Isabella Martins
Isabella se despertó sobresaltada al escuchar el insistente sonido del teléfono en medio de la madrugada.
Aún no había amanecido, y la penumbra de su habitación la envolvía mientras luchaba por recuperar la lucidez en medio del sueño.
La voz de Robert Turner al otro lado de la línea la sacó de su sopor.
—Isabella, necesito que tomes el mando por un par de dias
—dijo Turner con una urgencia que la sorprendió. La desconcertante noticia la dejó completamente despierta en un instante.
—¿Qué? ¿Por qué? —preguntó Isabella, todavía aturdida y sin entender por qué su jefe se ausentaría en un momento tan crítico.
Turner le explicó brevemente que debía enfrentar un asunto personal imprevisto, pero no entró en detalles.
Isabella supo que, si él se iba, la responsabilidad del caso recaería sobre ella.
Era la hora de demostrar su valía como investigadora.
Tras la escueta llamada, Isabella luchó por volver a conciliar el sueño, pero el misterio y la responsabilidad la mantenían despierta.
Finalmente, se rindió, se levantó y comenzó su rutina.
Después de un baño y una taza de café que la ayudaron a recobrar la compostura, se dirigió al departamento de policía.
Fue la primera en llegar esa mañana, antes de que el sol asomara en el horizonte.
Aprovechó la tranquilidad del amanecer para estudiar detalladamente el informe sobre la desaparición de Emily de 2017, buscando pistas que pudieran haber pasado desapercibidas.
Releyó testimonios y registros, convencida de que cada línea escrita la acercaba a resolver ese enigmático caso.
Isabella enfocó su atención en la escena del crimen, o lo que quedaba de ella después de tantos años.
Cogió la carpeta que el forense les había dado el día anterior que contenía la información de la autopsia.
Dentro había dos informes con detalles explícitos sobre el cuerpo.
El primer informe incluía tres fotografías tomadas cuando desenterraron el cadáver de Emily.
La primera mostraba un brazo saliendo parcialmente de la tierra, como si esta se negara a liberar su macabra presa.
El brazo, en avanzado estado de descomposición, confirmaba que Emily había estado enterrada mucho tiempo.
El frío color cianótico de la piel contrastaba con el tono terroso de la tierra, creando una imagen inquietante.
En la segunda foto, el cuerpo de Emily ya estaba completamente desenterrado, yacía en el suelo, víctima de la cruel exposición. Su rostro desfigurado y su ropa hecha jirones mostraban los estragos del tiempo y la putrefacción. La imagen era desoladora y espeluznante a la vez.
Isabella sintió un escalofrío al imaginar el sufrimiento de Emily.
Estaba decidida a hacer justicia y encontrar a su asesino.
Siguió examinando el expediente con renovada determinación.
La tercera foto mostraba el cuerpo de Emily ya retirado, y los investigadores inspeccionando el lugar en busca de más pistas.
Se pasó horas leyendo y mirando esas fotografías, hasta que algo en ellas le llamó la atención: un pequeño detalle brillante junto al cadáver, un fragmento de algo que, a simple vista, parecía una piedra o roca cualquiera.
Al analizar más detalladamente la imagen, comenzó a sospechar que esa roca no podía estar allí, ninguna de las fotos del entorno mostraba una similar.
Decidió investigar a fondo y consultó diversas fuentes sobre los tipos de rocas de la zona, buscando coincidencias.
Ninguna encajaba con la misteriosa roca.
Siguió investigando otros tipos de piedra, hasta dar con una que parecía coincidir perfectamente: el mármol.
¿Qué hacía una piedra de mármol en esa zona? Se preguntó Isabella. Vermont era conocido por su mármol de alta calidad, pero las canteras estaban en otras áreas del estado, lejos de Lakeview .
Su intuición le decía que debía volver al lago. La presencia de lo que parecía mármol en la escena del crimen era una anomalía que no podía ignorar.
En el lugar donde hallaron a Emily, un pequeño claro rodeado de árboles, la tierra removida había perdido su cubierta vegetal. Las huellas de aquel día eran visibles en forma de surcos y hoyos. Un rincón ahora vacío había estado despejado para el trabajo forense.
Con cuidado, Isabella sacó los guantes de látex de la bolsa que los protegía para que no se contaminaran, se los puso y empezó a examinar la tierra cercana.
Cogía las piedras que se encontraba y las comparaba con la de la fotografía.
«Demasiado negra», «Demasiado rugosa», pensaba tras analizar cada una de ellas.
Como los equipos forenses ya habían terminado de analizar la zona, decidió que no habría problema en entrar dentro del hoyo raso en el que se había encontrado a Emily, Y allí, a pocos metros de profundidad, donde con anterioridad había estado el cráneo de la víctima, halló lo que buscaba: un fragmento semienterrado, con un patrón intrincado que brillaba tenuemente a la luz del día.
«Bingo», exclamó para sus adentros al comparar ese fragmento con la fotografía.
Isabella visualizó la piedra, intrigada.
Luego siguió analizando el lugar en busca de más pistas pasadas por alto.
Tras horas dando vueltas y examinando rocas sin encontrar otra semejante, salió del hoyo de donde desenterraron a Emily, convencida de que esa pieza de mármol era una pista crucial.
Sin lugar a duda, esta piedra no debería estar allí.
Su presencia planteaba preguntas intrigantes.
Fue a su coche a por una bolsa de evidencias y su móvil para fotografiar la posible pista.
De un salto volvió a estar dentro del hoyo, donde al escarbar se hizo evidente que no era una simple roca.
Cuando estuvo completamente desenterrada, se dio cuenta de que no era una piedra natural.
Era una pieza semicircular de mármol, pesada, claramente parte de una escultura de la que se había desprendido.
Estaba labrada con líneas elegantes y detalles finamente trabajados, ahora manchados por la tierra.
Isabella guardó la pieza como evidencia para analizarla luego. Con este hallazgo en su poder, se retiró convencida de que podría ser la clave para resolver el misterio tras la muerte de Emily.
Mientras regresaba pensaba sin descanso en el significado de este nuevo elemento.
Ya de noche, llegó al laboratorio forense con la pieza. Sabía que no podría esperar y golpeó la puerta con decisión. El doctor Morrison la atendió cuando se disponía a cerrar.
—Lamento molestarlo, pero encontré algo importante —dijo entregándole la bolsa—. ¿Podría echarle un vistazo rápido?
El doctor extrajo la pieza y la examinó.
—Necesitaré tiempo para un análisis detallado, pero revisaré lo que pueda ahora —dijo—. Confirmo que es mármol, con detalles tallados. Parece un fragmento de una escultura mayor. Mañana a primera hora tendré listo el informe.
Isabella asintió agradecida. Cualquier información sería útil.
Estaba ansiosa por saber si la pieza estaba relacionada con Emily.
Se despidió y dejó al doctor trabajar, confiando en que el análisis revelaría pistas cruciales.
Mientras caminaba a su coche, Isabella sacó su teléfono e intentó llamar a Turner para informarle sobre la pieza de mármol.
Pero él no respondió, así que dejó un mensaje:
«Creo que encontré algo. Llámame cuando leas esto».
Al llegar a su edificio, se encontró con su vecino Aiden sentado en el porche disfrutando una cerveza después del trabajo. Cuando la vio, le sonrió y levantó la botella en señal de saludo.
—¡Aiden! —saludó Isabella—. ¿Te importa un poco de compañía? —dijo sentándose junto a él. Era una noche preciosa, con el calor del verano en el ambiente y un cielo despejado lleno de estrellas sobre sus cabezas.
—¿Quieres una cerveza? —le ofreció Aiden, alcanzándole una botella .
Isabella sonrió mientras la aceptaba. Pasaron un par de horas compartiendo risas e historias hasta que finalmente se despidió para subir a su apartamento.
Sabía que le esperaba un largo camino, así que necesitaba recargar energías. Agradecida por un rato agradable que le permitió olvidar el caso de Emily, se dio una ducha relajante y se dejó caer rendida en la cama.