CAPÍTULO 23
Nácar denunció a Jaime el lunes siguiente.
—Jorge está construyendo su versión —dijo Beatriz.
Estábamos en su despacho. Jaime había salido minutos antes para declarar acompañado por otro abogado del bufete.
—Lleva haciéndolo desde antes de desaparecer.
—Ahora lo hace por escrito.
—¿Puede conseguir que lo detengan?
—Puede conseguir que lo investiguen. Son cosas distintas.
La policía ya trataba la desaparición como parte de una investigación más amplia. Habían solicitado registros de acceso, documentación bancaria, contratos de proveedores y comunicaciones internas. Nada avanzaba con la velocidad que yo quería.
Rubén, en cambio, empezó a hablar más deprisa.
Entregó facturas, mensajes y audios con Esteban Pardo, su contacto en Litoral.
En uno de ellos, grabado el jueves anterior a la desaparición, Esteban decía: «El cliente quiere saber qué hace la chica con lo de Barcelona.
No hace falta que se acerque a ella, solo foto y nombre de la persona con la que se reúne». No mencionaba a Jorge.
Dos días después, otro mensaje pedía vigilar a Jaime cuando saliera de la oficina y comprobar si llevaba «soportes o documentación».
—¿Eso basta? —pregunté a Benítez.
—Basta para demostrar el seguimiento. Todavía estamos vinculando el encargo con quien lo ordenó.
—Áurea lleva al cuñado de Jorge.
—Y eso nos interesa.
No dijo más. Esa tarde regresé al estudio.
Llevaba casi dos semanas sin trabajar de verdad y empezaba a tener correos que ya no podían responderse con otra disculpa.
Abrí una sesión de arquitectura y conseguí editar durante cuarenta minutos antes de descubrir que estaba corrigiendo la misma pared por tercera vez. Miré por la ventana.
La calle estaba vacía de Volvos negros y hombres con gorra.
Sobre la mesa seguía la carpeta SIETE DÍAS. La abrí sin intención clara. Había impreso varias hojas de contacto. En la del lunes, el día anterior a la desaparición, estaba el Volvo de Jorge bajo mi ventana. Lo sabía. Ya se había comprobado que era suyo.
Entonces vi la hora. 18:14.
Jorge decía haber discutido con Jaime en la oficina sobre las siete. Sergio también lo situaba allí a esa hora.
Nácar estaba a poco más de diez minutos en coche si el tráfico acompañaba. Era posible.
Pasé a la siguiente fotografía. 18:27. El Volvo seguía allí. 18:39. Seguía.
La última, 18:52. Seguía. Llamé a Sergio.
—¿A qué hora exacta viste a Jorge con Jaime?
—No sé. Ya te dije sobre las siete.
—¿Antes o después?
—Espera.
Escuché teclas.
—A las 19:18 envié un correo desde la sala de reuniones y ellos estaban en el despacho de Jorge porque tuve que pasar por delante. Así que antes de eso.
—¿Podría haber llegado a las siete y diez?
—Sí.
—¿Y a las siete y cuarto?
—También.
La foto no contradecía su presencia en Nácar. Pero sí planteaba otra pregunta.
¿Qué hacía Jorge casi cuarenta minutos debajo de mi estudio la tarde antes de que Jaime desapareciera? Lo llamé. No contestó.
La denuncia de Nácar convirtió a Jaime en una noticia posible.
Hasta entonces la desaparición había circulado poco fuera de nuestro entorno.
Ahora existía la posibilidad de que su nombre apareciera asociado a dinero, filtraciones y una investigación interna.
Beatriz pidió que no habláramos con ningún medio y que yo tampoco respondiera a mensajes de periodistas si llegaban.
—¿Por qué iban a escribirme? —pregunté.
—Porque eres la pareja de un empleado que desapareció, reapareció y ahora está siendo investigado. No subestimes el hambre de una frase sencilla.
No tardó en tener razón. Esa misma tarde recibí dos mensajes en Instagram y un correo de un medio local. «¿Sabía usted que su pareja estaba extrayendo información de la empresa?». Borré la notificación sin abrir el resto.
Jaime lo llevaba peor. Había vuelto a casa de Mónica y apenas salía salvo para declaraciones o reuniones con abogados. Una noche me llamó.
—¿Has visto lo que han publicado?
—Solo titulares.
—Dicen que desvié dinero.
—No exactamente.
—Lo sugieren.
—Sí.
Silencio.
—Ahora entiendes por qué tuve miedo —dijo.
La frase me encendió.
—No utilices esto para justificar desaparecer.
—No era eso.
—Ha sonado exactamente a eso.
—Vale. Lo retiro.
—No puedes retirar una frase.
—Entonces la corrijo: esto era una de las cosas que temía y sigue sin justificar cómo actué contigo.
Me quedé callada.
—Mejor —dije al final.
—Estoy aprendiendo.
—Despacio.
Después hablamos de los pagos. Jaime recordó otros dos que había marcado por importes redondos y proveedores que compartían direcciones.
Beatriz ya los había entregado a la policía.
La defensa no consistiría en negar que él accedió a los expedientes; precisamente su trabajo era revisarlos.
Había que demostrar qué hizo realmente en cada uno y qué se añadió después.
Al día siguiente revisé todas mis fotografías de la semana anterior buscando el Volvo de Jorge.
Sabía que aquel impulso tenía algo de obsesión, pero ahora la policía también consideraba relevantes sus movimientos.
Encontré el coche tres veces: lunes por la tarde cerca del estudio, una vez el viernes en una calle próxima a Nácar y, sorprendentemente, el domingo cerca de un restaurante donde Jaime y yo desayunamos.
La imagen del domingo era dudosa. Solo se veía media matrícula y podía ser otro Volvo del mismo color. No la envié de inmediato. Me obligué a comparar detalles: llantas, una pequeña marca en el paragolpes, el ambientador en forma de pez. Coincidían dos de tres.
—¿Qué intentas demostrar? —preguntó Nerea.
—No lo sé.
—Eso es una respuesta mejor que inventarte una.
El lunes, sin embargo, no había duda. La matrícula completa aparecía en dos fotografías de una sesión. El coche permaneció frente a mi estudio al menos cuarenta minutos. En la segunda toma se distinguía una figura masculina en el asiento del acompañante.
Amplié. No era Jorge. El perfil me resultó vagamente familiar, pero la imagen estaba fuera de foco.
Envié ambas a Benítez. Poco después le escribí a Jorge preguntando si había estado allí. Negó.
No sentí satisfacción. Una mentira confirmada no resolvía nada; solo añadía otra pieza. Benítez me llamó.
—No vuelva a preguntarle directamente.
—Ya está hecho.
—Lo sé. Me ha llamado su abogado para decir que se siente acosado por usted.
Me quedé muda.
—¿Perdona?
—No se preocupe. No es una denuncia. Pero a partir de ahora deje el contacto en nuestras manos.
—Él vino a mi estudio, fue a Torrox, me oculta cosas y ahora yo lo acoso.
—Entiendo que le enfade.
—No parece.
—Mi cara no está disponible por teléfono.
Tuve que reírme.