CAPÍTULO 30
Víctor volvió a declarar el miércoles y empezó a recordar cosas.
No confesó el fraude ni señaló a Jorge de manera directa.
Su abogado aportó documentación sobre Áurea, contratos con Litoral y varios servicios que, según ellos, se habían encargado por motivos legítimos de seguridad corporativa.
El problema era que algunos informes de Rubén no hablaban solo de Jaime.
Hablaban de mí, de Barcelona y de horarios que no tenían ninguna relación evidente con una filtración de documentos.
—¿Quién pidió seguirme? —pregunté.
Benítez estaba en el estudio porque había venido a recoger una copia de varios mensajes de Jaime.
—Quesada dice que recibía instrucciones generales y que Litoral concretaba el trabajo.
—Rubén dice lo contrario.
—Por eso tenemos teléfonos, correos y facturas.
—¿Y Jorge?
—Su abogado ha comunicado que cualquier nueva pregunta debe hacerse formalmente.
—Ha dejado de hablar.
—Ha empezado a medir mejor cuándo habla.
A las ocho y diez de esa tarde Nerea, que trabajaba en la mesa grande, levantó la cabeza hacia la ventana.
—No te gires de golpe.
Naturalmente me giré. Jorge estaba sentado en la terraza de una cafetería al otro lado de la calle.
Vaqueros, camisa clara, la chaqueta doblada sobre el respaldo.
Miraba el móvil. Podía haber estado allí por cualquiera de los negocios de la zona.
El problema era que, cuando levantó la cabeza, miró directamente a mi ventana. Mi primera reacción fue bajar.
La segunda fue llamar a Benítez.
—Bien —dijo cuando le expliqué dónde estaba.
—Cada vez usas peor esa palabra.
—No salga. Una patrulla pasará por la zona sin acercarse. Si se marcha, no lo siga.
—Ya no persigo gente por la calle.
—Me emociona su evolución.
Mientras lo observaba desde la ventana recordé las veces que había estado en nuestra casa.
Una cena de empresa convertida en sobremesa, otra noche en que arregló la bisagra de un armario y se rió de que Jaime no tuviera herramientas.
Lo peligroso no era descubrir de pronto a un desconocido amenazante.
Era reorganizar recuerdos en los que alguien había sido amable y preguntarte si esa amabilidad había tenido siempre otra intención.
Me obligué a no hacerlo. Jorge podía haber sido generoso entonces y estar haciendo algo distinto ahora. Convertir toda su historia en una máscara sería otra forma de simplificar.
—¿En qué piensas? —preguntó Nerea.
—En que cenó en mi casa.
—Eso no demuestra nada.
—Ya.
—Pero fastidia.
—Mucho.
Agradecí que no intentara transformar el fastidio en una prueba. Durante aquellas semanas había aprendido que la compañía útil no era la que confirmaba cada miedo, sino la que te permitía tenerlo sin convertirlo automáticamente en verdad.
Jorge permaneció veinte minutos. Después cruzó la calle y llamó al timbre. Nerea se puso en pie.
—Ni de coña.
—No voy a abrir.
El timbre sonó otra vez. Un minuto después llegó un mensaje.
«Necesito hablar contigo sin abogados ni policías. Cinco minutos.»
Se lo reenvié a Benítez.
—¿Quiere hablar con él? —preguntó la inspectora.
La pregunta me sorprendió.
—¿Me estás autorizando?
—No. Le pregunto qué quiere usted. Si decide hacerlo, prefiero saberlo y reducir riesgos.
Miré a Nerea. Durante semanas había actuado como si obtener una respuesta justificara cualquier impulso. Aquella vez la salida más sencilla era no abrir.
Escribí: «Hoy no. Si quieres hablar, será en un lugar público y sabiendo Benítez dónde estoy.»
La respuesta tardó menos de un minuto.
«Como quieras.»
Lo vimos alejarse. No sentí que hubiera perdido una oportunidad. Sentí que, esta vez, la oportunidad no decidía por mí.
Al día siguiente me reuní con Benítez y Beatriz. La inspectora no necesitaba que hablara con Jorge para avanzar la investigación. Eso fue lo primero que dejó claro.
—No vamos a utilizarla de cebo.
—Bien.
—Pero si usted desea escucharlo, puede hacerlo. Lo importante es que entienda que una conversación suya no sustituye una prueba y que no debe mentir sobre documentación bajo custodia ni provocarlo con información que pueda comprometer diligencias.
Beatriz añadió que podía grabar una conversación de la que yo formara parte y conservaría una copia inmediatamente después. No necesitábamos convertir el encuentro en una operación cinematográfica.
—Quiero saber por qué insiste en hablar conmigo —dije.
—Porque cree que todavía puede influir en cómo interpretas a Jaime —respondió Beatriz—. O porque quiere saber qué sabes. O las dos cosas.
—También puede ser que crea sinceramente que Jaime es culpable de parte de esto.
Benítez asintió.
—Exacto.
La reunión me daba menos miedo que reconocer que quería tenerla. Había pasado semanas escuchando a Jorge introducir versiones sobre Jaime y sobre mí. Una parte de mí necesitaba comprobar si, cuando ya no controlaba todos los datos, seguía siendo igual de convincente.
Hablé con Jaime antes de decidir.
Estábamos en una cafetería cerca de casa de Mónica. Cuando se lo conté, su primera reacción fue negativa.
—No quiero que estés sola con él.
Me quedé mirándolo.
—Acabas de hacerlo.
Tardó un segundo.
—Sí.
—Has decidido qué debo hacer.
—Sí. Perdón.
Esperé. Jaime bebió agua.
—Reformulo. Me da miedo que estés con él. Si quieres ir, dime qué necesitas de mí.
El cambio parecía pequeño. No lo era.
—Que no vengas. Si te ve, la conversación se acaba antes de empezar.
—Vale.
—Y que no conviertas mi decisión en una prueba de confianza.
—Eso me cuesta más, pero vale.
Nerea eligió el hotel. Cafetería de la primera planta, junto al puerto, con mesas separadas y salida visible. Ella estaría abajo con el portátil. Benítez sabría la ubicación y una patrulla permanecería en la zona sin acercarse.
—Quiero elegir la planta detrás de la que voy a fingir que trabajo —dijo Nerea.
—No hay plantas suficientemente grandes para ti.
—Hostil.
Beatriz insistió en que el objetivo de la reunión no podía ser conseguir una confesión.
Si entraba esperando una frase definitiva, corría el riesgo de empujar a Jorge hacia exactamente el terreno que mejor dominaba: elegir palabras, negar extremos y hacer que cualquier duda pareciera una acusación emocional.
—Escucha más de lo que preguntas —dijo.
—Eso es dificilísimo.
—Lo sé.
Benítez añadió otra condición: si Jorge quería marcharse, yo no debía impedirlo ni seguirlo. Si aparecía con otra persona, la reunión terminaba. Si mencionaba una amenaza concreta, no debía intentar negociar.
—¿Y si solo miente? —pregunté.
—Entonces deje que mienta. Las mentiras útiles son las que podemos comparar con hechos, no las que usted consigue desmontar en la mesa.
Aquella frase cambió mi preparación. En vez de escribir veinte preguntas, anoté cuatro hechos que él ya conocía: Torrox, Rubén, Barcelona y los códigos temporales. No añadí respuestas. Cerré la libreta.
Nerea me obligó a caminar hasta el hotel esa tarde para comprobar cuánto se tardaba desde el estudio y dónde estaban las salidas.
—Esto sí parece una película mala —dije.
—No. En una película mala llevarías un micrófono pegado al pecho y yo estaría en una furgoneta.
—No te pegaría nada al pecho.
—Gracias por el límite profesional.
Nos tomamos un café en la planta baja. Elegimos una mesa desde la que ella podía verme entrar y salir sin escuchar la conversación. No era vigilancia secreta. Yo sabía que estaría allí.
La diferencia importaba cada vez más.
Escribí a Jorge a las siete.
«Mañana. Seis de la tarde. Hotel Mirador, cafetería de la primera planta.»
Respondió casi de inmediato.
«Iré solo.»
No le había pedido que fuera solo. Guardé el mensaje.
Aquella noche preparé el teléfono para grabar y después lo apagué. No ensayé preguntas delante del espejo ni escribí una lista. Lo había hecho demasiadas veces con fotografías: decidir antes qué debía aparecer en el encuadre. Quería escuchar.
A la mañana siguiente trabajé hasta las cuatro. Entregué una sesión, respondí presupuestos y comí con Nerea. Jaime no llamó. A las cinco y media me mandó un único mensaje: «Si quieres marcharte en cualquier momento, márchate. No necesitas sacar nada de ahí.» Lo leí dos veces.
Era probablemente la primera vez desde que lo conocía que una frase suya sobre un problema no incluía una solución.
Guardé el móvil y salí hacia el hotel.