CAPÍTULO 26
Víctor Quesada negó conocerme. Lo hizo acompañado por un abogado y con una precisión que, según Benítez, mejoraba mucho cuando las preguntas se referían a fechas recientes.
Admitió haber estado con Jorge cerca de mi estudio, aunque aseguró que esperaban a un arquitecto y que no tenían ningún interés en mí.
Respecto a Costa Sur, sostuvo que llevaba años desvinculado de la empresa y que su presencia en algunos proyectos respondía a relaciones profesionales antiguas.
—Dice que no sabe nada.
—¿Litoral?
—Niega gestionar a Gálvez.
—Rubén dice que recibía instrucciones de él.
—Estamos comprobando números, facturas y dispositivos.
Benítez hablaba conmigo en una sala pequeña de la comisaría. Jaime estaba al otro lado del pasillo con Beatriz, declarando de nuevo sobre las fechas en las que había utilizado su token.
—¿Qué ha dicho del lunes frente a mi estudio?
—Que esperaba a un arquitecto.
—El que no recordaba.
—Ahora recuerda un nombre.
—La memoria mejora muchísimo con abogado.
La inspectora no sonrió.
—Paula, quiero pedirle algo en serio. No vuelva a preguntarle directamente a nadie de la empresa. Ni a Salas, ni a Quesada, ni a Sergio. Si hay un dato que cree importante, me lo da. Cada vez que usted confronta a alguien le ofrece la oportunidad de ajustar su versión.
La palabra ajustar me recordó demasiado a las cuentas de Nácar.
—Vale.
—¿Vale de verdad?
—De verdad.
Salimos casi a las dos. Nerea nos esperaba en el estudio con comida.
Jaime llevaba un teléfono que Mónica le había prestado porque el suyo seguía intervenido y el barato de la desaparición estaba en manos de la policía.
Nos sentamos los tres alrededor de la mesa grande.
Durante unos minutos conseguimos hablar de otra cosa.
El móvil de Jaime vibró. Número oculto.
Lo miró sin tocar la pantalla.
—¿Esperas alguna llamada? —pregunté.
—No.
Nerea dejó el tenedor.
—Pues no contestes.
Jaime dudó. Después deslizó el dedo y activó el altavoz.
—¿Sí?
La voz masculina sonó fuerte y deformada, como si alguien hubiera colocado tela sobre el micrófono.
—Devuelve lo que no es tuyo y deja de convertir esto en algo peor.
Silencio.
—¿Quién eres? —preguntó Jaime.
La llamada terminó. Duró ocho segundos.
Durante los diez días en que estuvo escondido, Jaime había convertido el miedo en logística: dinero, trayectos, teléfonos, alojamientos.
Aquella vez no tuvo tiempo de construir nada alrededor.
Se quedó mirando la pantalla con una expresión desnuda que me hizo comprender cuánto de su aparente calma anterior había sido trabajo.
Empezó a pulsar el registro de llamadas.
—No —dije.
—Quiero ver si…
—Benítez.
Me miró y guardó el teléfono.
—Vale.
—Ese vale sí me gusta.
La inspectora llegó con un técnico. Recogieron el terminal, anotaron la hora exacta y solicitaron los datos de señalización. Jaime repitió la frase tres veces; yo la había escrito en una libreta casi por reflejo.
—¿Le habían dicho antes algo parecido? —preguntó Benítez.
—Jorge, en Torrox. Dijo que devolviera la documentación de la empresa antes de hacer más daño.
—¿Las mismas palabras?
—No.
—¿Reconocería la voz?
—No.
—¿Podía ser Quesada?
Jaime negó.
—Podía ser cualquiera.
La respuesta me impresionó. Una semana antes habría elegido un nombre.
El primer análisis no dio mucho. La tarjeta prepago se había comprado en efectivo.
El terminal se encendió cerca de la estación de autobuses durante menos de tres minutos y volvió a apagarse.
Las cámaras mostraban demasiada gente para asociar una cara.
El teléfono utilizado dejaba, al menos, una huella técnica que podría compararse si volvía a aparecer.
—¿Crees que llamarán otra vez? —pregunté.
—Espero que no —dijo Jaime.
—Yo espero que sí —respondió Benítez—. Cada uso aumenta la posibilidad de cometer un error.
Aquella lógica me pareció brutal y razonable a la vez.
Más tarde, cuando todos se marcharon, Jaime se quedó sentado en el suelo del estudio con la espalda apoyada contra un armario. Me senté enfrente.
—¿Tienes miedo? —pregunté.
—Sí.
—¿Más que cuando estabas escondido?
Pensó un momento.
—De otra manera. Antes creía que si elegía bien cada paso podía controlar algo.
—Y ahora.
—Ahora sé que no.
No lo dijo con dramatismo. Me acordé de la primera noche, recorriendo la casa y abriendo cajones como si una pista pudiera devolverme una versión manejable de lo que estaba ocurriendo. Quizá los dos teníamos más necesidad de control de la que nos gustaba admitir.
—¿Te arrepientes de copiar los archivos? —pregunté.
—No.
—¿De esconderlos en C11?
—Sí.
—¿Por qué una cosa sí y otra no?
—Porque copiar fue una decisión sobre mí y mi trabajo. Utilizar tus cosas te metía dentro sin pedirte permiso.
Tardía o no, era la distinción que necesitaba escuchar.
Mónica llegó al estudio cuando la policía ya se había marchado. Jaime no le había contado la llamada; se enteró por mí y se enfadó con él antes de asustarse.
—¿Otra vez ibas a decidir cuándo me enteraba? —preguntó.
—Han pasado cuarenta minutos.
—No es la duración. Es el reflejo.
Jaime abrió la boca y la cerró. Mónica se sentó frente a él.
—Si te llaman y te amenazan, llamas a la policía. Si tienes miedo, lo dices. Si crees que alguien está en peligro, no desapareces para solucionarlo tú. ¿Puedo hacerte un esquema?
—No hace falta.
—Aparentemente sí.
Yo esperaba que Jaime se defendiera. En lugar de eso, le dio el teléfono.
—Toma. Si vuelven a llamar y yo empiezo a hacer el imbécil, me lo quitas.
Mónica lo miró unos segundos y dejó el aparato sobre la mesa.
—No quiero vigilarte. Quiero que aprendas a no necesitar que te vigilemos.
La frase nos dejó callados. Cuando ella se marchó, Jaime se quedó junto a la ventana.
—Durante años pensé que pedir ayuda demasiado pronto era una forma de exagerar —dijo.
—Y ahora.
—Ahora empiezo a creer que esperar hasta tener una solución es otra forma de esconderse.
No supe si contestar. A veces su cambio me tranquilizaba; otras me daba miedo confiar demasiado deprisa en él. Las dos reacciones podían coexistir sin obligarme a elegir una.
A la mañana siguiente Beatriz encontró la anomalía que cambió la dirección de la investigación. Nácar había entregado un listado de operaciones cuestionadas y el usuario de Jaime aparecía en validaciones realizadas meses antes de que él empezara a sospechar de nada.
Nos reunimos en su despacho. Sobre la mesa había doce fechas.
—No son solo las transferencias posteriores a tu desaparición —dijo Beatriz—. Hay movimientos desde marzo.
Jaime recorrió la lista. Frunció el ceño en la tercera, volvió a la primera y después señaló una fecha.
—El catorce de junio estaba en Madrid.
—¿Seguro? —preguntó Benítez.
—En una boda. Paula estaba conmigo.
Asentí.
—Tengo fotos.
—¿Con hora? —preguntó Beatriz.
—Con hora, RAW, copias entregadas y probablemente vídeos de media familia.
Jaime siguió comparando.
—El tres de mayo estaba en Córdoba. El nueve de marzo corrí una popular. El veintidós de abril teletrabajé porque el coche estaba en el taller.
—Los calendarios pueden modificarse —dijo Beatriz.
—Las fotografías también —respondí—. Pero no todas las copias están en mis discos.
A partir de ahí mis archivos iban a servir para algo que no tenía que ver con reconstruir los días de la desaparición. Podían situar físicamente a Jaime mucho antes.
Benítez pidió originales, metadatos y cualquier corroboración externa: hotel, peajes, vídeos, inscripciones, tickets. Nada de una sola prueba milagrosa.