9. Culpa
Isabella y Robert Turner regresaron apresuradamente a la comisaría.
Mark, quien había decidido hacer una pausa en su meticuloso análisis en el ordenador de Emily, los estaba esperando.
Había estado ocupado rastreando incansablemente al otro posible testigo, Charles, y, finalmente, había tenido éxito.
Mark les pasó rápidamente el contacto a Turner y a Isabella en cuanto llegaron a su despacho, con una mirada de determinación y esperanza en su rostro.
—He conseguido el número de contacto de Charles.
Después de revisar meticulosamente los registros telefónicos antiguos del departamento, pude encontrar la información que necesitábamos con urgencia.
Hablé largamente con él por teléfono y hemos quedado para encontrarnos mañana temprano en el café de Brew Haven.
Isabella y Turner asintieron aliviados y agradecidos por el progreso de Mark. Luego, comenzaron a ponerlo al tanto detalladamente de lo que habían descubierto al interrogar a la señora Bennet.
—Hemos estado investigando a fondo, Mark —comenzó Isabella—.
Visitamos a Evelyn Bennet, la posible testigo que mencionó O’Connor.
Nos contó nerviosamente que hace 6 años, mientras paseaba a su perro, vio a una joven salir corriendo asustada de la casa de su vecino y subirse rápidamente a un coche rojo.
También salió un hombre enfurecido de la casa, persiguiéndola.
El problema es que cuando fuimos a la casa de ese vecino, nadie respondió a la puerta.
Tenía el buzón lleno de correo y al mirar por la ventana parecía que estaba vacía.
Es como si esa casa estuviera abandonada o desierta desde hace tiempo.
Mark frunció el ceño pensativo mientras procesaba la información. La conexión entre la joven que Evelyn había visto y la desaparición de Emily era evidente, pero todavía faltaban piezas clave para resolver el rompecabezas.
—Es un paso en la dirección correcta, pero aún tenemos muchas incógnitas por resolver —reflexionó Mark—. Tal vez Charles pueda arrojar algo de luz sobre esta preocupante situación.
¿Qué más les contó en detalle la señora Bennet?
Isabella tomó la palabra y continuó:
—Evelyn no pudo proporcionarnos una descripción precisa del hombre, pero sí se acordaba de algún detalle de la joven, la breve descripción podría encajar con el perfil de Emily.
Tampoco recordaba el modelo exacto del coche rojo —explicó frustrada—.
Estaba bastante nerviosa y alterada por lo que vio y, dada su avanzada edad, es posible que haya olvidado detalles importantes con el tiempo.
Lo que tenemos claro es que esa joven, en ese momento, estaba aterrorizada, y el hombre que la perseguía no parecía estar tranquilo, sino completamente fuera de sí.
Además, no pudimos obtener ninguna información adicional de los otros vecinos cercanos, ya que parecía que no habían notado nada extraño o inusual.
Turner añadió pensativo:
—Esperamos que la reunión con Charles nos ayude a llenar algunos de los inquietantes vacíos en esta misteriosa historia.
Los tres detectives compartieron una mirada decidida y continuaron planificando meticulosamente su próxima reunión con Charles y los siguientes pasos en la investigación en curso.
Sabían que estaban cada vez más cerca de descubrir la verdad detrás de la angustiante desaparición de Emily Adams, y estaban completamente dispuestos a desentrañar los oscuros secretos que habían estado ocultos durante tanto tiempo.
La mañana siguiente, el café de Brew Haven hervía con la energía típica de un día laborable.
Mark esperaba pacientemente en una mesa apartada a Charles, el hombre con el que se había citado.
Finalmente, un hombre de unos cuarenta y tantos años, cabello castaño y un aire serio y reservado, entró al café y miró cuidadosamente a su alrededor.
Mark levantó la mano para hacerse visible entre la multitud y Charles se acercó rápidamente a la mesa.
—Hola, soy Mark Jenkins. Muchas gracias por reunirte conmigo —dijo Mark estrechándole la mano.
—Charles Rodríguez. No hay problema, inspector. ¿De qué se trata todo esto? —respondió Charles con una mirada de curiosidad.
Mark se tomó un momento antes de comenzar a hablar, evaluando detenidamente a Charles.
Su historia involucraba a una joven en estado de confusión y angustia, y Mark tenía la esperanza de que esta pudiera ser Emily.
Comenzó a hacerle preguntas incisivas sobre la joven que había encontrado años atrás.
—Charles, estoy investigando exhaustivamente la desaparición de Emily Adams. Hace seis años, hiciste una llamada urgente al departamento de policía en relación con una joven aterrorizada a la que ayudaste.
¿Sabes algo más de ella? ¿Dijo su nombre o proporcionó alguna información clave que podamos utilizar en nuestra desesperada investigación? —preguntó Mark con tono esperanzado.
Charles pareció pensar detenidamente durante un momento antes de responder.
—La chica estaba extremadamente alterada y angustiada, pero no llegó a decirme su nombre —explicó Charles preocupado—. Solo me describió nerviosamente lo que había sucedido en la violenta discusión con su novio y me rogó desesperada que la ayudara a ponerse en contacto urgentemente con su familia.
Mark sintió una mezcla agridulce de esperanza y decepción. Aunque Charles no tenía información certera sobre el nombre de la joven, aún existía la posibilidad de que se tratara de Emily. Decidió seguir indagando profundamente:
—¿Puedes proporcionar una descripción lo más detallada posible de la chica? Cualquier pequeño detalle que recuerdes podría ser de gran ayuda para la investigación.
Charles procedió a dar una descripción minuciosa de la joven, incluyendo su estatura, color y longitud de cabello, color de ojos y la ropa específica que llevaba puesta ese día.
Mientras escuchaba atentamente, Mark comparaba mentalmente todos los detalles con lo que sabía sobre Emily Adams. Sin embargo, tras analizarla detenidamente, la descripción no coincidía en absoluto con la de ella.
—Muchísimas gracias por su tiempo y ayuda, Charles —dijo Mark con un dejo de desilusión, dando por finalizada la reveladora conversación.
Después de despedirse cortésmente, Mark regresó cabizbajo a la comisaría donde Isabella le había tomado el relevo en la ardua tarea de registrar meticulosamente el ordenador portátil de Emily.
—¿Has podido encontrar algo nuevo? —le preguntó Mark a su compañera, que tenía la mirada fija en la brillante pantalla del portátil.
—Nada relevante por el momento.
—¿Cómo te fue con la reunión con Charles? —preguntó Isabella esperanzada.
—Me relató que ayudó a una chica muy angustiada que había encontrado cerca de la gasolinera. Pero tras analizarlo, la descripción no coincide para nada con la de Emily Adams. La chica a la que ayudó era rubia, así que no puede ser Emily —explicó Mark frustrado.
—Por mucho que avanzamos, parece que seguimos estancados en el mismo punto muerto —dijo Isabella con un profundo aire de derrota.
—No podemos darnos por vencidos todavía.
Tenemos muchas más pistas prometedoras de las que Robert y yo tuvimos hace seis años cuando el caso se enfrió.
Ahora contamos con el coche, la pieza de mármol, una testigo clave, acceso al ordenador personal de Emily...
Solo tenemos que saber buscar meticulosamente —contestó Mark en un intento de reanimar a su compañera—. Por cierto, ¿sabes dónde está Robert?
—Está reunido con el alcalde Sullivan. Al parecer le está presionando intensamente para cerrar este caso lo antes posible por motivos políticos —explicó Isabella con desdén.
—Menudo insensible y ambicioso. Solo le importa que la gente del pueblo se olvide rápido de este caso, para que no le perjudique en las próximas elecciones. Le importa una mierda la verdad o el destino de esa pobre chica. Necesito un café bien cargado ahora mismo.
—Te acompaño. Yo también necesito despejarme un poco. Llevo más de cinco horas seguidas sentada frente a este maldito ordenador —dijo Isabella estirando el cuello con incomodidad.
Se sentaron pesadamente en la misma mesa de la cafetería en la que habían ido a comer unos días atrás.
Ya eran más de las ocho y media de la noche y oficialmente ya no estaban de servicio.
Cuando la joven camarera se acercó diligente a tomarles nota, antes de que Isabella pudiese pedirse un café, Mark se adelantó y pidió dos botellines bien fríos de cerveza para ambos.
—Estamos trabajando, Mark —le recriminó Isabella, aunque sin mucha convicción.
—Oficialmente, ya has terminado tu turno e incluso yo ya no soy policía. Así que no creo que estemos incumpliendo ninguna norma. Además, después de un día tan agotador, necesitamos relajarnos y despejar la mente un poco —respondió Mark con una media sonrisa.
A Isabella le hizo gracia el comentario de su compañero. No entendía por qué se sentía tan cómoda y en confianza con Mark. Hacía apenas unos pocos días que se conocían, aunque ella tenía la extraña sensación de que llevaban años siendo buenos amigos. Su presencia la tranquilizaba.
—¿Cómo lo llevas, Mark? —le preguntó con delicadeza, detectando su semblante cansado.
—No está siendo nada fácil, Isa —le confesó Mark con la mirada perdida—. Pero no hablemos más de mí por ahora. Mejor cuéntame un poco sobre ti.
—No tengo demasiado que contar, mi vida consiste básicamente en ir del trabajo a casa y de casa al trabajo —reconoció Isabella un poco avergonzada.
—¿Qué te trajo a mudarte a Lakeview? Me comentaste que llegaste hace menos de un año.
Isabella sintió que podía confiar plenamente en Mark, así que comenzó a relatarle su historia previa a mudarse a Lakeview: su relación con sus padres, cómo había conocido a su exprometido Ezra, cómo la relación se había vuelto un infierno, los maltratos psicológicos y físicos...
—¡Menudo desgraciado cobarde! Solo una basura humana se atreve a levantarle la mano a una mujer —dijo Mark con evidente irritación cuando Isabella terminó su crudo relato.
—Por eso decidí huir lejos. Necesitaba paz mental de forma urgente. Lakeview me la ha proporcionado durante casi un año
—explicó Isabella.
—¿No has vuelto a salir con nadie desde entonces? —preguntó Mark con curiosidad.
—No, por ahora solo quiero centrarme en el trabajo y en mi bienestar —respondió ella—. ¿Y tú qué? ¿Has tenido alguna pareja después de...?
Isabella pudo ver cómo la expresión de Mark cambiaba repentinamente. La leve sonrisa que tenía en los labios se esfumó. Sus ojos se volvieron vidriosos y su semblante se ensombreció.
—Lo siento, no debí preguntar eso... —se apresuró a decir Isabella agachando la cabeza avergonzada.
—No te preocupes —la tranquilizó Mark—. Desde que murió Melissa, no he vuelto a salir con nadie. Me dedico únicamente al cuidado de mis hijos. Ellos son ahora mi máxima prioridad.
Isabella no sabía si debía seguir preguntando, no quería ofender a Mark ni mucho menos hacerle revivir dolorosos recuerdos con su curiosidad. Pero finalmente la duda pudo más que la prudencia.
—¿Qué... qué le ocurrió a Melissa? —se atrevió a preguntar con un hilo de voz. Inmediatamente se arrepintió—. Perdona, no debí preguntártelo, olvida que he dicho nada.
Mark tardó unos segundos que se hicieron eternos en responder. Finalmente, con la voz quebrada y los ojos humedecidos, decidió sincerarse:
—Murió, y fue por mi culpa.