CAPÍTULO 20
El viernes a las siete de la mañana Benítez llamó para decir que habían localizado a Jaime. Durante unos segundos no comprendí la frase. Había pasado tantos días pensando en búsquedas, cámaras y teléfonos apagados que aquel verbo en pasado parecía pertenecer a otra conversación.
—¿Está vivo?
—Sí. Está en Rincón de la Victoria. Deshidratado, con una herida en una mano, pero consciente. Ha pedido hablar con la policía y lo están trasladando para que lo valore un médico.
Nerea condujo hasta urgencias porque yo temblaba demasiado.
Málaga amanecía con un cielo limpio y un tráfico normal, casi ofensivo.
Durante el trayecto descubrí que había imaginado a Jaime muerto muchas más veces de las que me había permitido admitir.
No eran escenas completas, solo destellos: Benítez llamando de madrugada, Mónica derrumbándose, una bolsa con pertenencias.
Cada vez los apartaba. Ahora todos regresaban convertidos en un alivio físico que no conseguía separar de la rabia.
—No tienes que decidir nada hoy —dijo Nerea.
—No pensaba hacerlo.
—Te conozco. Cuando no puedes controlar lo que pasa, intentas al menos decidir rápido qué significa.
No respondí. Llevaba diez días haciendo exactamente eso con cada fotografía.
Benítez me esperaba en el pasillo. Me explicó que Jaime se había presentado a primera hora en una estación de servicio de Rincón, había pedido un teléfono y había dado su nombre. No lo habían localizado gracias a un rastreo brillante: él había decidido dejar de esconderse.
—¿Por qué ahora?
—Dice que recibió una llamada anoche y creyó que usted corría peligro. Lo ampliará en declaración.
—¿Está detenido?
—No. Tampoco puedo decirle que sea simplemente una víctima. Extrajo documentación corporativa, preparó su desaparición y permaneció ilocalizable diez días. Al mismo tiempo puede haber sufrido coacciones y ser testigo de un fraude. Tendremos que separar cada cosa.
Aquella forma de hablar dejó de parecerme fría. Era exactamente lo que yo necesitaba hacer también.
Vi a Jaime desde la puerta antes de que él me viera. Estaba sentado en una camilla, con la mano derecha vendada, barba de diez días y una camiseta que no reconocía. Parecía más delgado. Cuando levantó la cabeza, su cara cambió de una manera que me hizo detenerme a dos metros.
—Paula.
—Estás vivo.
—Sí.
—Diez días.
Bajó la mirada.
—Lo sé.
—No. Creo que todavía no.
Intentó levantarse y le pedí que se quedara sentado. Nerea se apartó hacia el pasillo. Jaime abrió la boca para disculparse, pero lo corté.
—No empieces por «lo siento». Empieza por decirme dónde has estado.
—Torrox primero. Después Rincón.
—¿Jorge fue a verte?
La sorpresa le cruzó la cara.
—Sí.
—¿Te hizo esto? —señalé la venda.
—No. Me lo hice yo. Discutimos y golpeé una puerta cuando se marchó.
La respuesta me quitó una explicación que, sin admitirlo, había seguido esperando. No lo habían retenido. No había una violencia externa capaz de convertir su silencio en algo que él no hubiera elegido.
—¿Podías volver?
Jaime tardó un instante.
—Sí.
La palabra dolió y, al mismo tiempo, agradecí que no intentara adornarla.
Me contó solo lo imprescindible antes de que entrara el médico.
Jorge había ido a Torrox porque Jaime lo llamó después de recibir la captura de una transferencia autorizada con sus credenciales.
Durante la discusión, Jorge utilizó Madrid, las descargas y la información sobre Barcelona para convencerlo de que podía construir una versión en la que Jaime pareciera responsable de todo.
Jaime abandonó Torrox de madrugada y llegó a Rincón gracias al contacto que Beatriz había mencionado semanas atrás.
Allí permaneció varios días pagando en efectivo y usando el teléfono básico que había comprado el sábado.
—Podías haberme escrito dos palabras —dije—. «Estoy vivo».
—Sí.
—Podías llamar a Mónica, a Nerea, a Beatriz, a la policía.
—Sí.
—Y decidiste que cuanto menos supiera yo, más segura estaría.
Jaime miró sus manos.
—Sí.
No discutió la intención ni intentó convertirla en una justificación. Fue la primera diferencia real que noté en él.
—¿Por qué has vuelto ahora?
—Anoche llamaron al teléfono barato. Una voz dijo: «Paula ya tiene la copia. Si no vuelves, pagará ella».
Sentí un frío inmediato en las manos.
—¿Cómo podían saber que la habíamos encontrado?
—No lo sé. Por eso salí esta mañana y fui directamente a la policía.
—Podías haberlo hecho antes.
—Sí.
Benítez entró entonces. Jaime tenía que declarar y yo debía salir. Antes de hacerlo, él dijo:
—La copia estaba en tu estuche rojo.
—Ya la encontramos.
El alivio en su cara me enfadó casi tanto como me tranquilizó.
En el pasillo, Nerea me preguntó si quería ir a casa.
Negué. Necesitaba quedarme hasta que Jaime terminara de declarar, aunque no sabía qué lugar ocupaba ya en su vida ni cuál quería que ocupara él en la mía.
Había pasado diez días deseando encontrarlo.
Ahora que estaba vivo, la desaparición empezaba a parecer la parte más sencilla de todo lo que quedaba por resolver.