1. Mark Jenkins
Hacía cinco años que Mark Jenkins había dejado atrás su carrera como inspector y se había mudado a Willowbrook, un pueblo tranquilo en las montañas de Vermont. Allí abrió una pequeña tienda que vendía productos orgánicos y artículos para el hogar. Su rutina se había vuelto monótona.
Todas las mañanas, después de llevar a sus hijos a la escuela, llegaba a abrir la tienda. Limpiaba, quitaba el polvo y rellenaba estantes, hasta que el sonido de la caja registradora marcaba el inicio de otro día igual.
Aquella mañana comenzó como de costumbre.
Mark notó como su móvil vibraba en el bolsillo delantero de su pantalón, lo sacó y vio una llamada entrante.
Al leer el nombre en la pantalla, le invadió una extraña sensación, una mezcla de nostalgia con una gota de felicidad.
Se quedó durante unos segundos mirando la llamada, dudando en si debía contestar o no.
Finalmente, el teléfono dejó de sonar, soltó un profundo suspiro y volvió a guardarlo en el bolsillo delantero de sus pantalones vaqueros.
Siguió con su trabajo, preparando la tienda para los clientes.
Pasó la mañana en su monótona rutina, atendiendo a los mismo clientes de siempre.
Se sentía a gusto con su nueva vida. Al mediodía se tomó un descanso para almorzar, se había traído un túper que se había preparado la noche anterior.
Fue a la trastienda donde tenía un pequeño despacho y donde había instalado un microondas para poder calentarse la comida.
Después de comer dedicaba unos minutos a cerrar los ojos e intentar descansar.
Antes de volver al trabajo revisó su teléfono y vio que tenía más de diez llamadas perdidas del mismo número.
Se preguntó si sería urgente, tentado de devolver la llamada.
Finalmente, marcó otro número que conocía de memoria.
Saltó el buzón de voz y la voz que escuchó le hizo detenerse: «¡Hola!
Soy Melissa, ahora estoy ocupada, pero si me dejas tu mensaje te llamaré enseguida».
Mark se quedó unos instantes escuchando esa voz que tanto extrañaba y que ahora solo podía oír al escuchar ese mensaje o en antiguos vídeos caseros. Colgó, pero la voz de Melissa resonaba en su mente, recordándole todo lo perdido.
Tras comer, volvió al trabajo. Su teléfono volvió a sonar y se preguntó por qué insistía tanto en hablarle después de tanto tiempo. Mientras consideraba si contestar, la voz de un cliente le sacó de sus pensamientos.
—Señor, ¿dónde están los productos de limpieza? —preguntó el cliente, mirando alrededor. Mark asintió y lo guio al pasillo de limpieza.
—Aquí están. ¿Necesita algo en especial? —dijo, señalando los estantes. Atendió al cliente unos minutos hasta que se fue.
De vuelta, Mark miró su teléfono con un suspiro. ¿Debería devolver la llamada después de tantos años sin contacto? Si insistía tanto, tal vez era importante. Pero no quería hablar con él, no después de la tragedia que golpeó su vida hace cinco años.
Antes de guardar el móvil, miró la hora. Faltaban pocos minutos para cerrar. Recorrió la tienda, ya no había clientes. Hizo caja, guardó el dinero en la caja fuerte de su oficina y apagó las luces antes de irse.
Paró el coche frente a su casa, pero en lugar de entrar, se dirigió a la casa de al lado. Se pasó las manos por el pelo en un intento de peinarse y se ajustó la ropa antes de tocar el timbre .
Enseguida la puerta se abrió y tras ella apareció Sarah, su amable vecina de cabello castaño y sonrisa cálida. Desde que se mudó, ella había sido su salvavidas, lo ayudaba con los niños, recogiéndolos de la escuela cuando él no podía y brindándole apoyo en la vida diaria.
—¡Mark! —exclamó Sarah con entusiasmo, su rostro estaba iluminado con una amplia sonrisa—. Los niños ya han cenado y se han portado muy bien, como siempre.
Mark asintió con gratitud, pero también con un dejo de culpa. Sabía que no podría haber sobrellevado la mudanza y la nueva vida sin la invaluable ayuda de Sarah.
—Gracias, Sarah. Sabes que tu ayuda es invaluable para mí. Siempre me sacas de apuros —respondió Mark con sincera gratitud, mirándola con aprecio.
Sarah le devolvió la mirada cálidamente mientras le invitaba a pasar y sentarse a cenar.
Pero justo en ese momento, el teléfono de Mark volvió a sonar, interrumpiendo la converssción.
La tensión regresó mientras Mark miraba la pantalla y veía el nombre de la llamada entrante, era la misma llamada insistente que había estado ignorando todo el día.
Continuó ignorándola, guardando el teléfono en su bolsillo, y aceptó la invitación de Sarah, sentándose a la mesa.
Después de la cena, Mark y los niños se despidieron de Sarah, agradeciéndole de nuevo por su ayuda.
—Gracias por cuidarlos, Sarah —dijo Mark con sincera gratitud mientras se inclinaba hacia ella para darle un abrazo.
—No hay por qué, siempre estoy aquí para ayudar.
Nos vemos pronto —respondió ella con una sonrisa amable mientras se dejaba abrazar y le depositaba un beso cariñoso en la mejilla a Mark.
Luego de acostar a los niños, Mark no pudo evitar pensar en el pasado con melancolía.
Miraba el nombre en la pantalla del móvil, esa llamada le había traído dolorosos recuerdos del pasado.
Un pasado que le recordaba lo ignorante que había sido con su familia.
Si les hubiera dedicado más tiempo a ellos y menos a su trabajo, tal vez las cosas habrían sido diferentes.
Tal vez Melissa seguiría a su lado. Se tumbó en su cama, en la que ahora dormía solo, recordando con nostalgia los momentos con ella, hasta que se quedó dormido.
A la mañana siguiente en la tienda, mientras atendía a los clientes, sonó la campana de la puerta y una voz familiar lo sacó
de sus pensamientos...
Al girarse hacia la entrada, Mark vio a un hombre que no esperaba volver a ver y mucho menos en su tienda, un rostro del pasado que lo dejó estupefacto.
—Mark... —murmuró el recién llegado.
Mark lo miró con incredulidad, como si no pudiera creer quién estaba frente a él.
—Turner, ¿qué haces aquí? —respondió Mark secamente, la sorpresa aún reflejada en su rostro.
Robert Turner miró a su antiguo compañero, sintiendo la tensión en el ambiente. Sin rodeos, comenzó a explicarle la situación.
—Mark, encontraron a Emily... —dijo Turner con la voz temblorosa que denotaba su nerviosismo.
—¿Qué? —le interrumpió sin haber terminado de procesar las palabras que acababa de pronunciar su antiguo compañero.
—Han encontrado a Emily Adams —repitió Turner—, ¿podemos hablar en un lugar más privado? —Mark lo condujo hasta el pequeño despacho de la trastienda.
—¿Han encontrado a Emily? ¿Dónde? —preguntó mientras se pasaba nervioso por el pequeño despacho.
—Está muerta. Encontraron lo que queda de ella en las cercanías del lago. Lo han clasificado como homicidio y han reabierto el caso —dijo Turner, consciente del impacto de la noticia.
Mark se dejó caer sobre la silla, conmocionado. Su rostro empezó a palidecerse.
—Necesitamos tu ayuda, Mark. Tú me ayudaste con este caso y se lo importante que fue para ti .
—Lo siento, Turner, pero yo ya no tengo nada que ver con eso
—respondió con firmeza. Turner, insatisfecho, insistió:
—Mark, sé tú situación, pero necesitamos tu ayuda. El caso de Emily siempre nos persiguió. Ahora que la encontraron, debemos resolverlo.
—Ya no soy policía, Robert. Ni quiero volver a serlo —replicó Mark tajantemente.
La tensión era palpable mientras Turner, con determinación en su expresión, no se daba por vencido.
—Mark, sé que has pasado por mucho, pero este caso nunca nos dejó. Y ahora, con la reapertura y cómo la encontraron...
—dejó las palabras en el aire, evitando mencionar los detalles escabrosos.
Mark asintió, pero su voz seguía firme y decidida:
—Robert, lo siento, mi vida cambió. Me alejé de todo eso, no puedo volver atrás. Se lo debo a mis hijos.
Turner lo miró con un atisbo de comprensión, pero también decepción. Sabía que convencer a Mark no sería fácil, pero estaba dispuesto a intentarlo.
—Entiendo tu postura, Mark, pero quiero que lo pienses. Por favor, solo tómate un tiempo para considerarlo. Este caso significa mucho para mí, y sé que también para ti. No puedo hacerlo solo —dijo Turner.
Mark no contestó.
Viendo que Mark no parecía dispuesto a involucrarse, Turner se dio media vuelta, resignado, y estuvo a punto de irse. Pero antes de llegar a la puerta, Mark rompió el silencio con voz quebrada:
—Créeme, Robert, no puedo hacerlo después de lo que pasó.
Sus ojos estaban vidriosos y llenos de dolor, como si cargara una tragedia insondable.
Turner se giró lentamente para enfrentar a su viejo amigo, con comprensión y tristeza en su mirada.
—Mark, no fue culpa tuya lo que pasó... — dijo en voz baja—
. Ambos lo llevamos mal, pero no puedes cargar con la culpa eternamente. No fue tu culpa, ¿lo entiendes? Hicimos todo lo que pudimos.
El silencio en la tienda se volvió incómodo. Mark parecía sumido en sus pensamientos y Turner sabía que había heridas sin cerrar.
—Lo sé, Robert, pero no puedo evitar pensar que pude haberlo evitado. Si la hubiera escuchado, si no me hubiera involucrado tanto en ese caso... Si hubiera cumplido la promesa de llevarlos de vacaciones, nada de esto habría pasado —dijo Mark con pesar.
Turner sintió el peso de sus palabras y entendió la carga en su corazón.
—Mark, no puedes culparte por lo ocurrido. Fue un caso difícil y ambos hicimos todo lo posible —dijo con sinceridad.
Mark asintió, pero la culpa seguía en su mirada.
—Sé que lo sientes así, Robert, pero no puedo evitarlo. Me fui para alejarme de los fantasmas del pasado y darles a mis hijos una vida tranquila.
Turner asintió, respetando su decisión, pero sin renunciar.
—Piénsalo, Mark. Por Emily, por su familia. El caso se ha reabierto y necesitamos tu experiencia. Mark reflexionó un momento y finalmente miró a Turner con decisión.
—Está bien, Robert, lo pensaré.
Turner asintió agradecido y el ambiente se distendió. Intercambiaron datos antes de despedirse, con la esperanza de que Mark reconsiderara ayudarlos a resolver el caso que los atormentaba.
—Me hospedo en el Willowbrook Inn, en la calle Mapletreet. Si decides ayudarnos, estaré allí hasta mañana por la mañana — dijo Turner.
Mark asintió en respuesta y Turner se dirigió hacia la puerta de la tienda .
—Gracias por considerarlo, Mark. Nos vemos pronto —se despidió.
Y con esas palabras, Robert Turner abandonó la tienda, dejando a Mark sumido en sus pensamientos y ante la posibilidad de enfrentar un pasado que había intentado olvidar durante tanto tiempo.
Turner también cargaba con culpa en su interior, aunque no mencionaron detalles. La responsabilidad de lo ocurrido pesaba sobre ambos hombres, cada uno a su manera. La tristeza que compartían en ese momento no necesitaba más explicaciones.
Ahora Mark debía tomar una decisión difícil, volver a confrontar los fantasmas del pasado o seguir con la nueva vida que había construido.
Sea cual sea su elección, Turner respetaría su decisión.
Pero la esperanza de resolver el caso y encontrar justicia aún los unía en un vínculo que trascendía el tiempo y la distancia.