Antes de que desapareciera (Secretos tras la puerta 3) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

—¿Eso lo convierte en sospechoso? —pregunté.

—Convierte el movimiento en algo que tenemos que investigar.

—Jaime estaba en Torrox.

—Eso es lo que estamos intentando acreditar con la mayor precisión posible.

—Hay cámaras.

—Hay una imagen suya entrando en el apartamento el martes y un testigo que lo vio el miércoles por la mañana. Estamos reuniendo más.

—Y Jorge estuvo allí esa tarde.

—Sí.

—Entonces alguien usó el token de Jaime mientras Jaime estaba fuera.

—Probablemente.

El «probablemente» ya no me irritó tanto. Empezaba a entender que Benítez utilizaba la prudencia del mismo modo que yo usaba un trípode: no porque dudara de todo, sino porque necesitaba que la imagen no se moviera cuando llegara el momento de mirarla.

La transferencia de 186.420 euros tenía algo perverso: era demasiado grande para parecer un error y demasiado técnica para que yo pudiera entenderla sin depender de otras personas.

Hasta entonces casi todo lo que sabía podía verse.

Fotografías, horarios, entradas y salidas, un coche, una cara repetida.

El dinero obligaba a aceptar otro idioma.

Beatriz me enseñó una copia del asiento contable con varias partes tachadas por confidencialidad.

—Aquí —dijo—. Usuario de Jaime. Token asociado. Dirección interna de Nácar.

—¿Eso significa que alguien estaba físicamente en la oficina?

—Significa que el acceso se hizo desde la red interna. Puede haber formas de saltarse eso, pero de entrada apunta a allí.

—Y Jaime estaba en Torrox.

—Eso tenemos que demostrarlo mejor que con una impresión tuya.

—No es una impresión. Hay cámaras.

—Exacto. Por eso sirve.

La policía había recuperado un ticket de una tienda cercana al apartamento, pagado en efectivo a las 10:13 del miércoles.

El encargado recordaba a Jaime porque preguntó por un cargador compatible con el teléfono barato que llevaba.

Una cámara exterior lo situaba entrando de nuevo en la urbanización a las 10:28.

La transferencia se validó a las 10:24 desde Málaga.

Cuatro minutos de diferencia bastaban para volver físicamente imposible que él hubiera estado en ambos sitios.

—¿Entonces ya está? —pregunté.

Beatriz negó.

—Está una parte. Demuestra que no pulsó el botón desde esa oficina. No demuestra que no hubiera preparado la operación antes, autorizado a otra persona o entregado su token.

—Dejó el token en el cajón.

—Eso dice él.

Me irritó escuchar en boca de su abogada la misma prudencia de Benítez.

—Pensaba que estabas de su parte.

—Estoy de parte de que no se destruya una defensa porque alguien confunda una explicación plausible con una prueba.

Aquella frase habría enfadado a Jaime. Yo empezaba a agradecerla.

Nos reunimos con él en el estudio esa tarde. No quería hablar en casa. El piso seguía pareciéndome un lugar demasiado cargado de rutinas que no sabía si volveríamos a compartir. Jaime entró despacio, como si necesitara permiso para cruzar cada metro.

—¿La policía ha confirmado la hora? —preguntó.

—Sí —dije—. Estabas comprando un cargador.

—Bien.

Lo miré.

—Te estás arriesgando mucho con esa palabra.

Sonrió apenas. Jaime recordó el token con más precisión de la que había dado en la primera declaración.

El lunes, antes de salir de Nácar, lo guardó en el cajón superior de su mesa.

No quería llevárselo porque sabía que iba a copiar documentación y temía que, si lo paraban con ambos, pareciera que pretendía seguir entrando al sistema desde fuera.

—¿Quién sabía dónde lo guardabas? —pregunté.

—Medio departamento. No es un secreto. Todos los dejamos en el cajón cuando salimos a comer o a reuniones internas.

—Una seguridad estupenda.

—No se supone que la contraseña la sepa nadie más.

—¿Y la sabían?

—No debería.

—Otra vez.

Jaime se frotó los ojos.

—Había veces que Jorge me pedía validar algo mientras estaba en otra sala. Yo volvía, metía la contraseña y lo hacía. Nunca se la di.

—¿Podía verte teclearla?

—Supongo.

—¿Cámaras?

—En el despacho no.

Beatriz anotó. Después hablamos de la tarjeta. Yo le conté cómo la había encontrado, la contraseña y la frase escondida en el comentario del RAW. Jaime bajó la cabeza cuando mencioné que había utilizado una fecha nuestra.

—Pensé que, si alguien tenía que abrirla, tú la entenderías.

—Pensaste muchas cosas por mí.

—Sí.

—No lo digas como si reconocerlo lo arreglara.

—No lo arregla.

Esa respuesta redujo un poco la presión. Durante años nuestras discusiones habían seguido un patrón: uno planteaba algo, el otro explicaba la intención y ambos acabábamos discutiendo sobre si la intención anulaba el daño. Aquella tarde Jaime parecía haber dejado de intentarlo.

Le enseñé la fotografía del reflejo con Beatriz.

—La he mirado tantas veces que ya no sé qué veo.

Jaime observó la pantalla.

—Yo estaba intentando no mirar hacia donde estabas tú.

—¿Me viste?

—Sí. Salías de una tienda enfrente. Pensé que si me acercaba tendría que explicarte por qué estaba con Beatriz.

—Y elegiste fingir que no me habías visto.

—Sí.

—¿Sabes qué pensé después? Que me habías engañado durante meses.

—Lo sé.

—No, no lo sabes. Lo sabes porque te lo estoy contando ahora.

Jaime levantó la vista.

—Tienes razón.

El silencio que siguió fue distinto. No cómodo, pero menos defensivo.

Cuando se marchó, Nerea me llamó para preguntarme cómo había ido.

—No nos hemos matado.

—Estándares altos.

—Ha dicho «tienes razón» tres veces.

—¿Es un efecto secundario de la deshidratación?

Me reí. Después me preguntó si quería que durmiera conmigo. Dije que no. Era la primera noche desde la desaparición en que elegí estar sola no porque esperara a Jaime, sino porque necesitaba escuchar la casa sin convertir cada ruido en su regreso.

Antes de acostarme pasé por el dormitorio. Sus cosas seguían donde estaban. No quise recogerlas. Tampoco quise interpretar esa decisión.

—Ese parece ser el lema de la semana.

Jaime dejó la fotografía sobre la mesa.

—¿Puedo preguntarte por Barcelona?

—No hoy.

Asintió. No discutió. Aquello, de manera absurda, fue la primera señal de que algo entre nosotros podía cambiar.