Antes de que hablen 8. Mentiras
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8. Mentiras

El ambiente en la comisaría estaba cargado de expectación. El forense había estado trabajando arduamente analizando la pieza de mármol que encontraron en la escena del crimen. Finalmente, había llegado el momento de compartir sus hallazgos con Mark, Isabella y Turner.

El forense, el doctor Phillips, los miró con seriedad mientras hablaba:

—He completado el análisis de la pieza de mármol.

En ella, encontramos restos de sangre que son compatibles con los de la víctima, Emily.

Posiblemente pueda tratarse del arma del crimen.

Pero de lo que sí estoy seguro es de que esta pieza estuvo en el escenario donde le quitaron la vida a esa joven.

La noticia fue un paso adelante en la investigación. Saber que el mármol estaba relacionado con el asesinato de Emily les daba una pieza clave de evidencia.

Mientras tanto, Isabella había estado trabajando en el ordenador portátil de Emily. Con concentración, les dijo:

—Creo que he encontrado la contraseña.

Los tres se acercaron al ordenador portátil. Isabella introdujo la contraseña, y en ese momento, la pantalla de inicio se desbloqueó. Robert y Mark la miraron con asombro.

—¿Cómo lo has descubierto? —quiso saber Mark.

—Estaba delante de nuestras narices, en el diario de Emily — dijo mientras ponía el diario encima de la mesa y lo abría—.

Si os fijáis en la primera página, debajo del nombre de Emily pone una fecha, 22/02/2014.

Al principio dedujimos que es cuando empieza a escribir en él.

Pero la primera entrada que hace es en el año 2017.

No estaba segura de que fuese la contraseña, pero tenía que intentarlo.

—Bien hecho, Isabella —la felicitó Robert—. Ahora tenemos que explorar todo lo que haya en este ordenador. Puede que contenga pistas cruciales sobre lo que le sucedió a Emily y quién está detrás de todo esto.

Mark asintió y agregó:

—Y no olvidemos la pieza de mármol. Aunque es solo una parte de algo más grande. Es la mejor pista que tenemos y estoy convencido de que es el objeto que se utilizó para quitarle la vida a Emily.

Los tres investigadores estaban decididos a desentrañar el misterio de la desaparición de Emily, y ahora tenían más herramientas que nunca para hacerlo. Estaban listos para seguir adelante con la investigación, sin importar cuán complicado u oscuro se volviera el camino.

El equipo de investigadores se encontraba en la sala de conferencias, rodeados de expedientes y notas. Robert Turner tomó la palabra mientras trazaba un plan en su mente.

—Mark, voy a asignarte la tarea de analizar el portátil de Emily. Ahora que hemos conseguido acceder, debes escrudiñar cada archivo y cada mensaje. Quién sabe, podríamos encontrar pistas cruciales.

Mark asintió con determinación. Sabía que esta era una tarea crucial y no podía permitirse pasar por alto ningún detalle. Se sintió aliviado al tener una misión concreta que lo mantendría ocupado y así mantener sus pensamientos alejados de su mente.

Mientras tanto, Isabella miró a Turner con interés y expectación.

Él prosiguió: —Isabella, continuemos entrevistando a personas del círculo cercano de Emily.

A menudo, en conversaciones informales, la gente podría revelar detalles que se les pasaron por alto en su declaración oficial.

Quizás encontremos algo que nos conduzca a la verdad.

Isabella asintió, tomando notas en su cuaderno, lista para reunirse con testigos y amigos de Emily en busca de pistas valiosas.

Turner, con un ceño fruncido, agregó:

—También quiero que hablemos con el jefe de policía de la época, Francis O’Connor. Siento que podría haber más información de la que nos proporcionó en su momento. Si bien nos retuvo la información del portátil y no nos dejó entrar en el piso de Emily, podría haber más cosas que nos ocultase.

Además, no me gusta que la investigación se haya estancado bajo su liderazgo. Debemos saber por qué nos ocultó información.

La mención de O’Connor hizo que el ambiente en la sala se volviera tenso. La sospecha flotaba en el aire, como si el antiguo jefe de policía pudiera estar ocultando algo importante.

La sala de estar de Francis O’Connor era un espacio modesto y sencillo, iluminado por la tenue luz de la tarde que se filtraba a través de las cortinas de encaje.

Los muebles de madera maciza le daban un aire de clasicismo, y en una esquina, un reloj de péndulo marcaba el tiempo con un rítmico tictac.

El exjefe de policía, un hombre de cabello canoso y ojos cansados que reflejaban años de responsabilidad, estaba sentado en un sillón de cuero desgastado. El silencio pesado se rompió cuando Turner tomó la iniciativa:

—Francis, necesitamos hablar sobre el caso de Emily Adams.

El exjefe de policía parpadeó con sorpresa ante la inesperada visita de los detectives, sintiéndose incómodo por su presencia .

—Ese caso fue un verdadero infierno. No teníamos muchas pistas sólidas, y a pesar de nuestros esfuerzos, no pudimos resolverlo.

—Lo sabemos, fuimos nosotros los responsables de ese caso

—le recordó Turner—, pero hemos descubierto algunas cosas que nos hacen pensar que puede haber información que no se nos proporcionó en su momento.

—¿A qué te refieres? —O’Connor frunció el ceño, sin estar seguro de adónde se dirigía la conversación.

—Sabemos que no nos pasaste la información del portátil de Emily ni nos permitiste entrar en su apartamento —Turner hizo hincapié en el asunto.

O’Connor pareció titubear por un momento antes de responder:

—En ese momento, tomé decisiones que consideré las más adecuadas. No creí que fueran relevantes para la investigación.

—No le correspondía a usted decidir eso.

—Por supuesto que sí. No se olvide de que era el jefe de policía por aquel entonces y estaba convencido de que esa chica se había marchado por cuenta propia. No había ningún indicio para pensar lo contrario.

—Sin embargo, ahora creemos que esas informaciones que nos ocultó podrían ser cruciales para resolver el caso. Necesitamos saber todo lo que puedas recordar, cualquier detalle que se nos haya escapado.

O’Connor suspiró y miró por la ventana, como si buscara respuestas en el paisaje fuera de su casa. Luego, finalmente habló:

—Hubo un momento..., cuando recibimos una llamada; era un hombre mayor, creo que se llamaba Charles. Afirmó que había visto a Emily en una estación de servicio en las afueras de Lakeview la noche de su desaparición. Pero la pista parecía poco creíble, y nunca seguimos esa línea de investigación.

Los detectives intercambiaron miradas significativas.

Habían descubierto un nuevo cabo suelto en el caso de Emily Adams, y Francis O’Connor podría haber ocultado más información de la que inicialmente se reveló.

El misterio que rodeaba a su desaparición se volvía más denso, y estaban un paso más cerca de descubrir la verdad.

—Por otro lado, una mujer llamada Evelyn, que había sido inicialmente considerada una posible testigo, había ido a la estación de policía a decir que había visto algo en la noche de la desaparición de Emily.

Sin embargo, esta no fue tenida en cuenta en ese momento, ya que su historial indicaba que tenía un comportamiento errático.

Desde la muerte de su esposo, había estado inventándose historias para llamar la atención.

Cada vez que llamaba a la policía, creaba situaciones imaginarias, y cuando los oficiales llegaban, no encontraban nada fuera de lo común.

Turner, enojado por la falta de información, le gritó a O’Connor:

—¡Por el amor de Dios, ¿por qué nunca recibimos esa información?! Esas personas podrían haber sido testigos cruciales. ¿En qué estaba pensando? —Turner no podía controlar su enfado con respecto al ex jefe de policía.

El exjefe respondió con calma:

—Estábamos tratando de filtrar la información antes de pasársela a ustedes. Queríamos evitar sobrecargarlos y distraerlos del objetivo principal, que era encontrar a Emily.

Turner no podía creerse lo que estaba escuchando. Él y Mark eran los responsables de esa investigación. Eran ellos los que tenían que decidir qué información era relevante o no.

—¿Qué más ha estado ocultándonos? No puedo creerme que perjudicara así la investigación. Éramos nosotros lo que teníamos que decidir qué era importante y qué no. Tal vez podríamos haberla salvado —gritó Turner, que ya no podía controlar su ira.

—Lo hice lo mejor que supe, Robert. Tenía mucha presión del alcalde, quería que cerrásemos el caso lo antes posible. La gente tenía miedo de que sus hijos desapareciesen también .

—Era nuestra responsabilidad —le espetó Turner—. Si tanto le preocupaba, ¿por qué no nos autorizó a entrar en el apartamento de Emily? ¿Por qué nos ocultó que sus padres le habían hablado del ordenador?

—No creía que se tratase de una desaparición. Emily era mayor de edad, acababa de romper con su novio. Creía que se había ido por voluntad propia y que acabaría dando noticias al cabo de unos días. ¡Me equivoqué!

—Tu error ha costado una vida —terminó por decir Turner antes de levantarse e indicarle a Isabella que se marchaban.