Antes de que desapareciera (Secretos tras la puerta 3) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Mónica llegó a mi casa con una carpeta de cartón y el enfado de quien llevaba más de una semana posponiendo una conversación inevitable.

—Esto es todo lo que tengo de Madrid —dijo.

Había conducido desde Córdoba después de visitar a su madre. Dentro llevaba copias de cartas que Jaime había guardado durante años, una resolución interna, correos impresos y dos hojas escritas por él. No entendí por qué estaban en manos de Mónica.

—Me las dio cuando se mudó a Málaga —explicó—. Dijo que no quería llevarse esa etapa, pero tampoco quería tirarla.

—¿Y tú la guardaste durante once años?

—Tengo un trastero. Es lo que hacemos los hermanos mayores: almacenar la mierda que los pequeños quieren olvidar.

Nos sentamos en el suelo del salón porque la mesa estaba cubierta de fotografías. Nerea se había ido a trabajar y después de varios días no había nadie dispuesto a amortiguar la conversación.

Los papeles de Madrid tenían una textura que los correos digitales no tenían.

Grapas oxidadas, esquinas dobladas, una mancha de café en una declaración de ocho páginas.

Mónica los había guardado durante once años y, al tocarlos, comprendí que para Jaime aquella historia no era una abstracción.

Había tenido peso, archivadores, reuniones, sobres enviados por correo certificado.

Leímos la resolución completa. El superior de Jaime fue despedido y posteriormente investigado por administración desleal y falsedad contable.

Jaime figuraba como empleado colaborador, pero la empresa le imponía una sanción interna por haber autorizado ajustes improcedentes.

No había condena penal contra él. Tampoco absolución moral.

La historia se resistía a las categorías sencillas.

Entre los papeles había también una carta de Jaime a un abogado.

En la última página había escrito: «Lo peor no es haber hecho algo que estaba mal.

Lo peor es descubrir cuánto tiempo puedes convencerte de que todavía estás a tiempo de arreglarlo sin que nadie lo sepa».

Once años después, la frase parecía describir con demasiada precisión lo que estaba haciendo otra vez.

—¿Jorge sabía todo esto? —pregunté.

—Lo supo antes de contratarlo —dijo Mónica—. Jaime tuvo que entregar la documentación en recursos humanos.

—¿Y por qué aceptó el trabajo?

—Porque llevaba meses encadenando entrevistas en las que, cuando llegaban a esa parte, la conversación cambiaba. Jorge fue el primero que dijo que prefería a alguien que hubiera metido la pata y colaborado después que a alguien que fingiera no haber fallado nunca.

Aquella frase sonaba generosa. También creaba una deuda emocional.

—¿Jaime hablaba mucho de él?

—Al principio sí. Le estaba agradecido.

—¿Y después?

—Menos. Los últimos meses decía que Jorge estaba demasiado encima de todo.

—¿En qué sentido?

—Revisaba decisiones pequeñas, preguntaba por expedientes que no eran suyos. Yo pensé que era trabajo.

Mónica hojeó una de las cartas y se quedó mirando el margen.

—Hay algo más.

—¿Qué?

—Cuando Jaime vino a Córdoba hace tres meses, me preguntó si recordaba el nombre del abogado que llevó el caso de Madrid. Le dije que había muerto. Entonces preguntó si conservaba su informe final.

—¿Por qué?

—Dijo que quería tener claro exactamente qué constaba por escrito.

El detalle encajaba con alguien que ya temía que su pasado fuera utilizado contra él.

Llamamos a Beatriz. Confirmó que Jaime le había enseñado una copia parcial del informe en su segunda reunión. Quería saber si aquello podía servir para desacreditar una denuncia actual. Ella le explicó que podían intentar hacerlo, pero que un episodio anterior no invalidaba pruebas documentales.

—¿Le habló de Jorge? —pregunté.

—Cada vez más.

—¿Dijo si lo amenazaba?

—No al principio. Decía que lo presionaba para dejar de revisar. Después empezó a utilizar la palabra amenaza.

—¿Con ejemplos?

—El lunes me dijo que Jorge había mencionado tu nombre sin motivo y había hecho referencia a una decisión personal tuya que Jaime no conocía.

Barcelona otra vez. Mónica me miró.

—¿Qué decisión?

Yo todavía no le había contado lo de la residencia. La explicación salió peor de lo que esperaba porque, en cuanto la pronuncié, vi en la cara de Mónica el mismo desconcierto que yo había sentido al descubrir la bolsa.

—¿Ibas a irte seis meses y Jaime no lo sabía?

—No sabía si me habían seleccionado.

—Pero lo habías solicitado.

—Sí.

—Joder, Paula.

—No necesito que te pongas de su parte.

—No me estoy poniendo de parte de nadie. Estoy intentando entender por qué una foto tuya en una reunión podía hacerle daño.

—Podía preguntarme.

—Sí.

—Y no lo hizo.

—Sí.

Aquella conversación fue una de las primeras en las que pude decir algo contra Jaime sin que Mónica lo defendiera automáticamente. A cambio, tuve que escuchar algo contra mí sin defenderme yo.

Por la tarde Benítez llamó. Jorge había reconocido oficialmente la visita a Torrox. Afirmaba que Jaime lo citó y que durante la conversación lo acusó de fraude sin pruebas. También dijo que Jaime llevaba una memoria USB y que se negó a entregársela.

—¿La encontraron en el apartamento? —pregunté.

—No.

—¿Entonces se la llevó Jaime?

—O no era una memoria. O Jorge se equivoca. O la cogió otra persona.

—¿Jorge registró el apartamento?

—Él dice que no.

Mi cabeza volvió a la tarjeta C11. Jaime había hecho una segunda copia, pero podía llevar una primera con él. Si Jorge fue a buscarla y no la consiguió, existía un motivo para seguir presionándolo.

Esa noche Rubén llamó. Su voz sonó distinta a la de la calle, más cansada.

—No quiero hablar por este número —dijo.

—Pues has llamado tú.

—Porque llevo dos días pensando si quedarme fuera.

—¿Fuera de qué?

—De lo que me contrataron para hacer. Tengo una foto que no entregué.

—¿Por qué?

—Porque cuando la hice me pareció que el encargo ya no era lo que me habían contado.

Acordamos vernos a las ocho de la mañana, en una cafetería del paseo marítimo, lejos del estudio.

Después llamé a Benítez y se lo conté, pese a que Rubén había advertido que se marcharía si veía policía.

La inspectora no discutió: no se sentaría a nuestra mesa, pero esta vez quería saber exactamente dónde estaba yo. La frase se quedó conmigo.

Vigilancia y cuidado podían parecerse desde fuera. Quizá la diferencia no estaba en quién miraba, sino en quién había dado permiso.