que parecía que el problema era del resto del mundo.

Yo seguí caminando.

No era asunto mío.

Ese era mi lema con Alex Bennett.

No preguntes. No mires demasiado. No te involucres.

Habíamos estado en el mismo curso durante tres años y, aun así, no podía decir que lo conociera.

Sabía lo que sabía todo el instituto: llegaba tarde, faltaba demasiado, se había peleado más veces de las que podía contar y existían al menos siete versiones distintas de una fiesta en la que supuestamente había terminado borracho encima de una mesa.

También estaban los otros rumores.

Los que la gente contaba más bajo.

Los que incluían palabras como drogas, suspensión y policía.

Nunca había sabido cuáles eran ciertos.

Tampoco quería saberlo.

—Buenos días, Mendoza.

Seguí caminando.

—Qué educación.

Me detuve.

Error.

Giré la cabeza.

Alex estaba sonriendo.

—¿Me hablas a mí?

—No veo otra Mendoza.

—¿Sabes mi apellido?

—Llevamos tres años en el mismo curso.

—Eso no significa que prestes atención.

—Presto atención a muchas cosas.

Sus ojos bajaron hacia los libros que llevaba contra el pecho.

—Eso parece.

—¿Qué te pasó en las manos?

Su sonrisa aumentó.

Maldición.

Había preguntado.

—Pensé que no te interesaba.

—No me interesa.

—Claro.

—Solo parecía doloroso.

—Preocupada por mí a primera hora. Qué bonito.

—Retiro la pregunta.

Volví a caminar.

—Nos vemos en clase, Mendoza.

No respondí.

Pero cuando doblé la esquina, miré hacia atrás.

Seguía allí.

Y seguía sonriendo.

• • •

—Dicen que se peleó por una chica.

Valentina dejó caer su mochila junto a mi pupitre.

—Buenos días para ti también.

—Alex Bennett.

—Sé quién es.

—Obviamente.

—¿Qué significa eso?

—Nada.

Valentina se sentó a mi lado y acercó la silla.

—Dicen que golpeó a un chico esta mañana.

Abrí mi cuaderno.

—La gente dice muchas cosas.

—¿No tienes curiosidad?

Recordé la sangre sobre sus nudillos.

—No.

—Mentirosa.

—Tenemos examen en cinco minutos.

—Eso no responde.

—Porque no estoy respondiendo.

Valentina me observó.

—Un día tu necesidad de controlar absolutamente todo va a acabar contigo.

—Y un día tu necesidad de enterarte de la vida de todo el mundo va a conseguir que alguien te golpee.

—Espero que sea alguien atractivo.

Solté una risa justo cuando entró la profesora.

Durante los siguientes cincuenta minutos conseguí pensar únicamente en ecuaciones.

Casi.

Porque cada vez que levantaba la vista, el asiento vacío de Alex dos filas atrás seguía ahí.

No apareció en Matemáticas.

Sí apareció en Literatura.

Veintisiete minutos tarde.

—Señor Bennett —dijo el profesor Salazar—. Qué alegría que haya decidido acompañarnos.

Alex dejó caer la mochila sobre una silla.

—Había tráfico.

Alguien se rio.

El profesor lo miró por encima de sus gafas.

—Vive a cinco calles.

—Tráfico peatonal.

Más risas.

Yo bajé la cabeza para que nadie viera que estaba sonriendo.

—Siéntese.

Alex obedeció.

El único asiento disponible estaba detrás de mí.

Perfecto.

El profesor Salazar comenzó a escribir en la pizarra.

PROYECTO FINAL - 30 %

Toda la clase protestó.

—No negocien —dijo—. Será en parejas y trabajarán durante todo el semestre.

Valentina me dio un codazo.

—Nosotras.

—Obvio.

—Las parejas las elijo yo.

Valentina y yo nos miramos.

Traición.

—La idea es que trabajen con alguien cuyas fortalezas y debilidades sean diferentes a las suyas.

Empezó a leer nombres.

Valentina terminó con Nicolás.

Ella hizo una mueca.

Yo esperé.

—Sofía Mendoza.

Levanté la cabeza.

—Con Alex Bennett.

No.

Detrás de mí escuché:

—Qué suerte la mía.

Levanté la mano.

—Profesor.

—No.

—Pero ni siquiera he dicho nada.

—Conozco esa cara, Mendoza.

—Necesito una buena calificación.

Alex soltó una risa.

Me giré.

—No es personal.

—Eso lo hace muchísimo mejor.

El profesor Salazar dejó la lista sobre su escritorio.

—Sofía, tú necesitas aprender que no puedes controlar cada parte de un trabajo. Alex necesita aprender a terminar uno.

—Inspirador —murmuró Alex.

—Y ambos necesitan aprender a trabajar con alguien que no eligieron.

Miré a Alex.

Él levantó una ceja.

Esto iba a ser un desastre.

• • •

Al final de la clase nos quedamos cinco minutos para organizar la primera reunión.

—Biblioteca —dije—. Jueves. Cuatro de la tarde.

Alex guardaba sus cosas con una sola mano.

La otra estaba vendada.

—Cuatro y cinco.

—Cuatro.

—No prometo milagros.

—Solo puntualidad.

—Eso entra en la categoría de milagros.

Suspiré.

—Bennett.

—Mendoza.

Miré su mano.

Había una pequeña mancha roja atravesando la venda.

Él siguió mi mirada.

—No eras curiosa.

—No lo soy.

—Estás mirando.

—Porque estás sangrando sobre tu cuaderno.

—Ah.

Metió la mano en el bolsillo.

—Problema resuelto.

—Eres imposible.

—Nos vemos el jueves.

Comencé a alejarme.

—Sofía.

Me detuve.

Era la primera vez que usaba mi nombre.

No Mendoza.

Sofía.

Me giré.

Por primera vez esa mañana no estaba sonriendo.

—No creas todo lo que escuches sobre mí.

Lo observé unos segundos.

—No me has dado muchas razones para pensar otra cosa.

Algo cambió en su expresión.

Duró poco.

—Justo.

Salí.

Cuando crucé la entrada del instituto, lo vi otra vez.

Alex estaba junto a dos chicos cerca del estacionamiento.

Uno de ellos le dijo algo.

Después puso algo pequeño en su mano.

Alex cerró el puño.

Entonces levantó la cabeza.

Me vio.

Durante un segundo ninguno se movió.

Alex guardó lo que fuera en el bolsillo.

Yo seguí caminando.

No pregunté.

No volví a mirar.

No era mi problema.

Eso me repetí durante todo el camino a casa.

Todavía no lo sabía, pero aquella sería la primera de muchas veces en las que Alex Bennett conseguiría que me preocupara por algo que juraba que no era asunto mío.