CAPÍTULO 25
La cara apareció en una fotografía que ya había entregado a un cliente.
No estaba escondida en una toma descartada ni en un reflejo imposible.
Era una de las doce imágenes finales de una sesión de producto del lunes, hecha junto a la ventana para aprovechar la luz natural.
En primer plano había tres botellas de perfume artesanal sobre una mesa clara; detrás, fuera de foco pero reconocible, el Volvo de Jorge ocupaba parte de la calle.
El cliente me escribió por la mañana porque necesitaba una versión con más resolución para una lona.
Abrí el RAW, comprobé nitidez y vi al hombre de pie junto al coche.
En la copia reducida solo parecía una mancha oscura.
En el archivo original se distinguían la mandíbula, el pelo canoso en las sienes y el perfil de la nariz.
Había visto esa cara dos días antes en la fotografía que Rubén me entregó. Víctor Quesada.
No llamé a Jorge. El simple hecho de no hacerlo me produjo una satisfacción absurda. Envié el original a Benítez, guardé una copia y después llamé a Rubén.
—Necesito que confirmes una cara.
—No trabajo para ti.
—Ya has trabajado bastante alrededor de mí.
Le mandé un recorte. Respondió en menos de un minuto.
«Víctor Quesada.»
Benítez no aceptó el mensaje como identificación suficiente.
Pidió la fotografía entregada al cliente, la copia que el cliente había recibido antes de que yo supiera quién era Víctor y los metadatos del archivo.
La comprobación me pareció exagerada hasta que entendí su valor: aquella imagen existía fuera de mi ordenador desde antes de que empezara a sospechar de nadie.
Si alguna vez alguien insinuaba que yo la había manipulado, había una copia independiente.
Conseguir la copia del cliente fue más incómodo de lo que esperaba. Tuve que llamar a Irene, la propietaria de la marca de perfumes, y explicarle que necesitaba que me reenviara exactamente el archivo que yo misma le había entregado una semana antes. No podía contarle por qué.
—¿Se ha corrompido algo? —preguntó.
—No. Necesito comprobar que la versión que tienes es idéntica a la mía.
—Eso suena a divorcio informático.
—Algo así.
Me lo envió mientras seguíamos al teléfono.
Cuando apareció en mi correo sentí un alivio absurdo.
La fotografía ya existía en manos de una persona que no conocía a Jaime, Jorge ni Víctor y que la había recibido cuando para mí aquel coche no significaba nada.
El técnico de policía calculó después las huellas digitales de ambos archivos y coincidían.
—No sabía que pudiera alegrarme tanto un código ilegible —dije.
—La informática tiene sus momentos románticos —respondió Benítez.
Irene terminó preguntando si estaba ocurriendo algo grave. Miré las botellas de su producto en la pantalla y pensé en lo fácil que era que un trabajo corriente acabara convertido en prueba.
—Estoy bien —dije—. Solo necesito que guardes ese correo y no borres el adjunto.
—Eso sí suena grave.
—Guárdalo, por favor.
Prometió hacerlo. Colgué con una sensación que ya conocía: otra persona entraba en el perímetro del caso sin haberlo elegido. La diferencia era que aquella vez se lo había explicado lo suficiente para que pudiera decidir qué hacía con la información.
Beatriz rastreó mientras tanto la relación mercantil.
Víctor había sido director de operaciones de Nácar hasta dos años atrás y, durante un periodo anterior, apoderado de Costa Sur Rehabilitaciones.
Ya no figuraba en la sociedad, pero conservaba vínculos con dos empresas que compartían administradores y domicilio fiscal.
La misma Costa Sur que había recibido 186.420 euros con las credenciales de Jaime mientras él estaba en Torrox.
—Eso ya es más que una coincidencia —dije.
—Es una conexión —corrigió Beatriz—. No sabemos todavía qué significa jurídicamente.
—Has pasado demasiado tiempo con Benítez.
—Y tú muy poco.
Nerea, que editaba un vídeo al otro lado del estudio, levantó la vista.
—¿Entonces ese era el hombre del coche?
—Sí.
—¿Qué hacían aquí?
—No lo sabemos.
La respuesta salió sin esfuerzo. Me di cuenta después.
A media tarde Benítez llamó. Víctor sería citado.
También habían localizado una factura de Litoral a Áurea Servicios Corporativos con una referencia interna que coincidía con parte del encargo de Rubén.
No era todavía una línea recta hacia Jorge, pero el dibujo empezaba a tener menos espacios vacíos.
—¿Puedo hacerte una pregunta que probablemente no responderás? —dije.
—Puede hacerla.
—¿Crees que estaban aquí buscando la copia?
—Creo que estaban aquí. La razón tenemos que demostrarla.
—Eso es un no elegante.
—Es un todavía no.
Por la noche Jaime y yo cenamos juntos por primera vez desde que apareció.
No en casa. Elegimos un restaurante pequeño en Huelin, suficientemente ruidoso para que los silencios no llamaran la atención.
Durante media hora hablamos solo de la investigación porque era más sencillo discutir sobre facturas que sobre nosotros. Después dejé el tenedor.
—Quiero preguntarte una cosa que no tenga que ver con Jorge.
Jaime bebió agua.
—Vale.
—Cuando viste la foto de Barcelona, ¿pensaste que iba a dejarte?
No respondió enseguida.
—Durante unos minutos, sí.
—¿Y después?
—Pensé que si no me lo habías contado era porque todavía no sabías qué ibas a hacer.
—Eso era exactamente.
—Ahora lo sé.
—Podías haberme preguntado.
Jaime sonrió muy poco.
—Sí.
—No te rías.
—No me río de ti. Me hace gracia que la solución más sencilla para casi todo fuera hablar y los dos encontráramos procedimientos mucho más complicados.
—Yo no desaparecí diez días.
—No.
—Ni escondí documentos entre tus cosas.
—No.
—Ni programé correos para que tu hermana me ocultara que estabas vivo.
—Paula, no estoy diciendo que sea lo mismo.
Lo miré. No parecía a la defensiva.
—¿Por qué no me contaste Madrid?
Jaime apartó la vista hacia la calle.
—Porque al principio pensé que era una parte de mi vida que no tenía nada que ver contigo. Después empezó a tener que ver precisamente porque llevaba demasiado tiempo sin contártelo. Cada año hacía que empezar la conversación pareciera más grave.
—Así funcionan los secretos.
—Sí.
—Se vuelven más grandes solo porque los guardas.
Jaime asintió.
—También Barcelona.
La frase dolió porque era justa. No porque nuestras omisiones fueran equivalentes, sino porque reconocí la lógica: esperar a que algo fuera inevitable para ahorrarse una conversación difícil.
—Sí —dije—. También Barcelona.
Al día siguiente vino al estudio para revisar conmigo la secuencia del lunes.
Quería identificar a Víctor en otras imágenes, pero encontramos algo diferente.
Jaime abrió sus mensajes con Jorge buscando una conversación sobre Hiedra 3.
A las 18:07, cinco minutos antes de que mi primera fotografía mostrara el Volvo bajo la ventana, Jorge le había escrito:
«¿Paula hoy también está hasta tarde? Necesito que me ayudes con una revisión y no quiero fastidiarte la cena.»
Leí el mensaje dos veces.
—¿Te preguntaba a menudo por mis horarios?
—No así. A veces decía si teníamos planes, pero esto…
—Cinco minutos después estaba aquí.
Jaime amplió la fotografía. Víctor aparecía fuera del coche en la última toma. En la primera todavía estaba dentro.
—Si solo venían de una reunión, ¿por qué necesitaba saber si estabas trabajando? —preguntó.
—Eso es lo que quiero saber yo.
Guardé una captura del mensaje y se la envié a Benítez. No demostraba que Jorge viniera a buscar nada. Podía haber preguntado por cortesía y aparcado después por casualidad. La diferencia era que cada explicación razonable empezaba a necesitar otra explicación razonable para sostenerse.
Mientras esperábamos respuesta, revisamos una fotografía del domingo en casa. Jaime aparecía sentado en el sofá mirando el móvil mientras yo enfocaba unas muestras de cerámica.
—¿Qué hacías ahí? —pregunté.
Jaime se inclinó hacia la pantalla.
—Creo que estaba esperando a que terminara de copiarse C11.
Sentí que el restaurante de la noche anterior quedaba muy lejos.
—Yo estaba en la habitación de al lado.
—Sí.
—¿Y qué pensabas cuando me oías trabajar?
Tardó.
—Que iba a contártelo al día siguiente.
—Siempre al día siguiente.
—Sí.
—¿Y después del lunes?
—Que te lo contaría cuando entregara la copia.
—Después.
—Cuando estuviera seguro de que no podían implicarte.
Cerré la fotografía.
—No existía ese momento, Jaime. Siempre ibas a encontrar otro motivo para esperar.
No respondió. Me apoyé en la mesa. Lo que más me enfadaba ya no era que hubiera tenido miedo.
Si me hubiera contado que lo seguían y que encontraba pagos extraños, probablemente habría cometido errores, habría llamado a quien no debía o habría pasado tres noches sin dormir. Pero eran mis errores para cometer.
—Lo sé ahora —dijo.
—Eso sí te lo creo.
El teléfono vibró. Era Benítez. Había recibido la fotografía, el mensaje y la identificación preliminar de Víctor. No dijo que ya tuvieran un caso cerrado. Dijo algo más útil:
—A partir de ahora no contacte con Salas ni con Quesada. Necesitamos que las próximas versiones que den no estén condicionadas por lo que usted les pregunte.
—Prometido.
—¿De verdad?
—Voy a intentarlo con muchísimo entusiasmo.
—Me conformo con que lo intente sin llamarles.
Colgué. Jaime recogió su chaqueta.
—¿Sabes qué es lo raro? —dijo—. Que durante años pensé que guardar información era una forma de ganar tiempo.
—¿Y ahora?
—Ahora parece la forma más rápida de perderlo.
No supe si hablaba del fraude, de Madrid o de nosotros.
Por una vez no se lo pregunté.