CAPÍTULO 19
La segunda copia se abrió el jueves por la tarde.
No porque la policía rompiera el cifrado, sino porque yo encontré la contraseña en un sitio que me enfadó más de lo que me alegró.
Benítez me había devuelto temporalmente una copia forense de la parte accesible de la tarjeta para que identificara los seis archivos fotográficos.
Mientras revisaba metadatos vi que una de las imágenes tenía un campo de comentario añadido.
Yo nunca utilizaba comentarios en RAW. Allí había una frase:
«La fecha en la que dejamos de fingir que era casualidad.»
No era una contraseña completa, sino una referencia que solo necesitaba una segunda mitad.
Jaime y yo nos conocimos el 17 de noviembre de 2017, pero tardamos casi dos meses en admitir que estábamos saliendo.
El 6 de enero de 2018 regresamos juntos de una fiesta, nos quedamos hablando en mi portal hasta las cinco y, al día siguiente, Jaime dijo que quizá podíamos dejar de fingir que aquello era casualidad.
La fecha era 060118. La frase que él había escrito en el comentario —«dejamos de fingir»— me dio el resto. Propuse a la unidad técnica una combinación larga que Jaime habría podido recordar y que yo podía deducir: «060118_DejamosDeFingir!». Se lo dije a Benítez.
—No pruebe nada usted —advirtió.
La unidad técnica lo hizo. Funcionó.
Dos horas después estaba sentada en comisaría con Beatriz y un agente especializado que abría carpetas sin permitirme tocar el ordenador.
Había hojas de cálculo, copias de facturas, correos exportados y fotografías de documentos.
Jaime había ordenado el material por proyectos.
Los nombres no me decían nada: Mirador 14, Brisa Norte, Alameda Suites, Hiedra 3.
En cada carpeta aparecían pagos a constructoras, certificaciones de obra y notas suyas.
—Aquí —dijo Beatriz señalando una línea—. Esta factura y esta otra comparten número de certificación, pero pertenecen a dos inmuebles distintos.
—¿Eso es ilegal?
—Puede ser un error. Mira la siguiente.
Había otra coincidencia. Y otra. Un proveedor llamado Costa Sur Rehabilitaciones facturaba trabajos por cantidades redondas. Parte del dinero terminaba después en una consultora que compartía dirección con Áurea Servicios Corporativos.
El agente pidió que no sacáramos conclusiones todavía.
—Necesitamos documentos originales y confirmar que las copias no han sido alteradas.
—Jaime sabía eso —dijo Beatriz—. Por eso quería entregar la información formalmente.
En otra carpeta había correos entre Jaime y Jorge.
Nada incriminatorio. Jorge pedía prudencia, contexto, no alarmar a inversores.
En uno escribió: «Antes de convertir una inconsistencia en una acusación recuerda lo fácil que es que un error contable parezca otra cosa visto desde fuera». La frase podía ser sensata.
Después encontramos un archivo de texto titulado PARA B. Beatriz leyó primero.
«Si ocurre algo antes de que podamos entregar esto, la copia no está en casa.
P. no sabe nada. No quiero que la impliquen.
Si alguien utiliza Madrid, ya sabes por qué.
J. me enseñó información sobre Barcelona que Paula no me había contado.
No sé cómo la consiguió. Dice que debería preocuparme más por lo que ella prepara que por unas facturas que no entiendo. »
Me costó seguir leyendo.
«No creo que Paula esté haciendo nada malo. El problema es que sabe cosas que no debería saber nadie de la empresa. Si pueden seguirla, pueden hacer algo más. Voy a sacar otra copia y luego decidiré cómo entregarlo.»
Benítez me miró.
—¿Está bien?
—No.
La respuesta me salió automática. Jaime sabía lo de Barcelona.
Había visto algo. Jorge se lo había enseñado, al menos según el archivo que Jaime escribió antes de desaparecer.
Y Jaime no había pensado que yo lo engañara.
Había hecho algo quizá peor: había decidido solo cómo protegerme de un peligro que yo ni siquiera conocía.
El agente abrió la siguiente carpeta. Había una captura de una conversación entre Jaime y Jorge. No figuraba fecha visible, pero el archivo se había creado el domingo.
Jorge: «No puedes controlar todo lo que está ocurriendo fuera de tu vista.»
Jaime: «No estoy intentando controlar nada.»
Abrir el volumen cifrado cambió el problema de escala.
Hasta ese momento hablábamos de sospechas: duplicidades, proveedores conectados, una vigilancia difícil de justificar.
Dentro de la tarjeta había meses de trabajo de Jaime.
No era una denuncia terminada; era un mapa incompleto de algo que llevaba tiempo intentando comprender.
Beatriz reconocía algunos documentos porque él se los había enseñado.
Otros eran nuevos. Había hojas de cálculo con columnas coloreadas, capturas de un programa contable y notas escritas con una precisión casi obsesiva.
En una, Jaime había creado tres escenarios: error administrativo, fraude interno limitado y esquema continuado.
Debajo de cada uno anotaba qué datos lo confirmarían o descartarían.
—Esto es muy él —dije.
—¿Por qué?
—Porque incluso cuando sospecha que alguien roba dinero necesita una tabla para no exagerar.
El agente técnico casi sonrió. En la carpeta de Costa Sur aparecían diecisiete facturas.
Cinco correspondían a trabajos verificables.
Cuatro estaban duplicadas con pequeñas variaciones.
Las otras remitían a obras que, según fotografías de seguimiento, no parecían haberse ejecutado en las fechas facturadas.
Jaime había cruzado pagos con certificaciones de técnicos y descubrió que ciertos documentos se cargaban después de ser aprobados, sustituyendo versiones anteriores.
—¿Eso puede hacerlo una sola persona? —pregunté.
Beatriz negó.
—Depende del sistema, pero normalmente necesitas permisos distintos o colaboración.
El agente señaló una columna.
—Aquí aparecen usuarios de validación.
El nombre de Jaime se repetía en varias operaciones. Se me secó la boca.
—¿Él las aprobó?
—Eso dicen los registros exportados —respondió el agente—. Falta comprobar los originales.
—Pero estaba investigándolas.
—Una cosa no excluye la otra.
Madrid entró en la sala sin que nadie pronunciara la palabra.
Podía existir un fraude y Jaime podía estar implicado.
La tarjeta no lo absolvía automáticamente.
Ese fue quizá el momento más incómodo de la investigación: descubrir que la prueba que él escondió para protegerse también contenía elementos que podían perjudicarlo. Beatriz leyó mis pensamientos.
—Si quisiera ocultar su participación, no habría copiado esto.
—A menos que creyera que podía explicarlo.
—También.
—¿Tú sabías que su usuario aparecía?
—En algunos movimientos, sí. Por eso le insistí en que no sacara más datos y que formalizara la denuncia.
El agente abrió una nota fechada dos semanas antes. «Mi usuario valida pagos que no recuerdo haber revisado. Puede ser acceso delegado. Comprobar token.»
Otra, cuatro días después: «Token siempre en cajón salvo cierres desde casa. Preguntar sin alertar.»
—¿Qué es el token? —pregunté, aunque Sergio ya me lo había explicado.
—Segundo factor físico —dijo Beatriz—. Sin él no debería poder autorizarse una operación sensible.
—Entonces alguien tendría que acceder al cajón.
—O clonar el proceso. O utilizar una sesión abierta. No sabemos.
El siguiente archivo era una lista de fechas en las que el usuario de Jaime había validado operaciones y él afirmaba estar fuera. Dos coincidían con fines de semana. Una, con la boda de unos amigos nuestros en Toledo.
Recordé aquella boda perfectamente. Habíamos salido de Málaga el viernes y regresado el domingo.
Jaime pasó el sábado casi todo el día conmigo, salvo una hora en la que fue a ayudar al novio con un problema del coche.
Si había una operación validada desde Nácar durante ese tiempo, alguien había utilizado sus credenciales.
—¿Conservas fotos de esa boda? —preguntó Beatriz.
—Miles.
—No hace falta miles. Solo necesitamos situarlo.
La búsqueda dejó de ser abstracta. Mis fotografías podían servir, al fin, para algo más que reconstruir emociones. Podían fechar presencia física.
Antes de irme, Benítez entró en la sala. Había recibido parte del informe de Torrox. No encontraron signos de violencia, pero sí una huella de Jorge en un vaso y varias de Jaime. Era coherente con la visita que ambos habían reconocido.
—¿Y después? —pregunté.
—Jaime salió del apartamento la madrugada del jueves por el acceso lateral. Una cámara municipal lo captó a dos calles.
Me quedé quieta.
—¿Solo?
—Sí.
El alivio me hizo apoyar las manos en la mesa.
—Entonces Jorge no le hizo nada.
—No podemos afirmar qué ocurrió durante la reunión, pero Jaime salió vivo y por su propio pie horas después.
La escena que mi cabeza había construido se deshizo. Jorge podía haberlo amenazado, presionado o intentado recuperar la documentación. No lo había secuestrado en Torrox. Jaime eligió marcharse de nuevo.
—¿Adónde fue?
—Eso seguimos intentando saber.
Volví a la tarjeta. En la carpeta PARA B, Jaime había escrito que haría otra copia y luego decidiría cómo entregarlo. No hablaba de abandonar la investigación. Tampoco de regresar a casa.
Al final de una nota había una frase: «Si esto se tuerce, no quiero que Paula tenga que demostrar que no sabía. Por eso no puede saber.» Leí la línea dos veces.
El mecanismo era el mismo que en Madrid. Jaime seguía creyendo que el conocimiento debía administrarse según quién pudiera soportar sus consecuencias.
Jorge: «Entonces deja de buscar problemas que no puedes resolver.» Jaime: «¿Esto es una amenaza?»
Jorge: «Es un consejo de alguien que ya te ayudó una vez.» Nadie habló durante unos segundos. No era una confesión.
Pero ya no parecía una conversación sobre facturas mal conciliadas.