CAPÍTULO 31
Jorge llegó puntual. Yo había elegido una mesa desde la que podía ver la puerta y el ascensor.
Nerea estaba en la planta baja fingiendo trabajar y Benítez conocía la ubicación exacta.
El teléfono grababa dentro de mi bolso, no porque creyera que Jorge fuera a confesar un fraude entre dos cafés, sino porque ya había aprendido cuánto podía cambiar una conversación cuando solo quedaba la memoria de quienes participaron.
Se quitó la chaqueta, pidió agua y me observó durante unos segundos.
—No entiendo en qué momento empezaste a verme como un enemigo.
—No he venido a hablar de sentimientos.
—Yo tampoco. He venido porque Jaime te está arrastrando a su versión y creo que mereces saber lo que puede pasar.
El tono era el de siempre: sereno, razonable, casi protector. Durante semanas había conseguido que cada sospecha mía pareciera una reacción emocional a la desaparición. Aquella vez no intenté desmontar cada frase.
Jorge habló de las descargas de Jaime, de la denuncia de Nácar y de los pagos validados con sus credenciales. Admitió que existían proveedores problemáticos y controles deficientes. Negó un sistema organizado de fraude.
—Jaime encontró errores reales —dijo—. El problema es que necesitaba convertirlos en una explicación total. Ya le pasó en Madrid.
—En Madrid había fraude.
—Y él participó antes de denunciar.
—Las dos cosas pueden ser verdad.
Jorge sonrió apenas.
—Esa frase te la ha enseñado alguien.
—La vida últimamente.
Dejó el vaso.
—No estoy diciendo que Jaime sea responsable de todo. Digo que ha tomado decisiones que ahora necesita justificar. Robó información, desapareció y te mantuvo diez días sin saber si estaba vivo.
La lista era cierta. No aparté la mirada.
—Eso también lo sé.
—Entonces entiende por qué me preocupa que conviertas cualquier error mío en una conspiración para salvarlo.
—¿Fuiste a Torrox para salvarlo?
—Fui porque me llamó.
—¿Qué teléfono le quitaste?
La pregunta lo sorprendió. Apenas un parpadeo.
—No le quité ningún teléfono.
—Jaime dice que se lo devolviste antes de irte.
Era una imprecisión deliberada. Jaime había contado que, durante la discusión, Jorge cogió el móvil de la encimera cuando vio que intentaba grabarlo y lo dejó después sobre la mesa. Jorge frunció el ceño.
—Lo puso a grabar. Cogí el teléfono, apagué la grabación y lo dejé donde estaba. No me llevé nada.
No había confesado una amenaza. Sí acababa de describir un detalle que yo no había mencionado nunca.
—¿Por qué quería grabarte?
—Porque estaba obsesionado.
—¿Qué le dijiste?
—Que estaba cometiendo un error enorme.
—¿Madrid?
—Le recordé que su historial no iba a ayudarlo si acusaba a la empresa sin pruebas.
—¿Barcelona?
La mandíbula se le tensó.
—Paula, lo de Barcelona no tiene nada que ver conmigo.
—Entonces ¿cómo lo supiste?
—No lo sabía.
—Jaime dice que le enseñaste una foto.
—Jaime estaba paranoico.
—Rubén fotografió mi reunión.
—Eso ya me lo has contado.
—No te he dicho con quién me reuní.
Jorge se quedó quieto un instante.
—Con alguien de la residencia —dijo.
—¿Cómo sabes que era de la residencia?
—Porque llevas semanas hablando de Barcelona.
—Te lo conté después de que Jaime desapareciera.
La primera grieta apareció en su expresión. Miró hacia la cristalera y luego volvió a mí.
—Jaime podía habérmelo dicho.
—Acabas de decir que estaba paranoico y que no sabías nada.
—Estoy reconstruyendo conversaciones de hace semanas.
No lo presioné. Benítez me había pedido precisamente eso: no convertir cada contradicción en una acusación inmediata.
Jorge cambió de tema y habló de los tokens, de la irresponsabilidad de Jaime al dejarlos en cajones y de los códigos temporales que cualquier auditoría normal podía explicar. Después cometió el segundo error.
—Lo que no puedes hacer —dijo— es convertir una reunión con Clara Montseny en una prueba de que alguien quería destruir vuestra relación.
Sentí una descarga de adrenalina y mantuve la cara quieta.
—¿Quién es Clara Montseny?
Jorge me miró. El silencio duró demasiado.
—La mujer de Barcelona.
—Yo nunca te he dicho su apellido.
A partir de ahí dejó de dirigir la conversación. Buscó explicaciones: LinkedIn, comentarios de Jaime, información pública sobre la convocatoria. Cuantas más ofrecía, más evidente era que ninguna había sido su primera respuesta.
—Rubén la identificó en su informe —dije.
Jorge apoyó ambas manos sobre la mesa.
—No sé qué informe has visto.
—Yo no he dicho que haya visto ninguno.
Se inclinó hacia mí.
—Esto es una encerrona.
—Es una conversación que tú pediste.
—¿Está grabando la policía?
—Estoy grabando yo.
No tenía sentido ocultarlo ya. Jorge recogió la chaqueta, pero no se levantó todavía.
—Ten cuidado, Paula. Jaime ha mentido, ha robado información y ha desaparecido diez días. Si conviertes todo lo que hizo en una historia donde él es el héroe, vas a descubrir tarde que también te ha utilizado.
Una semana antes habría necesitado defender a Jaime. Aquella vez no.
—No creo que sea un héroe.
Jorge se detuvo.
—Entonces todavía estás a tiempo.
—¿De qué?
No respondió. Se marchó. Esperé treinta segundos antes de llamar a Benítez. Nerea apareció por el ascensor casi al mismo tiempo.
—¿Estás bien?
—Sí.
Era verdad. Tenía las manos frías, pero no sentía que hubiera sobrevivido a una amenaza. Sentía que, por fin, había escuchado a Jorge sin necesitar que una sola frase resolviera todo.
En el coche reproducimos únicamente el fragmento de Clara. Nerea me miró.
—Ese se ha metido solo.
—Ha dicho una cosa que no debía saber.
—Eso es exactamente meterse solo.
Entregué el archivo esa misma tarde. Benítez lo escuchó dos veces. En la segunda detuvo el audio después de «Clara Montseny» y anotó la hora.
—Esto no prueba que Salas recibiera el informe de Gálvez —dijo.
—Ya sabía que ibas a decirlo.
—Pero nos da un dato concreto para contrastar con correos, reenvíos y declaraciones.
—Eso ha sonado casi optimista.
—No se acostumbre.
En comisaría, Benítez pidió también el registro completo de la grabación, no solo el fragmento de Clara.
La escuchamos desde el principio. Oírme desde fuera fue incómodo.
En algunos momentos mi voz sonaba más dura de lo que recordaba; en otros, demasiado dispuesta a aceptar la explicación siguiente.
—¿Te das cuenta? —dije cuando Jorge enumeró las mentiras de Jaime—. No hay una sola frase falsa.
—Eso no significa que el conjunto sea neutral —respondió Benítez.
—Exacto.
La inspectora señaló una hoja donde había ido anotando referencias verificables.
El teléfono de Torrox. El conocimiento de Barcelona.
La forma en que Jorge atribuía a Jaime decisiones que solo podían conocerse por documentación interna.
Nada de aquello sustituía los correos ni los registros; servía para orientar dónde mirar.
—La conversación es útil porque él habla como si conociera algunos hechos por vías que niega haber tenido —dijo—. No porque parezca culpable.
—Nunca te dejas una frase emocionante.
—Para eso están los periodistas.
Al salir de la comisaría sentí un cansancio extraño. Durante días había imaginado que enfrentarme a Jorge produciría una especie de liberación. En realidad solo había generado más trabajo para otras personas.
Quizá así era como debía ser. La verdad no necesitaba que yo ganara una conversación.
Jaime me llamó cuando salí de comisaría.
—¿Cómo ha ido?
—Ha dicho el apellido de Clara sin que yo se lo diera.
Silencio.
—Entonces lo vio.
—O alguien se lo contó. No voy a saltarme a Benítez ahora.
—Mira quién habla como ella.
—No abuses.
Me preguntó si quería que viniera. Dije que no. No porque estuviera enfadada, sino porque necesitaba estar sola después de una conversación que, durante semanas, había imaginado como un clímax.
No había explosiones, ni confesión, ni policía entrando en el hotel.
Solo un hombre que sabía demasiado y una grabación que permitía comprobar de dónde podía haberlo sabido.
Esa noche entendí que la verdad, casi siempre, avanzaba peor en las novelas que en la vida real.
Y eso la hacía mucho más difícil de manipular.