Anna Stevens
Anna insertó la llave en la cerradura y empujó lentamente la puerta de su apartamento. Inmediatamente notó que la puerta no presentaba resistencia y se abrió sin necesidad de girar la llave. Eso le extrañó, Lucas siempre cerraba con llave antes de irse, era muy cuidadoso con esos detalles.
«Seguro que esta vez se le olvidó cerrar con llave», pensó Anna, restándole importancia mientras entraba y encendía las luces.
El apartamento se veía normal a simple vista. Examinó las macetas junto a la ventana y vio que sus plantas seguían verdes y vivas, la tierra húmeda. Lucas había cumplido con su tarea de regarlas regularmente.
Anna recorrió la sala y la cocina, todo ordenado y limpio. En la encimera de la cocina había una bolsa con naranjas, Lucas debió comprarlas en el mercado hace poco. Se sirvió un vaso de agua y se lo tomó lentamente, tratando de combatir el cansancio del viaje.
Sacó su teléfono y buscó el número de Lucas en la agenda. El teléfono sonó varias veces antes de caer en el contestador automático. Colgó. Después abrió la aplicación de WhatsApp y envió una nota de voz. «Lucas, gracias por cuidarme las plantas. Acabo de llegar, llámame cuando puedas. Un beso».
Luego se dirigió a su habitación para deshacer la maleta.
Al pasar nuevamente por la sala, algo llamó su atención.
En la esquina, justo debajo de la lámpara, había una mancha rojiza en la alfombra beige .
Ana se acercó y pasó los dedos suavemente sobre la fibra, la mancha estaba seca y era difícil de quitar.
¿Sería vino? ¿Salsa de tomate? Sacudió la cabeza, Lucas nunca comería o bebería en la sala para evitar accidentes. Además, la mancha tenía un color rojizo oscuro, casi como...
Anna se alejó de la mancha abruptamente, su corazón acelerándose. Buscó frenéticamente alrededor de la sala más pistas, hasta que vio unas gotas resecas que iban desde la mancha en la alfombra hasta la puerta de entrada.
Sangre. No cabía duda, era sangre.
Anna sintió que las piernas le temblaban y se apoyó en el sofá para no caerse. Sacó su teléfono con manos trémulas y llamó al 911. Apenas pudo explicarle a la operadora la situación entre sollozos entrecortados.
En cuestión de minutos llegaron dos patrullas con sus sirenas a todo volumen. Los minutos le parecían eternos. Se había sentado en la acera, pálida como un fantasma, temblando y con el corazón latiéndole aceleradamente.
Los policías inspeccionaron el apartamento, tomando fotos y analizando la escena. Luego de un rato, el oficial a cargo se acercó a Ana con semblante serio.
—Señorita, lamento informarle que se trata de sangre humana. Todo parece indicar que hubo algún tipo de incidente aquí. Necesitamos que nos proporcione toda la información posible sobre quién tiene acceso a este apartamento.
Anna asintió, limpiándose las lágrimas. Le contó al oficial sobre Lucas, cómo tenía una copia de la llave y venía a regar las