3. Unos años antes
Isabella y su prometido, Luke, se conocieron en la universidad a través de una amiga en común. Al principio no eran más que amigos, con el tiempo fueron compartiendo risas y secretos, y esa amistad floreció en algo más profundo.
Luke era un joven encantador que conquistaba a todos a su alrededor, y no tardó mucho en conquistar a Isabella incluyendo a su familia.
La madre de Isabella siempre alababa a Luke, llamándolo un «partidazo».
Isabella sonreía tímidamente ante los elogios, pero en el fondo se sentía orgullosa de tener a alguien como Luke a su lado.
La conexión entre Isabella y Luke parecía destinada, y juntos construyeron una relación sólida basada en una amistad profunda y un amor creciente.
En una tarde soleada en el campus, Isabella y Luke paseaban juntos, disfrutando de la calidez del sol y la compañía del otro.
—Nunca me canso de estar contigo, Isabella. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida —dijo Luke, con una sonrisa radiante.
Isabella lo miró a los ojos y asintió, su mirada fija en el horizonte.
—Tengo la misma sensación, Luke. Nuestra amistad se ha convertido en algo realmente especial.
Los años pasaron, y Luke se embarcó en una carrera como abogado. Pasaba largas horas en la oficina, defendiendo casos y escalando la jerarquía de su firma legal. Isabella entendía su dedicación al trabajo, pero no podía evitar sentirse sola en ocasiones .
Sin embargo, a medida que su carrera avanzaba, Isabella comenzó a notar cambios en su personalidad. Lo que una vez fue su prioridad se estaba convirtiendo en una obsesión por su trabajo.
—Luke, ¿puedes tomarte un día libre? Ya ni siquiera recuerdo la última vez que tuvimos una cena juntos —le preguntó Isabella una noche, mientras preparaba una cena especial, decorando la mesa con velas y flores para crear un ambiente romántico.
Luke la miró con pesar, rascándose la cabeza.
—Lo siento, Isa. Este caso es crucial, y necesito estar preparado para mañana. Prometo que te compensaré por todas las cenas perdidas.
Isabella asintió, resignada, apagando las velas una por una.
Los pequeños detalles que solían llenar su relación empezaron a desvanecerse.
Luke se volvía cada vez más irritable y se enojaba fácilmente por las cosas más triviales.
La magia que habían tenido durante los primeros años se estaba desvaneciendo, ya ni recordaba cuándo fue la última vez que habían hecho algo juntos.
—¿Por qué estás tan molesto, Luke? —preguntó Isabella después de una discusión por una tontería, intentando entender el cambio en él.
—¡Deja de ser tan controladora! —gritó él en respuesta, sobresaltándola.
Sus salidas nocturnas para «relajarse» con amigos se volvieron más frecuentes, y lo que comenzó como un hábito de beber los fines de semana se convirtió en un consumo casi diario de alcohol. Culpa de Isabella, según él, por hacerlo sentir atrapado.
Una noche, después de regresar tarde y embriagado, Luke se volvió agresivo con Isabella, acorralándola contra la pared.
—¡No puedo soportar más tu actitud! —gritó mientras sus ojos mostraban rabia.
Isabella, aterrada, lo miró fijamente, sin entender lo que estaba pasando.
—Luke, no sé qué te está pasando, pero esto no es amor. No puedo seguir así —gritó entre sollozos mientras se protegía la cara con ambas manos para evitar los golpes.
Cuando Luke terminó de golpearla, se quedó tendida en el suelo intentando recuperarse de la terrible situación que acababa de vivir.
—No sé qué vi en ti. Como le digas una palabra a alguien… —la amenazó.
Tras estas palabras que la golpearon más fuerte que las propias manos de él, Isabella se encaminó a la habitación, donde se encerró en el baño y se echó al suelo entre lágrimas.
Desesperada y sin saber qué hacer. No podía creer que esto le estaba pasando a ella.
Cuando consiguió tranquilizarse se apresuró a empacar algunas de sus pertenencias en una pequeña maleta con manos temblorosas.
No quería llamar a su familia, temiendo que Luke los involucrara en la tormentosa situación. Sin embargo, sabía que debía alejarse, aunque fuera por un tiempo.
—Me voy, Luke. Necesito tiempo para pensar y aclarar mis sentimientos. Esto no puede seguir así.
—Isabella pronunció esas palabras con firmeza, pero su voz temblaba mientras luchaba por contener las lágrimas.
Luke la observó fijamente, y una mezcla de emociones pasó por su rostro. En su mirada había un rastro de arrepentimiento y preocupación. Luego, con voz suave, trató de convencer a Isabella de que todo podía mejorar.
—Isa, entiendo que estés frustrada, pero te prometo que puedo cambiar. Solo dame una oportunidad. Me estoy esforzando,
¿no lo ves? —suplicó, acercándose a ella.
—Nunca me habías levantado la mano —dijo ella, acariciándose la mejilla con la mano.
—Y no volverá a ocurrir. Te lo prometo, cariño —dijo mientras se acercaba a ella y le quitaba la maleta de entre las manos .
La insistencia de Luke la hacía dudar. El amor que una vez compartieron y las promesas de un futuro juntos la mantenían atrapada en un ciclo peligroso. A regañadientes, Isabella asintió, aceptando las disculpas de Luke y su promesa de cambiar, aferrándose a la esperanza.
El período de calma que seguía a menudo la convencía de que todo había vuelto a la normalidad.
Pero esas fases de paz eran pasajeras, y el abuso emocional y físico se reanudaba sin previo aviso, llenándola de ansiedad.
Las visitas a casa de sus padres disminuyeron para evitar que pudieran descubrir alguno de los hematomas que tenía por el cuerpo y las excusas elaboradas que inventaba para explicar su ausencia se convirtieron en una triste rutina.
Isabella luchaba con la idea de contarles a sus padres la verdad, sabiendo cuánto adoraban a Luke y cómo su reputación se interponía en su camino. Pero el peso de sus secretos se volvió insoportable, y llegó un punto en el que sabía que no podía sguir ocultando su dolor.
El día en que se marchó, no mencionó a dónde iba, simple-mente aprovechó que Luke estaba en otra de sus reuniones nocturnas y salió sin llevarse nada para no hacerlo sospechar de su abandono.
Cuando él se percató de su ausencia la llamó varias veces, pero no obtuvo respuesta.
Cegado por su propia ira y confusión, fue en su búsqueda.
Cuando la encontró en casa de sus padres, parecía el mismo Luke del que ella se había enamorado perdidamente.
Sus excusas lograban calmar las sospechas de los padres de Isabella, quienes no sabían de la situación que estaba viviendo su hija y de que estaban siendo engañados.
Después de un breve período de separación, siempre convencida por Luke de que todo había cambiado, Isabella volvía a su lado, esperanzada en que el amor que compartían pudiera prevalecer.
Pero, con el tiempo, las promesas vacías y los momentos de agresión retornaban, atrapándola en un ciclo destructivo del que no podía escapar.
Al mismo tiempo, a tres horas de allí…
El restaurante Lago Serena situado en la calle Woodland en el corazón de Lakeview y que contaba con unas vistas preciosas al lago era conocido por sus platos exquisitos y su maravilloso paisaje, era el lugar donde Melissa había quedado a cenar con su esposo.
El elegante restaurante estaba decorado con tonos cálidos, iluminación tenue y sillas de terciopelo que añadían un toque de sofisticación.
Sentada en una mesa junto a la ventana, Melissa miraba su teléfono constantemente, con una creciente sensación de abandono.
Las luces del restaurante brillaban en las copas de vino y el tenue murmullo de las conversaciones llenaba el aire.
Había pasado casi una hora, y Mark no había llegado.
Marcó su número varias veces, pero nadie contestaba.
Cansada de esperar, se levantó de la mesa sin cenar, pagó la copa de vino que había consumido y abandonó el restaurante con los hombros caídos.
De vuelta en su casa, Melissa agradeció a su vecina, la señora Ivonne, por cuidarle a los niños.
Después se quedó un rato observándolos mientras los dos niños, de uno y tres años, dormían tranquilamente.
Volvió a mirar el móvil, no había rastro alguno de Mark.
Ni siquiera se había dignado a contestarle que no se presentaría a la cena.
Cansada de toda esa situación subió al cuarto de baño, donde se cambió su precioso vestido rojo de satén con la espalda abierta y sus altas sandalias de tacón por su cómodo pijama y sus viejas chanclas de andar por casa.
Se desmaquilló lentamente frente al espejo mientras se esforzaba por no romper a llorar.
Bajó a la cocina, donde se sirvió una copa de vino con manos temblorosas y se sumió en sus pensamientos mientras las lágrimas se acumulaban en sus ojos.
Recordó cómo conoció a Mark, cómo la había conquistado con el tiempo.
Al principio, no le había prestado mucha atención.
Había sentido una fuerte atracción hacia su amigo Robert Turner, pero él ya estaba saliendo con Lisa, una amiga en común.
Poco a poco, Mark había ganado su corazón con detalles románticos.
Los primeros tiempos habían sido perfectos.
El día que decidió darle una oportunidad a Mark fue el día que todo cambió para Melissa.
Habían preparado una buena barbacoa con Robert y Lisa.
Cuando ellos se marcharon se ofreció para ayudar a Mark a recoger.
Al terminar, se sentaron en el porche trasero de la casa, bajo la suave luz de las estrellas. La noche estaba tranquila y fresca.
—Melissa, desde que te conocí, he sentido que somos muy parecidos. Ambos tenemos esa pasión por hacer lo correcto, y eso es algo que realmente admiro en ti.
—Mark, tú también eres increíble. Tu dedicación en la academia de policía y tu constante lucha por la justicia son admirables.
—Tú haces que todo esto sea aún mejor. No puedo dejar de pensar en ti. Eres una de las personas más increíbles que he conocido.
—Mark, yo... —Hace una pausa antes de continuar—. No sé qué decir.
—Entonces, no digas nada. A veces, las palabras no pueden expresar lo que sentimos. —Lentamente, se inclina y la besa con ternura.
Esa noche marcó el inicio de la vida que compartirían durante años. Se sentía muy orgullosa de todo lo que habían conquistado juntos.
Pero después de que ingresara a la policía, las cosas comenzaron a cambiar.
Lo veía menos y entendía que su trabajo era demandante.
Sin embargo, con la llegada de los niños, se sentía agotada y sola.
El peso de la familia recaía en ella, mientras Mark parecía cada vez más ausente.
Había llegado al punto en que ni siquiera lo veía en eventos familiares importantes, como el tercer cumpleaños de su hijo.
El sonido de la puerta principal la sacó de sus pensamientos. Mark había llegado a casa. Ella lo miró fríamente, y sin decirle una palabra, se levantó y se dirigió a la cocina. Dejó la copa de vino y, en silencio, se retiró a la habitación, sintiéndose cada vez más distante.
Mark la siguió a la habitación y, suspirando, comenzó a disculparse:
—Melissa, lo siento mucho por llegar tarde. Tuve una situación urgente en el trabajo que no pude evitar.
Melissa, evitando mirarlo, respondió con voz cansada y distante:
—Mark, no se trata solo de hoy. Casi nunca estás en casa, y los niños apenas te ven. Me siento sola y agotada con toda la responsabilidad de la casa y los niños, y no puedo seguir así.
Mark se acercó a la cama y la miró con pesar y culpa.
—Entiendo que te sientas así, y lo lamento mucho. Pero sabes lo importante que es mi trabajo. Prometo que intentaré pasar más tiempo contigo y los niños. No quiero que nuestra familia se desmorone. Haré lo que sea necesario.
Melissa, con lágrimas corriendo por sus mejillas, respondió con profunda tristeza:
—Las promesas ya no son suficientes, Mark. Necesito hechos, no solo palabras vacías. Nuestra relación se está deteriorando y siento que te estoy perdiendo.
Mark, dándose cuenta de que sus palabras eran insuficientes, se quedó en silencio con la cabeza gacha mientras Melissa cerraba los ojos y se daba la vuelta en la cama, poniendo una barrera invisible entre ellos. Las grietas en su relación se profundizaban cada día que pasaba.