Mark Jenkins
Se sumergió de nuevo en la investigación, revisando meticulosamente el ordenador de Emily.
Las carpetas estaban bien organizadas y, mientras examinaba las fotos de Emily con amigos y familiares, su mente comenzó a divagar.
Los recuerdos de su propia vida, tanto los momentos felices como los más sombríos, luchaban por obtener su atención.
Mark dejó escapar un suspiro y se levantó de la silla.
Sintió la necesidad de despejar su mente.
Se dirigió al baño, donde se lavó la cara con agua fría, sintiendo la refrescante brisa que se colaba por la ventana entreabierta.
Sabía que no podía permitir que sus propios demonios afectaran la investigación, pero a veces era difícil mantenerlos a raya.
Tras ese breve descanso, se dirigió a la máquina de café y se sirvió un doble, sin leche.
El reconfortante calor del café le devolvió un poco de energía.
Volvió al despacho de Turner, donde se había instalado temporalmente para trabajar en el caso.
Sentado frente al ordenador de Emily, se sumergió de nuevo en el análisis de los datos.
Mientras examinaba las conversaciones y archivos, hizo un último intento por contactar a David Parker, el hombre que podría tener información valiosa.
Marcó el número proporcionado por el padre de David, pero como en los días anteriores, la llamada no obtuvo respuesta.
Mark frunció el ceño, sintiéndose frustrado.
Sabía que necesitaban hablar con David para avanzar.
Antes de continuar, decidió hacer una pausa y tomarse un momento para reflexionar.
Era inevitable, su mente solo conseguía pensar en una persona y esa era Melissa.
Se encontró divagando por sus propios pensamientos.
La mente tiende a vagar por caminos inesperados, y en ese momento, los recuerdos de Melissa, el amor de su vida, se apoderaron de él.
Recordó los últimos meses antes de su trágica muerte.
Su comportamiento había cambiado, estaba más distante.
Mark nunca pudo comprender del todo lo que pasaba por su mente.
Había intentado hablar con ella, pero Melissa siempre parecía evadir sus preguntas o restar importancia a sus preocupaciones.
La tensión en su matrimonio se hizo más evidente con el tiempo.
Discusiones frecuentes y momentos de silencio incómodo llenaron sus días .
Mark, un dedicado inspector, había pasado largas horas en la comisaría, tratando de darle sentido a los casos que investigaba. Había estado tan inmerso en su trabajo que a veces pasaba por alto las señales de que algo no iba bien en su vida personal.
Una noche, cuando regresó a casa después de una agotadora jornada laboral, después de buscar a su esposa por toda la casa y no encontrarla, se dirigió al comedor.
Observó que encima de la mesa el ordenador de Melissa estaba encendido.
Se acercó para apagarlo cuando leyó en la pantalla un mensaje.
Parecía ser una especie de despedida críptica.
No entendía qué estaba pasando. Recorrió toda la casa llamándola, pero no obtuvo respuesta.
Marcó su número, pero tampoco logró comunicarse.
Estaba a punto de volver a marcar cuando recibió una llamada que cambiaría su vida para siempre.
—Está muerta —dijo lacónicamente una voz desconocida. Fue lo único que la voz dijo. Mark miró el número en la pantalla. Número oculto. Esto no tenía ningún sentido. Volvió a leer las seis palabras que estaban escritas en la pantalla del ordenador:
Me voy, no puedo más.
Mel
¿Qué clase de broma de mal gusto era esta? ¿Quién le había llamado? «¿Dónde está mi mujer?». El sonido del timbre hizo que reaccionara. Seguro que era Melissa, se habría dejado las llaves en casa. Seguro.
Mark abrió la puerta y se dio de cara con su vecina, la señora Ivone.
—Mark, querido —empezó diciendo la señora Ivone que rondaba ya los 70 años—. Melissa me encargó que le cuidara a los niños durante un par de horas, pero aún no ha vuelto a recogerlos.
—¿A qué hora fue eso? —preguntó Mark.
—Hace ya unas seis horas.
Mark se quedó pálido.
—¿Todo bien, querido?
—Sí —mintió Mark—. Melissa se retrasa. Voy a ir a buscarla ahora. ¿Le importa quedarse un poco más con los niños?
—Por supuesto, querido —respondió notando que algo no iba bien—. Si quieres pueden quedarse a dormir hoy.
—Muchas gracias —se limitó a contestar.
La señora Ivone era su vecina desde hacía más de quince años.
Era una señora de unos sesenta y pocos años, jubilada y sin marido.
Con los años había dejado de ser solo la vecina de al lado.
Era como de la familia, siempre que necesitaban se hacía cargo de los niños, a veces hasta se quedaban a dormir con ella.
Ellos la adoraban tanto que incluso empezaron a llamarla «yaya».
Cuando volvió a quedarse solo, sacó el móvil, buscó en la agenda el número de Turner.
—Necesito que vengas a mi casa ahora. Es urgente —dijo Mark, con voz temblorosa. Turner no perdió tiempo y en menos de quince minutos estaba en la casa de Mark. Al ver la angustia en el rostro de su amigo, sabía que debía tratarse de algo grave.
Mark le relató la extraña carta de despedida y la llamada anónima que afirmaba que Melissa estaba muerta. Turner escuchó atentamente y luego quedó en silencio, procesando la información.
Finalmente, habló con calma intentando sonar lo menos insensible en ese momento.
—Mark, entiendo tu preocupación, pero debemos ser realistas.
Melissa es una mujer adulta y parece que tomó la decisión de irse por su cuenta.
Aunque su partida sea inusual, eso no constituye un delito.
Además, las llamadas anónimas pueden ser simplemente una broma de mal gusto.
La policía no puede hacer mucho sin evidencia de un delito o una amenaza inminente.
Mark sintió cómo la desesperación se apoderaba de él. Sabía que Melissa había estado pasando por un momento difícil, pero esta situación era demasiado extraña.