Mark Jenkins
Mark se levantó temprano, aún en ese cutre motel en Lakeview donde se estaba hospedando.
Se vistió rápidamente y salió de su habitación.
Bajó al rellano y se dirigió a la máquina expendedora de café.
El líquido caliente era una necesidad en ese momento.
Después, se encaminó hacia su coche y emprendió el viaje hacia Bennington.
El camino se le hizo eterno, y la ansiedad crecía a medida que se acercaba a su destino. No podía esperar a ver a sus hijos nuevamente, y había decidido que, a la vuelta, haría una parada en Willowbrook para aprovechar más tiempo con ellos.
Llegó a Bennington pasadas las doce del mediodía y se dirigió a la casa de Lucas Anderson.
Llamó a la puerta, pero nadie respondió.
«Estará trabajando», pensó Mark mientras miraba impacientemente su reloj.
Decidió ir a una cafetería al otro lado de la calle y pedirse un café decente mientras hacía tiempo.
El café de la máquina del hotel había sido una experiencia lamentable, y se sentía merecedor de un buen café mientras esperaba.
Después de su café, volvió a la casa de Lucas y llamó a la puerta nuevamente, pero la situación seguía igual, sin respuesta.
Finalmente, frustrado, se sentó en su coche y esperó, tamborileando nerviosamente los dedos sobre el volante.
Las dos horas se sintieron como una eternidad mientras aguardaba la aparición de Lucas.
Fue entonces cuando la misma vecina con la que había hablado unos días atrás, después de su visita con Turner e Isabella, llamó a la ventanilla de su coche.
—Está buscando a Lucas, ¿verdad? —preguntó la vecina con preocupación. Mark asintió enérgicamente, esperando escuchar alguna noticia relevante.
—No está en casa, y no creo que lo vaya a encontrar hoy — respondió la vecina—. Se fue hace un par de días después de que ustedes se marcharon. Desde entonces, no ha vuelto.
Las palabras de la vecina dejaron a Mark completamente desconcertado. Agradeció apresuradamente la información y, con una sensación de inquietud creciente, se marchó de Bennington .
Mientras conducía hacia Willowbrook, no pudo evitar pensar en la extraña desaparición de Lucas. Marcó el número de Turner en su teléfono y, a través del manos libres del coche, compartió la preocupante noticia.
—Lucas no está en Bennington —informó a su compañero, con evidente preocupación en su voz—. La vecina dice que se marchó hace unos días después de nuestra visita. Esto me huele mal, Robert. Algo no cuadra en todo esto. Vuelvo inmediatamente a Lakeview.
—Nada de eso, Mark, tú te vas a Willowbrook, tienes que ver a tus hijos —respondió Robert con firmeza.
—Pero, Robert... —empezó diciendo Mark.
—¡Pero nada! Isabella y yo nos ocupamos, tú disfruta de tus hijos —le interrumpió Robert.
—Está bien. Mantenedme informado —accedió finalmente Mark, aunque visiblemente inquieto.
Mark disfrutó del viaje corto desde Bennington a Willowbrook, y cuando llegó a casa de Sarah, ella estaba ocupada preparando la cena.
La alegría de volver a verse fue mutua; Mark no se había dado cuenta de cuánto la había echado de menos.
Los niños estaban ocupados terminando sus lecturas diarias.
Aunque estuvieran en verano a él le parecía esencial que sus hijos no perdieran la costumbre de leer.
Mark se sentó en el sofá a observarlos, sintiéndose feliz de poder pasar ese tiempo con ellos.
Luego, todos cenaron juntos y, después de la cena, se dirigieron al jardín para disfrutar de un rato de juego con una pelota.
Los niños estaban emocionados de tener a su padre de vuelta y disfrutaron el inicio de esa noche juntos.
Finalmente, cuando los niños estaban agotados, Mark los acompañó cariñosamente a sus camas y les deseó buenas noches.
Después de asegurarse de que estuvieran cómodos, volvió a la planta baja de la casa.
Fue a la cocina, abrió la nevera y sacó dos botellines de cerveza.
Luego, se dirigió al porche, donde encontró a Sarah sentada en las escaleras.
Le tendió una cerveza y se sentó a su lado. El momento era tranquilo, y ambos disfrutaron en silencio de la paz y la compañía del otro después de su tiempo separados.
—No puedo quedarme mucho —dijo finalmente Mark, mirando a Sarah con una sonrisa melancólica.
—Quédate hasta por la mañana, ya es tarde y no deberías conducir tan de noche —respondió Sarah, devolviéndole la mirada con cariño.
Mark estuvo de acuerdo, se pasaron la noche poniéndose al día. Sarah le habló sobre cómo estaban pasando sus hijos el verano y Mark la puso al tanto de cómo iba el caso de Emily. Hablaron hasta altas horas de la noche, disfrutando de la mutua compañía y el sentimiento de familiaridad.