CAPÍTULO 27
La lista de fechas convirtió mi archivo fotográfico en una especie de calendario involuntario de la vida de Jaime.
Hasta entonces había utilizado las imágenes para reconstruir la semana anterior a su desaparición: dónde estuvo, con quién, qué coche apareció detrás, qué rostro repetía el fondo.
Ahora necesitábamos algo mucho menos narrativo y más concreto: demostrar que, en determinados momentos, él no podía estar físicamente en la oficina desde la que su usuario había validado operaciones.
Benítez pidió que no trabajáramos solo con mis recuerdos. Cada fecha debía apoyarse, si era posible, en más de una fuente. La prudencia dejó de parecerme lentitud y empezó a parecerme arquitectura.
—No necesitamos que todas sean perfectas —dijo—. Necesitamos ver si existe un patrón.
Jaime se pasó una mano por la cara.
—Si usaban mi usuario desde antes, esto no empezó cuando investigué.
—Eso parece —dijo Beatriz.
—Entonces no me eligieron para incriminarme.
—Al principio quizá no. Podían estar repartiendo validaciones entre empleados que ya tocaban esos expedientes.
—Y cuando empecé a mirar, mi pasado les vino perfecto.
Nadie respondió porque la frase no necesitaba ayuda.
La policía comprobó otros usuarios. Dos empleados aparecían en operaciones dudosas durante ausencias verificables.
Uno llevaba seis meses de baja cuando se registró una validación con sus credenciales.
La trama empezaba a parecer menos diseñada contra Jaime y más instalada en la rutina de la empresa.
—Eso me da más miedo —dijo él.
—¿Por qué?
—Porque significa que no improvisaron conmigo. Llevaban tiempo haciendo esto.
Sergio aportó una pieza que encajaba con esa idea.
Meses atrás se produjo una incidencia con varios tokens físicos.
Algunos empleados estaban fuera y Jorge había pedido a sistemas que generaran códigos temporales para no paralizar operaciones.
El procedimiento existía y podía ser legítimo.
El problema era que demostraba una vía administrativa para validar sin tener delante la llave USB de Jaime.
—¿Quién aprobaba esos códigos? —pregunté.
—Dependía —dijo Sergio por teléfono—. Dirección financiera podía solicitar y sistemas ejecutaba.
—¿Jorge?
—Jorge firmó varias peticiones, sí.
Benítez consiguió el registro completo. En una de las fechas cuestionadas se había generado un código temporal asociado al usuario de Jaime. La solicitud figuraba aprobada por Jorge.
—Eso ya es algo —dije.
—Es algo —concedió la inspectora—. Falta saber quién lo utilizó y para qué operación.
—Te estás ablandando.
—No se acostumbre.
La amenaza telefónica quedó en segundo plano durante unas horas. No porque dejara de importar, sino porque la estructura de los pagos empezaba a producir hechos verificables. Era extraño sentir alivio ante una hoja de cálculo.
Por la tarde revisamos con Beatriz las doce fechas.
Algunas no conducían a nada. Jaime no recordaba qué hizo, yo no tenía fotografías y los registros externos eran insuficientes.
En otras aparecían coincidencias. No todas implicaban a Jorge.
En una, por ejemplo, él estaba de viaje.
La trama no podía reducirse a imaginarlo sentado personalmente delante de cada ordenador.
—Necesitaba gente —dije.
—O procedimientos —respondió Jaime—. Una vez tienes acceso a códigos, sesiones o documentos, no hace falta estar en todas partes.
—Víctor.
Jaime señaló varias operaciones vinculadas a Costa Sur.
—Víctor conocía sistemas, proveedores y obras. Cuando estaba en Nácar tenía acceso alto a operaciones. Después oficialmente no, pero seguía entrando.
—Eso también hay que demostrarlo —dijo Beatriz.
—Sí, mamá.
Ella lo miró.
—Si quieres que te defienda, no me obligues a matarte antes.
Jaime se rió de verdad desde su regreso. El sonido duró poco, pero cambió el aire de la habitación.
Revisar las fechas terminó contaminando recuerdos que no tenían ninguna culpa.
La comida de Córdoba dejó de ser durante unas horas el cumpleaños de Carmen y se convirtió en «operación del 3 de mayo».
La carrera popular ya no era la mañana en que Jaime se quejó durante diez kilómetros de que odiaba correr, sino un punto de geolocalización humana.
Empecé a resentir la facilidad con la que un caso absorbía lo cotidiano.
Nerea lo notó mientras seleccionábamos fotografías.
—No te cargues también los recuerdos —dijo.
—No los estoy cargando.
—Acabas de llamar a una foto de la madre de Jaime «evidencia de las 16:42».
Dejé el ratón. Tenía razón. Cerré la hoja de cálculo y abrí la imagen a pantalla completa. Carmen estaba inclinada sobre la tarta, riéndose porque Mónica había puesto una vela que no se apagaba. Jaime aparecía a un lado con un cuchillo en la mano.
—Ese día su madre se enfadó porque compramos nata en vez de trufa —dije.
—Mucho mejor.
—Jaime estuvo veinte minutos intentando arreglar una persiana.
—Eso es un recuerdo. Lo otro es una hora.
Guardé una copia para Benítez y cerré el archivo. No quería que la investigación se quedara también con todo lo que había ocurrido antes de ella.
Aquella noche escribí en una libreta dos columnas nuevas: «sirve como prueba» y «sigue siendo nuestra vida». Era una división artificial, pero me ayudó a recordar que una misma fotografía podía pertenecer a las dos.
La fecha más fuerte seguía siendo el 14 de junio.
La boda había sido en una finca a las afueras de Toledo.
Salimos de Málaga el viernes por la mañana, dormimos en un hotel cercano y regresamos el domingo.
Jaime aparecía en fotografías desde que empezó la ceremonia hasta bien entrada la noche.
También había vídeos de otros invitados, registros de hotel y peajes.
Benítez pidió que lleváramos todo al día siguiente.
—Quiero ver la hora exacta de la operación antes de que me enseñe la foto —dijo.
—¿Para evitar que yo elija la imagen que mejor encaja?
—Para evitar que todos lo hagamos.
Aquella frase me acompañó esa noche.
En casa abrí el catálogo de la boda, pero no busqué por hora. Dejé que las miniaturas pasaran una detrás de otra: vestido blanco, mesas, luces colgadas de árboles, Mónica bailando descalza, Jaime haciendo una mueca porque yo lo fotografiaba mientras comía.
Había ciento treinta y dos archivos.
Durante años yo había pensado en ellos como recuerdos. Al día siguiente iban a convertirse en otra cosa.
Antes de cerrar vi una fotografía de las 20:16. Jaime estaba de pie junto a una mesa, levantando una copa hacia mí. Recordaba el instante. Había dicho que dejara de trabajar y disfrutara de la boda.
No comprobé todavía la hora de la validación.
Por una vez preferí llegar a una prueba sin haber construido antes la conclusión.