Antes de que desapareciera (Secretos tras la puerta 3) CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

La comprobación llegó al día siguiente.

Rubén conservaba una copia automática del correo con el que había entregado el informe sobre mi reunión en Barcelona.

Figuraban el nombre completo de Clara Montseny, su cargo, la matrícula del coche que había alquilado y una nota: «Posible traslado de la pareja.

Mantener seguimiento discreto». El destinatario formal era Esteban Pardo, de Litoral.

En otro correo, Esteban reenviaba un resumen a Víctor Quesada.

Lo que seguía faltando era Jorge.

Dos horas después, Víctor pidió declarar de nuevo con abogado. Benítez no me contó qué había dicho, pero Beatriz recibió suficiente información para asegurar que la estrategia de defensa había cambiado.

—No significa que vaya a entregar a Jorge —advirtió—. Puede estar intentando separar sus decisiones de las de él.

—Puede estar haciendo las dos cosas.

Beatriz levantó una ceja.

—Definitivamente pasas demasiado tiempo con la inspectora.

La investigación dejó de depender de mis fotografías.

Aquello debería haberme aliviado, pero durante unas horas me sentí inútil, como si llevar semanas mirando hubiera creado una obligación absurda de seguir encontrando cosas.

Nerea me obligó a retirar el resto de copias de la pared.

Guardamos la carpeta en un armario y colocamos de nuevo un fondo gris delante.

—Tu estudio vuelve a parecer un estudio —dijo.

—Hasta que venga otro desaparecido.

—No hagas bromas que puedan convertirse en una serie.

La frase me hizo reír más de lo que merecía. A media tarde llamó Clara.

Supe lo que iba a decir antes de que terminara de saludar.

—Ya hay resolución.

Me senté.

—¿Y?

—Te han seleccionado. La residencia empieza en seis semanas.

Había imaginado aquel momento muchas veces. En todas gritaba, llamaba a Nerea, abría una botella y después pensaba cómo contárselo a Jaime. En realidad me quedé mirando una caja de cables junto a la mesa.

—Gracias.

—No tienes que confirmar hoy. Te enviamos las condiciones y tienes unos días.

—Voy a aceptar.

La respuesta salió antes de que pudiera analizarla. Clara se rió.

—Entonces me ahorras un correo complicado.

Cuando colgué llamé a Nerea. Gritó tanto que tuve que apartar el teléfono.

—¿Vas a ir de verdad?

—Sí.

—Eso ha sonado peligrosamente decidido.

—Creo que lo estaba desde antes. Solo no quería decirlo en voz alta.

Apareció media hora después con pasteles y una botella de refresco.

Celebramos en el suelo del estudio, donde durante semanas habíamos comido rodeadas de fotografías de gente que no sabía que estaba siendo fotografiada.

Hablamos de alquileres, clientes, de quién podía cubrir encargos en Málaga y de si tenía sentido llevarme dos cuerpos de cámara o uno.

Durante casi una hora no mencionamos a Jaime.

—¿Se lo vas a contar hoy? —preguntó Nerea al final.

Miré el teléfono.

—Sí.

Lo llamé. No respondió a la primera. Diez minutos después devolvió la llamada desde casa de Mónica.

—¿Pasa algo?

—Me han dado la residencia.

El silencio duró tan poco que casi no existió.

—Joder, Paula. Enhorabuena.

La alegría apareció limpia en su voz y eso me emocionó más de lo que esperaba.

—Voy a ir.

—Vale.

Esperé el resto. No llegó.

—¿Solo vale?

—Estoy practicando no decidir qué significa para nosotros antes de que tú me lo digas.

Me eché a reír.

—Eso suena ensayado.

—Un poco.

—Mañana quiero hablarlo en persona.

—Cuando quieras.

—Y no me digas que debería ir.

—No pensaba hacerlo.

—Mentiroso. Lo estás pensando.

—Estoy pensando que te alegra. Lo demás intentaré preguntarlo.

Aquello era suficiente para esa noche.

Contárselo a Mónica fue más raro de lo que esperaba. No porque tuviera derecho a opinar, sino porque durante años había formado parte del paisaje familiar de Jaime y yo. La llamé al día siguiente y, antes de terminar la frase, ya me estaba felicitando.

—Vas a ir, ¿no? —preguntó.

—Sí.

—Bien.

—No preguntes qué significa para tu hermano.

—No pensaba hacerlo.

—Mentira.

—Pensaba hacerlo, pero estoy intentando aprender de vuestros desastres.

Nos reímos. Después Mónica se puso seria.

—Paula, si al final no seguís juntos, no quiero que pienses que desapareces de nuestra vida como si nunca hubieras estado.

La frase me pilló desprevenida.

—Todavía no sabemos qué va a pasar.

—Precisamente. No estoy cerrando nada. Solo digo que ocho años no se borran porque cambie una relación.

Me emocionó más de lo que quise admitir. Durante la desaparición había visto a Mónica como la hermana que protegía secretos. Ahora era también alguien que había pasado el mismo miedo desde otro lugar.

—Gracias —dije.

—No te acostumbres. Sigo pensando que ocultar Barcelona fue bastante absurdo.

—Ahí estás otra vez.

—Equilibrio familiar.

Después de colgar abrí el correo de Clara y leí las condiciones completas. Seis meses. Un proyecto documental propio, tutorías, acceso a archivo, una ayuda económica modesta y la obligación de estar en Barcelona la mayor parte del tiempo. La cifra de meses dejó de ser una abstracción.

Al volver a casa, la parte práctica de Barcelona dejó de parecer emocionante.

Abrí el armario y pensé qué ropa necesitaría seis meses, cuánto espacio podía dejar libre y qué ocurriría con las cosas de Jaime que todavía seguían allí.

Habíamos hablado del estudio que había alquilado, pero no de quién pagaría qué parte del piso durante mi ausencia ni de si tenía sentido conservarlo exactamente igual.

Durante ocho años aquellas decisiones se habían resuelto casi siempre con una frase rápida y una transferencia compartida.

Ahora cada una parecía tener una segunda capa.

Preguntar si quería llevarse sus libros podía sonar a ruptura.

Dejar su ropa podía parecer una promesa.

Descubrí que incluso los objetos empezaban a exigir matices.

Llamé a Jaime antes de que mi cabeza convirtiera el armario en otra fotografía.

—Necesito hablar de cosas aburridas —dije.

—Mi especialidad.

—El piso. Los gastos. Tus cosas. Barcelona.

Hubo una pausa.

—Vale.

—No quiero que interpretemos cada decisión logística como una declaración sobre nosotros.

—De acuerdo.

—Si te llevas la mitad de los libros no significa que estemos rompiendo. Si los dejas tampoco significa que vayas a volver.

—Eso va a ser difícil de explicar a las novelas.

Me reí.

Quedamos en hacer una lista únicamente de gastos y objetos, sin añadir una columna titulada qué significa esto para nuestra relación.

Jaime propuso pagar su parte del alquiler hasta que yo regresara o hasta que decidiéramos otra cosa.

Yo dije que revisaría qué necesitaba realmente mantener.

Ninguno intentó resolver seis meses en diez minutos.

Cuando colgué, el armario seguía igual. Esta vez no me pareció un mensaje. Solo un armario que tendríamos que ordenar.

Durante semanas había ocultado una posibilidad porque temía que hablar la volviera real. Ahora era real precisamente porque la había elegido.

Clara volvió a llamarme al caer la tarde, esta vez para hablar del proyecto que quería desarrollar durante la residencia.

Hasta entonces todas nuestras conversaciones habían girado alrededor de fechas, plazas y documentación.

Me preguntó qué quería fotografiar durante seis meses. No supe responder de inmediato.

—Antes tenía una idea bastante clara —dije—. Memoria familiar y transformación urbana. Ahora cada vez que pienso en hacer algo sobre mirar, archivos o vigilancia me entran ganas de tirar la cámara al mar.

Clara se rió.

—Entonces no lo hagas.

—Pensaba que ibas a decirme que aprovechara lo que he vivido.

—No todo lo que te ocurre tiene que convertirse en trabajo.

Aquella frase me alivió. Había pasado un mes transformando la vida en material: mensajes, fotografías, horarios, llamadas. La residencia podía ser precisamente lo contrario.

—Quiero llegar y mirar otra cosa —dije.

—Eso ya es una dirección.

Después de colgar abrí una carpeta antigua con fotografías de Málaga que no tenían a Jaime, ni a Rubén, ni a Jorge al fondo.

Mercados al amanecer, edificios a medio rehabilitar, mujeres esperando el autobús, niños saliendo de un colegio.

Recordé que la cámara existía antes de la investigación y seguiría existiendo después.

La sensación fue parecida a abrir una ventana.

A última hora Benítez escribió: «Víctor ha aportado documentación relevante. En los próximos días habrá actuaciones. No contacte con Salas.» No pregunté cuáles.

Esa noche dormí siete horas seguidas, algo que no conseguía desde que Jaime desapareció.

Por la mañana encontré un mensaje suyo enviado a las 23:14.

«No sé qué somos cuando te vayas. Mañana te lo pregunto en vez de inventármelo.»

No respondí de inmediato. Sonreí antes de levantarme.