Antes de que desapareciera (Secretos tras la puerta 3) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

El registro de Nácar empezó el martes antes de que abrieran las oficinas.

Yo no vi entrar a la policía. A las ocho y veinte estaba en el estudio preparando una sesión y, a las nueve, ya circulaban en grupos de WhatsApp fotografías de coches oficiales frente al edificio.

Dos periodistas escribieron a mi cuenta profesional antes de que Benítez me llamara.

El primero preguntaba si Jaime «había colaborado con la trama».

El segundo quería saber si yo había descubierto el fraude gracias a mis fotografías. No contesté a ninguno.

Nerea apareció a las nueve y media con café y un rollo de cinta adhesiva porque había decidido que la pared de la investigación necesitaba volver a ser una pared.

Empezamos a retirar copias mientras yo esperaba noticias.

No tiré ninguna. Las guardamos en una carpeta grande: Rubén en Pedregalejo, el reflejo de Jaime y Beatriz, el Volvo, Víctor junto al coche, la entrada de María Zambrano.

—¿Te da pena desmontarlo? —preguntó.

—Me da miedo necesitarlo otra vez.

—Eso no es lo mismo.

—Ya.

La pared quedó blanca. Me sorprendió cuánto había llegado a ocupar la investigación físicamente dentro de mi trabajo.

Benítez llamó a media tarde. No podía contarme el contenido del registro con detalle, pero sí lo suficiente para entender que la escala había cambiado.

Habían intervenido ordenadores de dirección, copias de seguridad del departamento financiero, documentación de proveedores y los historiales completos de códigos temporales.

—¿Habéis encontrado algo? —pregunté.

—Cosas que hay que comprobar.

—Eso es una frase muy tuya.

—Y seguirá siéndolo.

Esta vez añadió más. En uno de los equipos habían localizado una carpeta de trabajo con listados de usuarios, periodos de vacaciones, teletrabajo, bajas y permisos de validación.

Parte de esa información existía legítimamente en recursos humanos.

Lo extraño era encontrarla reunida junto a expedientes financieros concretos.

—Elegían momentos en que la persona no estuviera —dije.

—Es una hipótesis fuerte.

—No has dicho puede.

—No abuse.

Jaime llegó acompañado por Beatriz. La noticia de la carpeta le afectó más que la boda de Toledo. Se quedó mirando la ventana y tardó en hablar.

—Entonces no era que hubieran robado mi identidad una vez —dijo—. Había un sistema.

—Eso parece —respondió Beatriz.

—Y mi forma de trabajar lo hacía perfecto. Reviso cientos de cosas. Nadie se sorprende de ver mi usuario.

—No eres responsable de que alguien explote un proceso diseñado para confiar en ciertas validaciones.

—Pero yo ayudé a mantener ese proceso.

Beatriz cerró la carpeta que llevaba.

—No conviertas cada defecto del sistema en una culpa moral. Ya tienes suficientes propias.

Jaime la miró y, contra todo pronóstico, sonrió.

Sergio llamó poco después. La policía había preguntado por la incidencia de los tokens de meses atrás. Recordaba que Jorge insistió en crear códigos temporales porque «no podían paralizar operaciones por una llave de plástico». La frase había parecido lógica entonces. Ahora sonaba distinta.

—¿Víctor aparecía en esas gestiones? —pregunté.

—En algunas, sí. Aunque ya no estaba contratado como empleado. Lo ponían como contacto técnico porque conocía la migración del sistema antiguo.

—¿Eso era normal?

—Normal… frecuente, al menos.

Otra palabra que había cambiado de significado.

Jaime preguntó qué ocurriría con su trabajo si se demostraba el fraude.

Beatriz no tenía una respuesta sencilla.

Nácar podía reorganizarse, vender activos, despedir gente o sobrevivir con otros responsables.

Incluso si quedaba fuera de sospecha, él no sabía si querría regresar a un lugar donde cada pasillo iba a recordarle quién había utilizado su nombre.

—Tengo treinta y seis años —dijo—. No debería parecerme el final del mundo cambiar de empresa.

—No te preocupa cambiar de empresa —respondí—. Te preocupa que cualquiera que mire tu currículo encuentre Madrid y ahora esto.

Jaime asintió.

—Dos empresas con fraude. Soy una marca excelente.

—Una de ellas todavía no ha terminado de investigarse.

—Eso mejora muchísimo el eslogan.

Desde que reapareció no habíamos hablado de un futuro que no estaba limitado a las siguientes veinticuatro horas.

Él no sabía dónde trabajaría. Yo podía estar seis meses fuera.

El piso seguía a nombre de los dos. Ninguna de esas preguntas tenía respuesta aquella tarde y, sin embargo, no intentamos resolverlas.

—Quizá eso sea nuevo —dije.

—¿Qué?

—Tener un problema y no abrir inmediatamente una hoja de cálculo.

—No exageres. Tengo una en la cabeza.

Me hizo reír. Después se quedó serio.

—Pero no voy a enseñártela si no me la pides.

—Eso ya es bastante.

Antes de la sesión recibí un mensaje de un antiguo compañero de Jaime al que apenas conocía.

No preguntaba por el fraude. Preguntaba si Jaime estaba bien.

Después llegaron otros dos, enviados a mi cuenta porque él había cambiado de número y mucha gente no sabía cómo localizarlo.

Los tres decían versiones distintas de la misma cosa: nadie sabía ya qué conversación de los últimos meses podía mirarse igual que antes.

Uno recordaba que Jorge había pedido revisar accesos un domingo. Otro que Víctor seguía apareciendo por la oficina aunque oficialmente ya no trabajara allí. El tercero se culpaba por haber bromeado con Jaime cuando empezó a preguntar por proveedores.

Se los reenvié a Beatriz sin responder. No quería que el caso se convirtiera en una recogida de recuerdos dirigidos. Después llamé a Jaime.

—Te están buscando compañeros.

—Lo sé. Tengo treinta y siete mensajes sin abrir.

—¿Por qué no contestas?

—Porque no sé qué decirles. Algunos siguen trabajando allí. Otros pueden estar declarando. Y no quiero que una conversación de amistad termine en un informe.

—Eso suena razonable.

—Me preocupa que me parezca razonable esconderme otra vez detrás de lo prudente.

La frase me hizo pensar. Había aprendido a desconfiar de su silencio, pero no todo silencio era una manipulación. También existía el derecho a no responder cuando todavía no sabías qué podías decir.

—Puedes mandar una frase —dije—. «Estoy bien. Gracias. Hablamos cuando pueda.»

—¿Eso es un consejo o una orden?

—Consejo.

—Lo aceptaré bajo protesta.

Media hora después me mandó una captura. Había enviado exactamente eso a varios compañeros. Una solución pequeña, insuficiente y normal. Empezaba a gustarme que algunas cosas fueran solo eso.

A las cinco tuve que trabajar. Una arquitecta venía para unos retratos y no podía seguir cancelando encargos.

Guardé el teléfono en un cajón y pasé cuarenta minutos intentando recordar que antes de todo aquello mi vida consistía en problemas como si una camisa gris funcionaba mejor que una azul delante de un fondo beige.

La mujer me dijo que odiaba las cámaras.

—Está a un metro de tu cara —le respondí—. Fingir que no existe suele ayudar.

—Consejo estupendo.

Me hizo reír. Durante la sesión miré varias veces hacia la ventana, esperando ver un coche conocido. No había ninguno. Aun así, descubrí que ya no me colocaba de espaldas a la puerta.

Después de que se marchara, Nerea volvió a entrar.

—Has hecho veinte fotos más de las necesarias.

—Estoy oxidada.

—Estás vigilando la calle entre disparos.

No lo negué. Por la noche cenamos en casa de Mónica. Ella había prohibido hablar del caso durante la comida. Lo consiguió nueve minutos.

—¿Vas a volver con Paula? —preguntó de repente a su hermano.

Jaime casi se atragantó.

—Mónica.

—Me habéis dicho que no hable del fraude. No habéis prohibido las otras catástrofes.

Me eché a reír. Jaime me miró como si esperara ayuda.

—No lo sé —respondió al final.

La respuesta me sorprendió porque era también la mía. Mónica señaló con el tenedor.

—Eso, por fin, es una respuesta razonable.

—Gracias por tu evaluación.

—Cobro menos que Beatriz.

Cuando salimos, Jaime caminó conmigo hasta el coche.

Durante los últimos días habíamos construido una relación provisional basada en preguntas concretas: ¿puedo entrar?

, ¿quieres que te acompañe?, ¿te molesta que llame?

Parecía ridículo necesitar permiso para cosas que durante ocho años habían sido automáticas, pero también resultaba extrañamente limpio.

—¿Quieres que siga yendo al estudio? —preguntó.

—Sí. No porque crea que hemos vuelto ni porque necesite vigilarte.

—Entendido.

—Y si no entiendes, preguntas.

—Entonces pregunto otra cosa: ¿quieres que hablemos de nosotros antes de que termine todo esto?

Pensé.

—Quiero que no utilicemos la investigación como excusa para no hablar. Pero tampoco quiero decidir nada porque hoy hayan registrado Nácar.

—Vale.

—Ese vale sí.

Benítez me escribió cuando llegué a casa: «Mañana hablaremos de Víctor. No contacte con nadie esta noche».

Sonreí ante la segunda frase. No llamé.

A la mañana siguiente supe que el registro también había encontrado validaciones asociadas a otros dos empleados en periodos imposibles. Uno estaba de baja. Otro, de vacaciones fuera de España. La estructura ya no dependía de que alguien creyera a Jaime.

Existía aunque él no hubiera desaparecido nunca.

Y eso, de alguna forma, lo hizo todo más grave.