Antes de que desapareciera (Secretos tras la puerta 3) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

La declaración de Jaime duró casi cuatro horas.

Yo no estuve dentro. Esperé con Nerea en una sala del pasillo, bebí dos cafés de máquina y descubrí que se puede sentir alivio por la supervivencia de una persona mientras se desea estrangularla por sus decisiones.

A media mañana llegó Beatriz. Saludó a Nerea, me preguntó cómo estaba Jaime y, cuando le dije que vivo, cerró los ojos un segundo.

—Creía que estaba en Torrox —dijo.

—Estuvo.

—¿Y después?

—Rincón de la Victoria.

Beatriz frunció el ceño.

—¿Dónde?

—En un apartamento de tu familia, por lo visto.

—No de mi familia. De una antigua clienta.

Me quedé mirándola.

—¿Cuántos pisos vacíos ofreces a gente asustada?

—Menos de los que parece.

Su explicación llegó después. Años atrás había asesorado a una mujer que se marchó al extranjero y dejó un apartamento pequeño en Rincón a cargo de una agencia.

Cuando Jaime le preguntó por lugares seguros, Beatriz mencionó que conocía a la administradora y que quizá podía conseguirle una noche si llegaba a necesitarla.

Nunca formalizaron nada. Jaime se acordó del nombre, buscó a la administradora desde el teléfono prepago y terminó pagando en efectivo cuatro noches.

—¿Por qué no te llamó?

—Eso pienso preguntarle yo.

La puerta se abrió cerca de la una. Benítez salió primero.

—Puede verlo —dijo—. Pero no se lo lleve a casa todavía. Tiene que volver esta tarde para ampliar varias cosas y mañana seguramente también.

—No pensaba llevármelo.

La inspectora aceptó la respuesta sin expresión.

Jaime estaba en una sala con una mesa, dos sillas y una botella de agua. La venda de la mano se había sustituido por un apósito más pequeño. Me senté frente a él.

—Cuéntamelo desde el principio —dije.

—¿No quieres esperar a casa?

—No sé si vas a volver a casa.

La frase le dolió. No me arrepentí.

La versión completa de Jaime empezó una semana antes de la desaparición, no el martes.

Había visto las primeras duplicidades en julio, pero hasta septiembre no empezó a compararlas con accesos de usuarios.

Cuando descubrió que el suyo figuraba en validaciones que no recordaba, primero pensó en un fallo del sistema.

Después en una delegación que hubiera olvidado.

Solo cuando aparecieron fechas imposibles buscó a Beatriz.

—¿Por qué no a la policía? —pregunté.

—Porque todavía no sabía si había delito. Y porque, si estaba equivocado, podía perder el trabajo acusando a gente sin pruebas.

—Podías hablar conmigo.

—Sí.

—No me sirve que digas sí a todo.

—No estoy intentando que te sirva. Estoy intentando no discutir hechos.

La respuesta me hizo callar. Era nueva en él. Jaime siempre había tenido una explicación preparada, una razón que convertía sus decisiones en la opción más sensata disponible. Tal vez diez días escondido le habían quitado energía para justificarlo todo.

Contó que el viernes Jorge le enseñó una fotografía mía entrando en la reunión con Clara. No dijo cómo la había conseguido. La mostró como quien comenta algo casual.

—Me preguntó si sabía que estabas preparando una salida de Málaga —dijo Jaime.

—Eso no era lo que preparaba.

—Ahora lo sé.

—Podías haberme preguntado esa misma noche.

—Sí.

—¿Por qué no lo hiciste?

Jaime tardó mucho.

—Porque me dio vergüenza haberme enterado por él. Y porque una parte de mí quiso esperar a que me lo contaras tú.

La respuesta dolió de otra manera: no había una gran conspiración detrás, sino orgullo, una herida pequeña colocada en el momento adecuado.

—¿Y Jorge siguió hablando de mí?

—El lunes. Dijo que, si yo montaba un escándalo con las facturas, tú podías verte arrastrada porque aparecías en movimientos que estaban siguiendo.

—¿Qué movimientos?

—Tus reuniones, horarios, clientes. Me enseñó dos fotos. La de Barcelona y otra saliendo del estudio con un hombre.

Recordé al cliente: un arquitecto casado, padre de dos niños, al que había fotografiado para una revista. Una imagen perfectamente inocente podía hacerse desagradable con una frase adecuada.

—¿Insinuó que tenía una relación?

—No necesitaba hacerlo. Preguntó si conocía a todo el mundo con quien trabajabas.

—Y tú qué dijiste.

—Que sí.

—Era mentira.

—Claro.

El reconocimiento me hizo sonreír sin ganas.

Después Jaime habló del lunes. Copió documentos, dejó el token en el cajón, preparó el correo para Mónica y retiró dinero. Quería pasar dos noches fuera, terminar de ordenar la información y reunirse con Beatriz el miércoles. Planeaba contármelo después de entregar una copia formalmente.

—¿Después? —repetí.

—Sí.

—Siempre después.

—Sí.

El martes, en la estación, detectó a Rubén sin saber quién era.

Lo había visto dos veces en días anteriores y le pareció demasiada coincidencia.

Entró, cambió la camisa por una camiseta que llevaba en la bolsa, se puso una gorra comprada allí y salió por otro acceso.

Tomó un taxi, después un autobús y terminó en Torrox.

—¿Te sentías perseguido?

—Lo estaba.

—Pero no sabías por quién.

—No.

—¿Y aun así no llamaste a nadie?

—Pensé que si usaba el móvil podían localizarme.

—Eso sí tiene sentido.

Jaime levantó la vista, sorprendido.

—No estoy intentando decir que todo fuera absurdo —añadí—. Estoy intentando separar lo que tenía sentido de lo que decidiste por mí.

Asintió. En Torrox se calmó al principio.

Compró comida, revisó la documentación y pensó que había perdido al hombre que lo seguía.

Entonces, el miércoles, abrió un correo anónimo en el teléfono básico que había comprado el sábado.

Adjuntaba una captura de una transferencia autorizada con su usuario esa misma mañana y un mensaje: «Todavía puedes arreglarlo».

—Ahí llamé a Jorge —dijo.

—¿Por qué a él?

—Porque solo alguien de dentro podía saber lo de la transferencia tan rápido. Quería ver su reacción.

—Y le dijiste dónde estabas.

—Sí. Error número mil.

—No voy a llevar la cuenta.

Jorge llegó por la tarde. Según Jaime, no negó que existieran problemas en las cuentas. Dijo que eran ajustes temporales, que varios directivos estaban intentando corregirlos y que Jaime estaba interpretando mal operaciones complejas. Después pasó a Madrid.

—Me dijo que, si denunciaba, lo primero que vería cualquiera era un empleado con antecedentes de manipulación contable extrayendo archivos y autorizando pagos irregulares.

—Eso sí suena a amenaza.

—Lo era.

—¿Y la tarjeta?

—No sabía que existía. Creía que llevaba todo conmigo.

—Entonces la escondiste antes de desaparecer porque ya desconfiabas de él.

—Sí.

—Pero luego fuiste tú quien lo llamó.

—Porque seguía pensando que podía hacerle admitir algo.

Lo miré.

—Eso también es muy tú.

—Lo sé.

Después de que Jorge se marchara, Jaime decidió abandonar Torrox. Esperó a la madrugada, salió por detrás y tomó varios autobuses locales hasta Rincón. Allí contactó con una administradora que Beatriz había mencionado. No volvió a encender su teléfono habitual.

—¿Y qué te hizo salir ahora? —pregunté.

La expresión cambió.

—Anoche recibí una llamada al teléfono de segunda mano.

—¿De quién?

—No sé. Voz distorsionada o tapada. Dijo: «Paula ya tiene la copia. Si no vuelves, pagará ella».

Se me helaron las manos.

—¿Cómo sabían que la habíamos encontrado?

—No lo sé.

—¿Y por qué no llamaste a la policía desde allí?

—Lo hice esta mañana, en cuanto pude salir sin usar el teléfono.

—Podías haberlo hecho anoche desde cualquier cabina, bar, otra persona.

—Sí.

Otra vez sí. La amenaza podía ser real. También podía haber llegado porque alguien vigilaba el estudio o conocía el registro policial. Lo que no cambiaba era que Jaime había pasado días tomando decisiones con una idea fija: cuanto menos supiera yo, más segura estaría.

Antes de irme le pregunté una última cosa.

—Si no hubieras recibido esa llamada, ¿cuándo pensabas volver?

Jaime me miró durante tanto tiempo que entendí la respuesta antes de oírla.

—No lo sabía.

—Podías llamar a Nerea, a Mónica, a Beatriz.

—Sí.

—Y elegiste no hacerlo.

Jaime bajó la vista.

—Sí.

Agradecí aquella respuesta más que cualquier justificación.