Antes de que hablen Testigos
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La reunión con Francis O’Connor había dejado a los detectives con una sensación de frustración, pero también con nuevas pistas para seguir. Isabella y Robert Turner salieron de la casa del ex jefe de policía, conscientes de que había más secretos por desvelar.

Decidieron que su siguiente paso sería visitar a Evelyn, la mujer que había sido considerada una posible testigo en el pasado.

Aunque su historial de comportamiento errático había llevado a que sus afirmaciones no fueran tomadas en cuenta, ahora se daban cuenta de que su declaración podría ser valiosa.

—Tenemos que descubrir dónde vive Evelyn e ir a hablar con ella —dijo Turner mientras sacaba su móvil y marcaba el número de Mark.

Mark contestó tras el primer tono.

—Mark, tenemos una posible testigo. Necesitamos su dirección o su número de contacto —le explicó Turner.

—Entendido. Ahora me pongo con ello. Te lo mando al móvil.

—También necesito que averigües quién hizo una llamada a comisaría hace 6 años, O’Connor solo nos proporcionó el nombre: Charles.

—Eso va a ser como encontrar una aguja en un pajar, Robert.

—Lo sé, pero tenemos que intentarlo. Confío en ti, Mark. Unos minutos después de haber finalizado la conversación con

Mark, Turner recibió el mensaje con el número de teléfono de Evelyn: «Evelyn Bennet, 123, Aurora Street 555-123-4567».

Isabella tomó su teléfono y marcó el número proporcionado por Mark. Después de un par de tonos, una voz temblorosa y cansada contestó:

—¿Sí?

—Hola, Evelyn. Soy Isabella, de la policía de Lakeview. Necesito hablar con usted sobre una información que proporcionó a la policía hace 6 años. Estamos investigando ese caso de nuevo y nos gustaría saber más sobre lo que presenció.

Hubo un silencio al otro lado de la línea antes de que Evelyn respondiera con voz temblorosa y llena de incertidumbre:

—¿De verdad creen que puedo ayudar? Nunca llevan en cuenta mis llamadas a la policía. Isabella trató de tranquilizarla con un tono suave y comprensivo:

—Cualquier información nos puede ser de gran ayuda. Tal vez lo que usted vio podría ayudarnos a cerrar uno de nuestros casos. Evelyn pareció dudar por un momento, pero finalmente aceptó con un suspiro de resignación:

—Está bien. Vengan a mi casa. Les contaré todo lo que recuerde.

Isabella anotó en su libreta la dirección de Evelyn. Colgó el teléfono y se dirigió a Turner con entusiasmo.

—Evelyn ha accedido a reunirse con nosotros. Dice que nos contará más sobre lo que vio aquella noche.

—Espero que esta vez no se trate de una historia inventada. Debemos considerar todas las posibilidades. Vayamos a su casa y veamos qué sabe —respondió Turner con cautela.

Llegaron a la casa de Evelyn y llamaron a la puerta.

Una señora de unos 80 años les abrió, era Evelyn.

Su cabello blanco y arrugas en el rostro contaban la historia de una vida larga y llena de experiencias.

Su mirada reflejaba sabiduría, pero también cierta fragilidad.

La casa en sí misma parecía congelada en el tiempo, con muebles antiguos y recuerdos de tiempos pasados que adornaban las estanterías.

—Buenas tardes, Evelyn. Somos Isabella y Robert, de la policía de Lakeview —se presentó Isabella con amabilidad y una sonrisa cálida.

Evelyn les observó con curiosidad y desconfianza al principio, pero finalmente abrió la puerta para permitirles entrar. La casa tenía un aire nostálgico, con fotografías en blanco y negro en las paredes y un olor a flores frescas que llenaba la estancia.

Evelyn les condujo por un largo pero estrecho pasillo, con paredes cubiertas de retratos familiares y estanterías llenas de libros antiguos. Finalmente, llegaron a un pequeño salón iluminado tenuemente por la luz del atardecer.

La sala de estar de Evelyn, sumida en una especie de atemporalidad, estaba repleta de objetos que contaban la historia de una vida.

Muebles antiguos con una pátina de años y recuerdos se combinaban con delicadeza.

El sofá, desgastado pero cómodo, había sido testigo de innumerables conversaciones a lo largo de los años, y el aroma a madera antigua que impregnaba el ambiente añadía un toque de nostalgia a la atmósfera.

Las cortinas de encaje dejaban que la tenue luz de la tarde se filtrara en la habitación, creando sombras suaves que acentuaban la melancolía del lugar.

Fotografías enmarcadas de la familia de Evelyn adornaban las paredes, atestiguando momentos felices y recuerdos que habían quedado atrás en el tiempo.

Evelyn les invitó a tomar asiento en los sillones de terciopelo en color verde esmeralda. Ella, con una mirada que abarcaba décadas de experiencias vividas, se sentó frente a ellos con calma, lista para compartir su testimonio.

Después de un breve silencio, finalmente preguntó con voz suave: —Entonces, ¿ en qué puedo ayudarlos?

Isabella tomó la iniciativa, su voz igualmente suave y amable.

—Evelyn, antes que nada, queremos agradecerle por estar dispuesta a hablar con nosotros. Sabemos que ha pasado mucho tiempo desde los eventos que vamos a discutir. ¿Podría decirnos qué fue lo que vio la noche del 20 de noviembre de 2017?

—Hace mucho tiempo de eso, oficial. Tendrá que darme más detalles para que pueda acordarme.

—Usted fue al departamento de policía a informar que había visto a Emily Adams, la chica que desapareció hace seis años.

Evelyn hizo un esfuerzo por recordar y suspiró con aire pensativo antes de responder:

—Fue hace tanto tiempo. La noche estaba oscura, eso es lo único que puedo decir con seguridad. El paso de los años ha nublado algunos detalles.

Turner asintió comprensivamente y continuó con paciencia:

—Entendemos que el tiempo puede difuminar los recuerdos. Por favor, cuéntenos todo lo que recuerde de esa noche, cualquier detalle podría ser valioso.

r—En la época, cuando me enteré de que había desaparecido una joven, fui a comisaría para contar lo que había visto.

No sabía si podría tener relación con la desaparición de esa joven, ni sabía si se podía tratar de la misma joven.

Pero el policía que me atendió dijo que seguramente sería una discusión de pareja y que no había nada de importante en ello.

«Si tuviéramos que llevar en cuenta todas las parejas que discuten, no tendríamos tiempo para nada más», me dijo.

—Lo sabemos, ha sido él quien nos habló de usted. ¿Puede hablarnos de lo que vio? —la incentivó Isabella con tacto.

Evelyn hizo una pausa, como si estuviera mirando a través de las décadas hacia esa noche lejana.

—Mi esposo era un amante de los perros, pero a mí nunca me gustaron mucho.

Después de su fallecimiento, la responsabilidad de cuidar a Sol, el perro que tanto amaba, recayó en mí.

Siempre le dije que no quería tener animales, porque, aunque él prometió hacerse cargo, al final tendría que acabar haciéndolo yo.

Turner e Isabella no entendían por qué les contaba eso. Le habían pedido información sobre la noche que afirmaba haber visto a Emily y sin embargo les estaba hablando de su fallecido marido. Pero decidieron dejarla continuar con su monólogo.

—Un día llegó del trabajo con un cachorro, dice que se lo había encontrado cerca de un contenedor de basura y que no podía dejarlo allí.

No tuve más remedio que aceptar que se quedara con nosotros.

Mi querido Bart; tenía un gran corazón. Cómo lo echo de menos.

Cumplió su promesa, a veces pienso que lo cuidaba mejor de lo que cuidó a nuestro hijo.

Se levantaba temprano para sacarlo a pasear antes del trabajo, empezó a venir a comer a casa para poder sacarlo después de la comida y lo volvía a sacar antes de acostarnos.

Ese perro se convirtió en su vida. Le puso de nombre Sol, porque dice que llegó como un rayo de sol a iluminar nuestras vidas después de que perdiéramos a nuestro único hijo en un accidente de coche.

—Hizo una pausa con la mirada perdida, recordando con melancolía los rostros de sus dos seres más queridos que la habían abandonado tan pronto.

Luego prosiguió con su historia—: Cuando Bart falleció dos años después de adoptar a Sol, por culpa de ese maldito cáncer que me lo arrebató, me tocó a mí la responsabilidad de cuidarlo.

Así que todos los días lo sacaba a pasear.

Una vez por la mañana cuando iba hacer recados, otra después de comer, y una última vez por las noches antes de acostarme. Tal como lo hacía Bart.

Isabella asintió con paciencia, instándola amablemente a seguir.

—Fue una de esas noches que volviendo de pasear a Sol escuché gritos que provenían de la casa de mi vecino y enseguida vi a una joven salir corriendo de la casa.

Aunque estaba oscuro pude observar que estaba llorando, claramente alterada.

Rápidamente, se subió a un coche rojo. No soy experta en coches, así que no podría decirles el modelo, pero estoy segura de que era rojo.

—Por favor, continúe. ¿Qué pasó después? —preguntó Turner con interés, ansioso por escuchar cada detalle.

Evelyn hizo un esfuerzo por rememorar esa noche que había quedado grabada en su memoria:

—Poco después, un hombre salió de la casa, parecía muy enfadado, y comenzó a seguirla.

La vi cuando subió al coche, y el hombre rápidamente se unió a ella.

Después de eso, no supe más. Me asusté, pero no estaba segura de si debía llamar a la policía o no.

Pensé que tal vez era solo una discusión de pareja.

Y como decía Bart, en discusiones de pareja uno no se mete.

Isabella seguía tomando notas meticulosamente, registrando cada palabra de Evelyn. La historia estaba comenzando a cobrar forma, y su testimonio ofrecía un vistazo a un momento crucial de la noche en que Emily desapareció.

—¿Sabe qué día fue eso? —le preguntó a la anciana con delicadeza para asegurarse de que se trataba del día de la desaparición de Emily.

—No estoy segura, sería finales de noviembre, creo.

—¿Y la hora?

—Serían entre las 9 y las 10 de la noche. Siempre sacaba a Sol en torno a esas horas.

—¿Podría describirnos a esa chica?

—No la recuerdo muy bien, ha pasado mucho tiempo. Pero tenía el pelo largo, parecía una cascada cayéndole sobre los hombros hasta su cintura.

—Evelyn, su testimonio es esencial para nuestra investigación. Cada detalle puede ser valioso. Le agradecemos por compartir esta información con nosotros, y si recuerda cualquier otro detalle, por favor, no dude en comunicárnoslo.

Evelyn asintió y los miró con tristeza en sus ojos ancianos antes de acompañarlos amablemente hasta la puerta.

—Una última pregunta, señora Bennet. ¿Podría indicarnos de qué casa los vio salir?

—Por supuesto. De la casa del otro lado de la calle, la que está justo al lado de la que tenemos enfrente —contestó mientras señalaba con un dedo tembloroso la casa a la derecha de la que tenían delante.

—Muchas gracias, señora Bennet. Ha sido de gran ayuda.