Antes de que desapareciera (Secretos tras la puerta 3) CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

La policía registró el domicilio y el despacho de Víctor el lunes.

Intervinieron dos ordenadores, un teléfono antiguo, documentación de Costa Sur y varias carpetas que relacionaban certificaciones de obra con sociedades vinculadas. En uno de los equipos aparecieron correos con Jorge sobre importes, fechas y códigos temporales.

No había mensajes en los que alguien escribiera «vamos a robar un millón y medio».

Eran mucho más prosaicos: «mueve esto al cierre siguiente», «utiliza el expediente de J.A.

», «necesitamos validar antes del viernes», «habla con sistemas».

Colocados junto a las operaciones reales, empezaban a ser difíciles de explicar como simples atajos administrativos.

Víctor reconoció haber coordinado parte del seguimiento de Jaime.

Según Beatriz, afirmaba que Jorge conocía los informes y que había pedido información sobre mí después de descubrir que Jaime hablaba con ella.

Negó haber enviado el sobre y negó la llamada de amenaza.

Sobre esos hechos, Benítez seguía sin cerrar nada.

—¿Y el fraude? —pregunté.

—Está reconociendo operaciones concretas y atribuyendo decisiones superiores a Salas —dijo Beatriz—. Su abogado intenta separar qué hizo él, qué ejecutó por encargo y qué afirma no conocer.

Jaime estaba conmigo en el estudio cuando recibí la llamada. Había venido a ayudarme a mover fondos y, después, hablaríamos de Barcelona. Durante los últimos días buscábamos tareas prácticas porque las conversaciones importantes cansaban demasiado para ocuparlo todo.

—Entonces era real —dijo al saber lo de los correos.

—Sí.

—Ya lo sabíamos.

—Lo sospechabais. No es lo mismo.

Se quedó mirando el suelo.

—En Rincón hubo momentos en los que pensé que había construido todo a partir de errores. Que Jorge tenía razón y yo veía patrones porque necesitaba justificar lo que había hecho.

—Desaparecer.

—Sí.

—¿Pensabas volver si descubrías que estabas equivocado?

Tardó.

—No sabía cómo.

Aquella respuesta me pareció desagradablemente honesta.

—Ayer ya te dije por teléfono que voy a Barcelona —dije—. Hoy quiero explicarte qué significa para mí. No quiero que tengamos la misma conversación otra vez dentro de dos meses porque ninguno preguntó lo suficiente.

Nos sentamos en el suelo, apoyados en cajas distintas.

Le conté las fechas, la duración, lo que todavía no sabía sobre alojamiento y trabajo, la posibilidad de volver algunos fines de semana y el hecho de que quizá no quisiera hacerlo todos.

Jaime escuchó sin convertir cada detalle en una pregunta sobre nosotros.

—¿Por qué no me lo contaste cuando la solicitaste? —preguntó al final.

—Porque tenía miedo de que empezáramos a discutir sobre seis meses que quizá no existían. Pensé que era más sencillo esperar a saber si había algo que decidir.

—Eso suena bastante a decidir por mí qué información podía manejar.

Me dolió porque era exacto.

—Sí.

—No lo digo para comparar una residencia con lo que hice yo.

—Ya.

—Solo porque ahora entiendo por qué la fotografía me hizo daño.

—Y yo entiendo que podías haberme preguntado.

—Sí.

—Y no lo hiciste.

—Sí.

La conversación no arregló nuestra relación. Hizo algo más modesto y quizá más útil: dejó de convertirla en un juicio donde uno tenía que salir absuelto.

Jaime me contó que había alquilado un estudio pequeño durante tres meses. No quería volver al piso como si los diez días no hubieran existido y yo tampoco estaba preparada para que lo hiciera. Se llevaría ropa y algunos libros. El resto podía esperar.

—¿Eso significa que estamos separados? —preguntó.

Pensé unos segundos.

—Significa que vives en otro sitio.

—Muy fotográfico. Solo describes lo que se ve.

—Estoy aprendiendo.

Se rió. Después hablamos de Madrid. Jaime había decidido volver a declarar el episodio completo aunque no se lo pidieran: qué firmó, cuánto tardó en reaccionar, qué sabía y qué no.

No porque creyera que aquello lo beneficiaría necesariamente, sino porque estaba cansado de esperar a ver qué versión utilizaban otros.

—Si hay algo que me perjudica, prefiero decirlo yo antes —dijo.

No le respondí que estaba orgullosa. La palabra me habría colocado en una posición que no quería ocupar.

—Me parece bien.

A media tarde llegó un mensaje de un periodista con una pregunta sobre mi residencia. Me quedé helada un segundo. Después comprendí que la convocatoria ya había publicado los seleccionados. No había otra vigilancia detrás. El mundo también podía enterarse de cosas por vías normales.

—¿Ves? —dijo Nerea cuando se lo conté—. No todo es Rubén detrás de un contenedor.

—Nunca estuvo detrás de un contenedor.

—Déjame mejorar la historia.

Antes de recibir la suspensión, Jaime tuvo que asistir a una reunión formal con recursos humanos. Beatriz lo acompañó. Cuando salió me llamó desde la calle, no para contarme detalles, sino porque necesitaba hablar con alguien que no estuviera tomando notas.

—Han dicho que lamentan la situación —dijo.

—Frase corporativa número uno.

—También que valoran mis años de servicio.

—Número dos.

—Y que esto no prejuzga el resultado de ninguna investigación.

—Bingo.

Se rió, pero duró poco.

—He pasado años queriendo que ese trabajo demostrara que Madrid no me definía. Ahora parece que necesito otra empresa para demostrar que Nácar tampoco.

—O puedes dejar de pedirle a una empresa que te absuelva de la anterior.

Guardó silencio.

—Eso ha sonado a psicóloga.

—No cobro.

—Se nota.

La conversación terminó con una pregunta nueva: qué quería hacer si quedaba libre para elegir. Jaime no supo responder. Me pareció una buena señal. Durante años habría convertido la incertidumbre en una lista de opciones antes de colgar.

La situación laboral de Jaime empeoró antes de aclararse. Nácar lo suspendió formalmente de empleo mientras duraran las investigaciones internas y la denuncia por extracción de datos. El sueldo quedó sujeto a lo que decidieran los abogados y él recibió la notificación en casa de Mónica.

—Era esperable —dijo Beatriz.

—Eso no lo hace menos humillante —respondió Jaime.

Lo acompañé a recoger una caja con objetos personales bajo supervisión de recursos humanos. No entré en la planta; esperé en un café de la esquina. Cuando salió llevaba una taza, dos libros, una planta medio muerta y una fotografía nuestra de hacía años que yo no recordaba que tuviera allí.

—¿Eso estaba en tu mesa? —pregunté.

—En un cajón.

—Pensaba que no eras de poner fotos en el trabajo.

—Por eso estaba en un cajón.

La respuesta era tan Jaime que me dolió.

—¿Quieres venir a casa? —pregunté.

Se quedó quieto.

—¿A cuál?

La pregunta nos obligó a reconocer la situación. Mi piso seguía siendo también suyo legalmente, pero él ya había firmado el alquiler del estudio pequeño.

—Al piso —aclaré—. A por más cosas, si quieres.

—Mañana. Hoy no.

No pregunté por qué. A veces posponer algo podía ser simplemente posponerlo, no ocultarlo.

El caso empezaba a salir de nuestra vida privada y entrar en la pública.

Los medios hablaban de «trama de rehabilitaciones», de «directivos investigados» y de «empleado denunciante», aunque Jaime todavía no tenía un estatus tan limpio como sugerían algunos titulares.

Beatriz insistió en que no habláramos con nadie.

—Ni siquiera cuando os favorezca —dijo—. Una versión amable también puede simplificar demasiado.

Aquella tarde Sergio llamó a Jaime. Yo estaba delante y le oí pedir perdón por no haber detectado antes cosas extrañas.

—No era tu trabajo vigilar a todo el mundo —respondió Jaime.

—Pero yo veía a Víctor entrar, veía códigos temporales, veía a Jorge…

—Y parecían normales.

La palabra volvió a aparecer. Cuando colgó, Jaime se quedó mirando el móvil.

—Yo también habría pensado que era normal —dijo.

—Lo pensaste.

—Sí.

Dos días después Benítez me llamó. Jorge estaba citado para el jueves y la fiscalía había autorizado nuevas actuaciones.

—¿Lo van a detener?

—Si ocurre algo que pueda contarle, se lo contaré.

—No has cambiado nada.

—Eso intento.

Antes de marcharse del estudio, Jaime se detuvo junto a la puerta.

—¿Puedo preguntarte una cosa de Barcelona?

—Sí.

—¿Quieres que vaya a verte alguna vez?

La pregunta era tan sencilla que me emocionó.

—Sí. Si nos apetece a los dos cuando llegue el momento.

—Vale.

—No preguntes qué significa.

—No iba a hacerlo.

—Mentira.

—Estoy progresando, no haciendo milagros.

Sonreí. Aquella noche preparé una caja con cosas para Barcelona. Por primera vez desde que empezó todo, una caja servía para irme sin desaparecer.