Antes de que desapareciera (Secretos tras la puerta 3) CAPÍTULO 24
69%

CAPÍTULO 24

La explicación de Jorge llegó una hora después de que Benítez me pidiera que dejara de escribirle. Me llamó él. La diferencia me pareció pequeña y, sin embargo, cambió por completo la conversación: yo ya no perseguía una respuesta; era él quien necesitaba corregir una versión.

—He estado pensando en lo del lunes —dijo—. Sí estuve por tu zona.

—Hace una hora no.

—No relacioné la calle con tu estudio. Fui a una reunión cerca y aparqué donde encontré sitio.

Miré las fotografías abiertas en el monitor. El Volvo aparecía a las 18:14, a las 18:27, a las 18:39 y a las 18:52. Cuarenta minutos no demostraban que estuviera vigilándome, pero sí que aquella presencia había durado más que una parada casual.

—¿Qué reunión?

—Un arquitecto con el que trabajamos. No puedo darte información comercial de terceros.

—A la policía sí.

—Por supuesto.

Su tono seguía siendo correcto. Había aprendido a desconfiar precisamente de eso: Jorge no necesitaba levantar la voz para dirigir una conversación. Introducía una explicación razonable y esperaba que el resto del mundo hiciera el trabajo de convertirla en suficiente.

—¿Ibas solo?

Tardó un poco más en responder.

—Con un colaborador. Teníamos que revisar una obra después.

—¿Quién?

—Paula, no voy a darte la agenda de la empresa porque estés mirando fotos desde una ventana.

—Entonces dásela a Benítez.

Se hizo un silencio.

—Esto se está volviendo absurdo.

—Jaime desapareció diez días.

—Jaime decidió desaparecer diez días.

La frase cayó entre los dos con una precisión desagradable. Era cierta. Eso la hacía útil.

—Y tú fuiste a Torrox —dije.

—Porque me llamó.

—Y antes habías estado debajo de mi estudio.

—Porque tenía una reunión cerca. No conviertas cada sitio al que he ido en una amenaza.

—No lo convierto. Lo anoto.

Jorge soltó aire, como si mi obstinación le resultara infantil.

—Te estás pareciendo mucho a Jaime al final. Reúnes detalles hasta que todos empiezan a encajar porque ya has decidido qué dibujo quieres ver.

No contesté. La frase era buena porque describía un riesgo real. Colgué sin conseguir el nombre del supuesto cliente y envié a Benítez la hora exacta de la llamada.

Después de colgar hice algo que una semana antes habría considerado perder el tiempo: dejé el teléfono boca abajo y reconstruí mi propia tarde antes de seguir buscando la de Jorge.

A las cinco y veinte había terminado una sesión.

A las cinco y cuarenta Nerea pasó por el estudio para recoger un disco.

A las seis y cinco llegó un repartidor del laboratorio y estuvo menos de tres minutos.

No faltaba nada, nadie había forzado ninguna puerta y la cerradura electrónica del portal no registraba accesos extraños con códigos ajenos.

Todo eso era útil precisamente porque no demostraba que alguien hubiera entrado.

—Te estás decepcionando porque no han allanado tu estudio —dijo Nerea cuando se lo conté.

—No estoy decepcionada.

—Tienes cara de que preferirías una huella en el suelo a cuarenta minutos de coche aparcado.

—Una huella sería más sencilla.

—Exacto.

Me obligó a bajar a por café. Desde la terraza de la cafetería se veía la puerta del estudio y comprendí por qué el lugar podía servir para observar sin llamar la atención.

También comprendí algo menos cómodo: media Málaga podía sentarse allí sin estar vigilándome. La geografía no elegía la intención.

Volví a subir y guardé una copia de las cuatro fotografías del Volvo en una carpeta separada. Debajo escribí únicamente horas. Nada de «vigilancia», nada de «Jorge nos estaba mirando». Si la policía demostraba después otra cosa, la frase podía cambiar. Hasta entonces, la imagen era la imagen.

Al día siguiente, la inspectora me contó que Jorge había facilitado a través de su abogado el nombre de una asesoría de arquitectura situada a dos calles del estudio.

La empresa confirmó una reunión, pero no a la hora que él había sugerido.

Había empezado a las cinco y media y terminado antes de las seis.

—Puede haberse quedado haciendo una llamada, esperando a alguien o tomando un café —dijo Benítez.

—Ya lo sé.

—Bien.

—Empiezo a escuchar el «puede» sin querer tirarte el teléfono.

—Eso es crecimiento personal.

La verdadera novedad era otra. La policía había recuperado los registros de acceso del edificio de Nácar. El lunes, a las 18:57, Jorge entró por el torno principal. Jaime llevaba dentro desde las 16:03.

Calculé mentalmente el trayecto desde mi estudio.

—Entonces podía salir de aquí y llegar a Nácar para discutir con Jaime.

—Podía.

—¿Y qué hacía aquí antes?

—Eso seguimos intentando saber.

Jaime apareció por el estudio poco después. Había pasado la mañana con abogados y llevaba la clase de cansancio que no se arregla durmiendo. Se quedó de pie delante de la pared donde aún conservaba algunas fotografías y miró el Volvo sin tocar el papel.

—¿Sabías que Jorge estuvo aquí el lunes por la tarde? —pregunté.

—No.

—Entró en Nácar a las 18:57. Sergio os vio discutir después.

Jaime frunció el ceño.

—A las siete y pico.

—¿Te dijo algo sobre mí?

Pensó antes de contestar.

—Sí. Dijo que yo estaba preocupado por unas facturas mientras tú preparabas tu salida delante de mí.

—¿Utilizó esas palabras?

—Algo muy parecido.

—¿Le preguntaste qué sabía?

—Le dije que te dejara fuera.

—Eso no responde.

—No. No le pregunté cómo lo sabía.

Su respuesta me irritó menos que habría hecho una semana atrás. Ya no intentaba explicar por qué no preguntó. Simplemente reconocía el hueco.

—¿Te enseñó otra foto aquel lunes?

—No. La de Barcelona ya me la había enseñado el viernes. El lunes solo la utilizó para decir que yo no sabía qué estaba pasando en mi propia casa.

Miré de nuevo la secuencia del Volvo. Jorge había estado debajo de mi estudio y, minutos después, había regresado a la oficina para utilizar contra Jaime una información obtenida siguiéndome. La tentación de cerrar el círculo era enorme.

—Quizá vino a comprobar si yo estaba aquí —dije.

—Quizá.

—No me gusta que ahora seas tú quien habla como Benítez.

—A mí tampoco. Pero me he pasado diez días haciendo justo lo contrario.

Se acercó a la pantalla. En la última fotografía, tomada a las 18:52, se intuía una figura en el asiento del acompañante. La cara estaba demasiado desenfocada para identificarla.

—No iba solo —dijo Jaime.

—Jorge también lo ha admitido. Dice que era un colaborador y que iban a ver una obra.

—¿Quién?

—No me lo ha dicho.

Jaime amplió el recorte y negó con la cabeza.

—Con esto no se puede reconocer a nadie.

Era cierto. Guardé la imagen. Antes habría seguido aumentando hasta convertir los píxeles en una respuesta. Aquella tarde me obligué a dejarla en su tamaño real.

—Hay otra cosa —dijo Jaime—. Rubén no me siguió después de las seis ese lunes.

—¿Cómo lo sabes?

—Benítez me enseñó parte de su declaración. Tenía otro encargo.

Eso hacía más incómoda la presencia de Jorge. Si alguien quería saber si yo estaba en el estudio a esa hora, no podía depender del detective que había utilizado los días anteriores.

—Entonces vino él mismo.

—O tenía una reunión al lado y estamos construyendo otra cosa.

—Las dos cosas pueden ser verdad.

Jaime sonrió sin alegría.

—Esa frase nos está arruinando la vida.

Por la tarde llegó la respuesta del arquitecto citado por Jorge.

La reunión había existido, pero él negó que Jorge estuviera acompañado.

Tampoco recordaba que hablaran de visitar una obra después.

No era una contradicción definitiva; podía haber olvidado al acompañante o Jorge podía haberse reunido con él más tarde.

Benítez se limitó a guardar la declaración.

—¿Cuántas veces puede cambiar una versión antes de que deje de ser un despiste? —pregunté.

—No hay una cifra legal.

—Qué decepción.

Cuando colgué, Jaime seguía en el estudio. Habíamos pasado casi una hora hablando sin discutir sobre nosotros, y esa normalidad prestada resultaba extraña. Se acercó a la ventana desde la que yo había tomado las fotografías.

—Desde aquí se ve perfectamente la entrada —dijo.

—También se ve la farmacia, el bar y media calle. No conviertas la orientación del coche en una confesión.

Me miró.

—Eso ibas a hacer tú.

—Estoy aprendiendo.

—Yo también.

No hubo reconciliación escondida en aquella frase. Solo dos personas intentando no repetir exactamente la misma forma de equivocarse.

Antes de marcharse, Jaime señaló la imagen borrosa del acompañante.

—Si consigues otra toma de esa sesión, quizá puedas verle mejor.

—Hay más de doscientas.

—Entonces mañana tienes entretenimiento.

Lo dijo con el tono antiguo, el de antes de Torrox y Rincón. Durante un segundo estuve a punto de contestar como si nada hubiera pasado. Después recordé que una conversación normal no reparaba diez días de silencio.

Aun así, cuando cerró la puerta, no me sentí peor.

Abrí la carpeta de la sesión y dejé que las miniaturas llenaran la pantalla. Esta vez no buscaba una teoría. Buscaba una cara.