Antes de que hablen Confesión
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Confesión

Turner llevaba el interrogatorio mientras Mark e Isabella miraban a través del falso espejo.

—¿Por qué mintió sobre Lucas Anderson? —preguntó Turner—.

Usted aseguró que no lo veía desde que terminó la universidad.

—Y así fue —respondió Foster.

—¿Desde cuándo mantenía una relación sentimental con su alumno?

—Nunca he mantenido una relación con un alumno —replicó Foster. Turner dejó la foto de Foster con Lucas en la playa sobre la mesa.

—¿Reconoce esta foto?

Foster miró la foto de reojo. Turner notó cómo palidecía de repente.

—¿Va a seguir con este juego o va a contarme la verdad de una vez?

Foster se veía sin escapatoria. Podía notar cómo su pulso aumentaba.

—¿Qué pasó con Emily? —preguntó Turner. Esa pregunta pilló a Foster por sorpresa.

—¿A Emily? —dijo confundido.

—No se haga el tonto. Hemos encontrado el busto de mármol que utilizó para matar a Emily Adams.

—¡Yo no he matado a Emily! —gritó Foster.

—¡Miente! —dijo Turner.

—¿Dónde está mi abogado? Tengo derecho a un abogado — empezó a gritar Foster. Turner le tendió un teléfono a Foster—. Llámelo, pero ni él podrá librarlo de esta.

Media hora después el abogado de Foster se encontraba en la sala. Turner volvió a entrar y siguió:

—¿Va a contarnos la verdad?

Turner interrogaba a Foster frente a su abogado, el señor Thompson, un hombre de semblante adusto y mirada penetrante. Thompson escucha cada pregunta con gesto serio, analizando fríamente la situación.

Foster mira ansioso al abogado después de cada pregunta. Con un breve gesto de cabeza, Thompson le indica una y otra vez que se abstenga de responder.

De repente, Mark, con el rostro desencajado por la rabia y la desesperación, irrumpe como una furia en la sala de interrogatorios. Se abalanza sobre Foster, lo agarra por el cuello de la camisa y lo zarandea violentamente.

—¡Maldito, confiesa de una vez qué le hiciste a Melissa!

¡Dímelo!

Turner se apresura a separar a Mark de Foster, que ha empezado a ponerse morado y boquea en busca de aire. Logra contener a Mark y lo saca a rastras de la sala mientras este forcejea e intenta soltarse para volver sobre Foster.

Ya en el pasillo, Turner empuja a Mark contra la pared.

—¡Contrólate, Mark! ¡No puedes entrar así! —Mark lo mira furibundo.

—¡Haz que ese desgraciado hable de una vez, Rob! O entraré yo a sacarle la verdad a golpes.

—No le permitas que vuelva a entrar —le dice Turner a Isabella, que no había tenido tiempo de reaccionar.

Al volver a entrar a la sala, Turner le dice a Foster, que se está frotando el cuello dolorido:

—Vamos a hacer un descanso para ver si así decide hablar.

Mientras, iré a interrogar a la señorita Olivia Smith.

Al oír eso, Foster se altera:

—¡Está bien, lo contaré todo! Pero, por favor, dejen a Olivia fuera de esto. Ella no tuvo nada que ver, no sabía nada de mis planes. Yo fui el único responsable...

Turner lo mira fijamente, con los brazos cruzados.

—Tiene cinco minutos para empezar a contarnos todo antes de que vaya a hablar con Smith. ¿Qué va a ser, Foster?

Foster mira desesperado a Thompson, que vuelve a negar con la cabeza, desaconsejándole seguir hablando. Pero Foster ya no tiene escapatoria.

—Se lo contaré todo... Se lo juro. Pero no involucren a Olivia.

Ella es inocente. Yo soy el culpable de todo…

Mark e Isabella detrás del falso espejo intercambian una mirada. Por fin van a saber la verdad.

—Deberíamos llamar a Hannah. Ella es especialista en leer el lenguaje corporal. Nos será de gran ayuda para saber si miente en su confesión —le dice Isabella a Mark.

—Voy a por ella —le contesta Mark y desaparece tras la puerta.

Al cabo de unos minutos Mark estaba de vuelta a la salita que conecta con la sala de interrogatorios acompañado de Hannah.

Llegan justo en el momento en el que Foster, ignorando los consejos de su abogado de permanecer en silencio, empieza a relatar

su confesión.

—Para entenderlo todo tengo que empezar por mi primer año como profesor… —empezó a contar Foster.

»Cuando dejé de ser profesor adjunto y empecé a ser profesor a tiempo completo —su voz se rompía por el nerviosismo—. Era mi primera clase de Ética Periodística. Aunque llevaba años como profesor adjunto, nunca había impartido ese curso. Estaba algo ansioso.

»Los alumnos fueron llegando poco a poco. La clase se me hizo muy amena, mis alumnos eran estupendos. Me fijé especialmente en Emily Adams, una alumna sentada en la segunda fila. Con el tiempo me daría cuenta de que tenía gran potencial para el periodismo de investigación.

»El año pasaba tranquilo. Ya estábamos a finales del curso. Mi clase contaba con las mejores calificaciones de la universidad ese año. Me sentía muy orgulloso. Decidí irme de vacaciones a Florida para disfrutar del buen tiempo en la playa.

»Fue entonces cuando me encontré con Lucas Anderson.

Me contó que estaba de viaje con sus amigas Olivia Smith y Emily Adams, y el novio de esta.

Esa noche coincidimos en una fiesta y, entre copas, Lucas y yo acabamos liados.

A partir de ahí mantuvimos una relación esporádica que no duró mucho.

Me di cuenta de que no era ético y decidí cortar con Lucas .

»Poco después retomamos la relación por insistencia de él.

Emily nos descubrió. Acababa de llegar a casa de Lucas cuando él, alterado, me dijo que Emily lo sabía todo.

Salí corriendo tras ella, que se acababa de ir, y la convencí de que habláramos.

Le dije que Lucas nos esperaba en mi casa para explicarle todo.

»Al llegar, se extrañó de no ver a Lucas.

Empezó a alterarse y a empujarme. Sin darme cuenta, cogí el busto de mármol y le di un golpe en la cabeza.

Me asusté. Esperé a que anocheciera y la enterré cerca del lago y después abandoné su coche en un camino solitario. Estaba asustado, y no sabía qué hacer.

Cuando terminó de hablar, Turner preguntó:

—¿Qué pasó con Lucas?

—Quedé con él en ese apartamento de Bennington, estaba asustado. Descubrió lo de Emily y no tuve más remedio que matarlo para protegerme.

A Turner no le convencía del todo la versión de Foster.

—¿Y la foto en la playa con Olivia Smith?

—Como le dije, inspector, ese verano coincidimos los cuatro en Daytona Beach y nos hicimos las fotos.

—¿Qué pasó con Melissa Jenkins?

—No lo sé.

—No mienta, Foster. Sabemos que pasó algo con ella —dijo depositando las fotocopias de los emails con Lucas encima de la mesa.

Detrás del falso espejo, Mark estaba atento a cada detalle. Notaba como su corazón se aceleraba latiendo cada vez más rápido.

—Está bien. Un año después de la desaparición de Emily, me enteré de que Melissa Jenkins había empezado a investigar por su cuenta; no le di mucha importancia.

Si la policía no había conseguido dar conmigo, menos lo haría un ama de casa —relató Foster fríamente—.

Empezó hablando con todos los conocidos de Emily.

Un día, Lucas me contó que se la encontró en la cafetería de Brew Haven y le preguntó sobre su relación con ella.

Ese mismo día, Melissa siguió a Lucas a casa.

Poco después me vio llegar a mí. Había descubierto nuestra relación.

Temía que lo contase por ahí y mi mujer al enterarse me dejase, estábamos esperando un bebé.

Lo iba a perder todo. Lucas y yo la seguimos hasta su casa.

El llamó a la puerta, estaba fuera de sí.

No lo reconocía. Cuando ella abrió la puerta empezó a gritarle y acabó por empujarla, ella se cayó golpeándose la cabeza contra la esquina de la mesa.

Creímos que la habíamos matado. Intenté proteger a Lucas y escribí una nota en su ordenador haciéndome pasar por ella, diciendo que no soportaba más su vida allí y que se marchaba.

Después fuimos al puente y nos deshicimos de ella tirándola al río.

Así no la encontrarían y Lucas estaría a salvo.

Y en caso de que la encontrasen pensarían que se habría quitado su propia vida.

Foster relataba todo con frialdad, sin mostrar arrepentimiento o culpa alguna. Su rostro permanecía impasible, como si estuviera contando una historia ajena.

Turner lo escuchaba con horror. A medida que Foster confesaba, el inspector sentía una profunda repugnancia crecer dentro de él. Le costaba creer la falta de humanidad de ese hombre que había acabado con dos vidas sin pestañear.

Cuando admitió haber enterrado a Emily en el bosque, sintió un escalofrío.

La naturalidad con la que lo contaba le revolvía el estómago.

Le costó contener las ganas de propiciarle a ese sinvergüenza un golpe en toda la cara al oírlo relatar sus crímenes con tanta frialdad.

Al oír cómo habían seguido a Melissa, Turner apretó los puños con rabia.

Las imágenes que evocaba Foster le resultaban insoportables.

Foster prosiguió mirando fijamente a Turner, que hacía un esfuerzo por sostenerle la mirada a ese monstruo sin alma.

Cuando calló, Turner respiraba agitado. Sentía la bilis subir por su garganta debido al profundo asco que le producía.

Detrás del espejo, Mark tenía la mandíbula tensa y los ojos llenos de lágrimas mientras escuchaba la confesión sobre la muerte de su esposa.

Isabella se acercó en silencio y puso una mano sobre el hombro de Mark en señal de apoyo.

Sabía que para él estaba siendo muy duro escuchar la frialdad con la que Foster relataba el asesinato de Melissa.

Tras la escalofriante confesión, Turner se levantó lentamente.

Sentía las piernas entumecidas después de estar sentado frente a Foster durante horas.

Se acercó a la ventana y miró a través del cristal sin ver nada realmente, con la mente aún procesando los terribles crímenes que acababa de escuchar.

El inspector se volvió de nuevo hacia Foster, que permanecía inmóvil con la mirada perdida en la mesa. Turner sintió que la rabia hervía en su interior.

—¿No tiene nada más que decir? —preguntó con la voz temblorosa de ira contenida—. ¿Ni una palabra de arrepentimiento después de haber destrozado tantas vidas?

Foster lentamente alzó la vista y la clavó en los ojos de Turner.

En ellos solo había vacío y frialdad.

—He dicho todo lo que tenía que decir —respondió con calma. Turner sintió ganas de abalanzarse sobre él y borrarle a golpes esa odiosa expresión impasible. Pero se contuvo, cerrando los puños con fuerza hasta clavarse las uñas.

—Es usted un monstruo. Un maldito monstruo —dijo con desprecio.

Tras unos instantes eternos, el inspector se dirigió a la puerta para salir de esa habitación asfixiante. Necesitaba alejarse cuanto antes de la presencia enfermiza de Foster.

Justo cuando iba a cruzar el umbral, la voz fría del profesor lo detuvo.

—Inspector..., sé que no me creerá, pero siento mucho todo el daño que he causado. Más del que pueda expresar.

Turner se volvió lentamente y encaró a Foster, examinándolo en busca de algún indicio de humanidad. Pero no halló ninguno, solo oscuridad en su mirada.

—Llévenselo — dijo finalmente el inspector al oficial que esperaba fuera.

Mientras se llevaban a Foster, Turner se quedó inmóvil, procesando todo lo sucedido. La sensación de repulsión no lo abandonaba. Sabía que esa confesión lo perseguiría en pesadillas durante mucho tiempo.

Detrás del espejo, Mark se secó disimuladamente una lágrima solitaria. El dolor de la pérdida se mezclaba con un amargo sentimiento de justicia al ver cómo se llevaban a ese monstruo para siempre. Isabella lo abrazó en silencio.