CAPÍTULO 18
Rubén había dejado la gorra en casa.
Parecía una observación absurda, pero durante más de una semana yo solo lo había conocido a través de una gorra azul. Sin ella era un hombre más corriente, con entradas pronunciadas y ojeras. Estaba sentado en una mesa exterior frente al mar cuando llegué. Había dos cafés. No toqué el mío.
—¿Benítez sabe que estás aquí? —preguntó.
—Sabe que me llamaste.
No era toda la verdad. Benítez sabía también dónde estaba yo y había dejado claro que no se sentaría a nuestra mesa, pero Rubén no tenía por qué conocer ese detalle. Sonrió sin humor.
—Bien jugado.
—No estoy jugando.
—Yo tampoco.
Sacó un sobre del bolsillo de la chaqueta y lo dejó sobre la mesa. Dentro había una fotografía impresa. Jaime aparecía saliendo del edificio de Nácar el lunes a las 20:36. Llevaba la bolsa oscura y miraba hacia atrás. A unos quince metros, todavía dentro del portal, Jorge lo observaba.
—¿Qué tiene de especial?
—Mira la esquina.
Amplié con el móvil haciendo una fotografía del papel. En el reflejo de una puerta de cristal se veía un segundo hombre. No lo conocía.
—¿Quién es?
—Víctor Quesada. Trabaja para una de las constructoras que factura a Nácar.
—¿Y?
—Mi encargo era documentar contactos de Jaime con terceros. Ese hombre no era un contacto suyo. Estaba esperando a Jorge.
—¿Por qué no entregaste la foto?
—Porque el martes, cuando Jaime desapareció, me pidieron que borrara parte del material y entregara solo lo relacionado con la supuesta filtración.
—¿Quién te lo pidió?
—Mi contacto en Litoral.
—¿Nombre?
—Esteban Pardo.
—¿Y quién se lo pidió a él?
Rubén apartó la mirada hacia el paseo.
—Eso no lo sé oficialmente. Extraoficialmente, llevaba meses recibiendo trabajos vinculados a Jorge Salas.
—¿Por qué no se lo has dicho a la policía?
—Se lo he dicho esta mañana.
—Entonces ¿por qué me citas?
—Porque hay algo más que les he contado y quiero que lo sepas antes de que te llegue deformado.
Se inclinó hacia delante.
—Yo seguí a Jaime hasta la estación el martes. Salió por un lateral y tomó un taxi. Lo seguí en el coche, pero lo perdí cerca de la salida de la ciudad porque se metió en tráfico. No sabía que iba a Torrox.
—¿Y me seguiste a mí?
—Sí.
—Barcelona.
Asintió.
—Me ordenaron averiguar con quién te reunías. Hice fotos y envié un informe. No sabía para qué lo querían.
—Eso te deja muy tranquilo, supongo.
—No. Me deja exactamente donde estoy.
—¿Jaime vio las fotos?
—No se las enseñé yo.
—¿Pero llegaron a Jorge?
—No puedo demostrarlo.
—Claro.
Rubén aceptó el desprecio sin responder.
—Después de que Jaime desapareciera me pidieron otra cosa —continuó—. Que averiguara si tú habías empezado a revisar material fotográfico de la semana anterior.
Sentí el café frío entre los dedos aunque no lo había probado.
—¿Cómo iban a saber que podía revisar fotos?
—Porque se comentó que eras fotógrafa y que Jaime podía haber aparecido accidentalmente en tu trabajo. No sé de dónde salió la idea.
—¿Te pidieron entrar en mi estudio?
—No.
—¿Buscar una tarjeta?
Rubén negó con la cabeza.
—No. Solo observar.
—¿Y el correo y el sobre?
—No fui yo.
—La foto era tuya.
—Sí. Pero la entregué como parte del informe el jueves anterior a la desaparición. A partir de ahí podía tenerla más gente.
Guardé la fotografía de Jaime, Jorge y el reflejo de Víctor.
—Esto se lo queda la policía.
—Ya tiene copia.
—¿Qué quieres de mí?
Rubén tardó en contestar.
—Que no me conviertas en el tipo que secuestró a tu novio porque salga al fondo de tres fotos.
—Te pagaron para seguirnos y callaste cuando alguien desapareció.
—Hablé con la policía en cuanto me localizaron.
—Después de que yo te persiguiera por la calle.
—Sí.
No intentó embellecerlo. Aquello lo hacía más fácil de creer y más difícil de perdonar.
Antes de irme me dio un número de factura y el nombre de una sociedad: Áurea Servicios Corporativos. Según él, Litoral facturaba allí los trabajos relacionados con Nácar.
—¿De quién es?
—Míralo con tu abogada.
Le pregunté por Torrox. Rubén afirmó no haber estado allí. Su encargo terminó oficialmente el martes cuando perdió el objetivo. El miércoles recibió otra instrucción: observarme a mí durante dos días y comprobar si yo contactaba con Beatriz.
—¿Por qué aceptaste si ya sospechabas?
—Porque era mi trabajo y porque sospechar que un cliente miente no siempre vuelve ilegal el encargo.
—Muy cómodo.
—Sí.
No discutió. Cuando me dio la factura de Áurea, hice una fotografía antes de guardarla.
El número de expediente de Litoral coincidía con el que aparecía en un correo de Rubén a su contacto.
Beatriz podría seguir el rastro mercantil, pero la factura ya mostraba algo: el seguimiento no lo pagaba directamente Nácar. Había una capa intermedia.
—¿Por qué montar todo esto si era una investigación corporativa legítima? —pregunté.
Rubén se encogió de hombros.
—A veces porque no quieren que aparezca en la contabilidad normal. A veces porque no era legítima. Yo no puedo decirte cuál.
Antes de irme le pregunté por la fotografía de Barcelona.
—¿La entregaste?
—Sí.
—¿Con qué información?
—Hora de entrada, salida, descripción de la mujer con la que te reuniste y matrícula del coche en el que llegó.
—Clara había alquilado un coche.
—Lo sé.
—¿La identificaste?
—Después. Su perfil era público.
Eso significaba que quien recibió el informe podía saber en cuestión de minutos que yo me había reunido con la coordinadora de una residencia de Barcelona.
No hacía falta entrar en mi correo. Bastaba con seguirme y buscar bien.
La idea fue casi peor. Durante días yo había imaginado una intrusión sofisticada, alguien dentro de mis cuentas. La realidad podía ser mucho más sencilla: una persona pagada para mirar lo suficiente.
Llamé a Beatriz desde la acera. Le di el nombre de Áurea y el número de factura. Mientras ella buscaba registros mercantiles, yo envié la fotografía a Benítez.
—¿Quién es Víctor Quesada? —pregunté.
Hubo un silencio breve.
—Precisamente alguien de quien quería hablar con usted.
—No es mi abogada.
—Pues debería.
Beatriz tardó menos de media hora en encontrar la relación. Áurea Servicios Corporativos compartía apoderado con una sociedad inmobiliaria administrada por el cuñado de Jorge.
No era una prueba de fraude.
El camino de Rubén dejaba de terminar en una empresa abstracta.
Terminaba en la familia de Jorge.