CAPÍTULO 16
La matrícula del Volvo no hizo falta verla completa. Yo tenía una fotografía mejor.
No reconocí el coche hasta que amplié el lateral del parabrisas. De la rejilla de ventilación colgaba un ambientador de madera en forma de pez. Me acordé porque Jorge lo llevaba desde hacía años y, en una cena, Jaime había bromeado con que olía a armario de hotel.
La matrícula se leía entera. Acababa en KRD.
La cámara de Torrox solo había captado tres letras y dos números con claridad. Coincidían.
Llamé a Benítez. Esta vez no tuve que insistir demasiado.
—Envíeme el original —dijo.
—¿Es su coche?
—No puedo confirmarlo todavía.
—Yo sí puedo.
—Usted puede reconocer un vehículo que ha visto antes. La titularidad la comprobaremos nosotros.
—¿Qué hacía Jorge en Torrox el miércoles?
—No sabemos que fuera él quien condujera.
—Su coche estuvo allí.
—Sí.
La palabra me produjo más miedo que alivio.
Hasta entonces todo podía defenderse con explicaciones paralelas.
Jaime sacó dinero porque quería marcharse.
Compró un teléfono porque preparaba una huida.
Rubén seguía a empleados porque existía una investigación corporativa.
Jorge mintió con una hora porque la recordó mal.
Pero un coche no podía recordar mal dónde había estado.
Nerea apareció poco después con comida. Yo seguía mirando la foto del Volvo.
—No vayas a buscarlo —dijo.
—No he dicho nada.
—Tu cara sí.
—Quiero preguntarle.
—Y él va a decirte que prestó el coche, que fue un empleado, que estuvo viendo una obra o que Torrox sigue siendo un municipio al que puede ir gente sin pedirte permiso.
—Entonces sabré qué versión ha elegido.
—No eres policía.
—Ya me lo recuerdan bastante.
—Y yo te recuerdo otra cosa: alguien te ha mandado fotografías para asustarte.
Volví a casa porque empezaba a resentir que una persona desconocida pudiera decidir dónde dormía. Dejé una luz encendida en el pasillo y el teléfono sobre la mesilla, pero apenas había tenido tiempo de quitarme los zapatos cuando volvió a sonar.
Era Jorge.
—La policía me ha preguntado por Torrox —dijo sin preámbulo.
—Qué casualidad.
—Paula, ¿les has dado una foto de mi coche?
—Sí.
Guardó silencio.
—Estuve allí.
No esperaba que lo admitiera tan deprisa.
—¿Por qué?
—Jaime me llamó.
Me incorporé en la cama.
—¿Cuándo?
—El miércoles por la mañana. Desde un número oculto. Me dijo que necesitaba hablar conmigo y que fuera solo.
—¿Y no se lo contaste a la policía?
—Sí se lo he contado hoy, en cuanto me han preguntado por el coche.
—Una semana después.
—Porque Jaime me pidió que no dijera dónde estaba.
Me eché a reír, una reacción que lo dejó callado.
—Es increíble. Todo el mundo obedeció a Jaime menos yo, porque a mí decidió no decirme nada.
—No estoy justificándolo.
—¿Qué pasó en Torrox?
—Discutimos.
—¿Sobre el fraude?
—Sobre su acusación de fraude.
—¿Estaba bien?
—Estaba nervioso. Dormía poco. Hablaba como si alguien fuera a matarlo por unas facturas mal conciliadas.
—¿Llevaba la bolsa?
—No me fijé.
—¿Un teléfono nuevo?
—Paula…
—¿Le pediste que te diera documentos?
Jorge tardó en responder.
—Le pedí que devolviera información de la empresa que había sacado sin autorización.
—¿Te la dio?
—No.
—¿Lo amenazaste con Madrid?
El silencio se alargó.
—No.
—¿Le enseñaste fotos mías?
—No.
—¿Sabías lo de Barcelona?
—Ya te he dicho que no.
Respiré.
—¿A qué hora te fuiste de Torrox?
—No miré el reloj.
—La cámara dice que tu coche estuvo cuarenta y siete minutos.
—Entonces cuarenta y siete minutos.
—¿Jaime seguía allí cuando te fuiste?
—Sí.
Benítez llamó veinte minutos después para pedir una copia de la conversación si la había grabado. No lo había hecho. La inspectora suspiró.
—Paula, necesito que deje de obtener declaraciones por teléfono sin avisar.
—No sabía que iba a admitir Torrox.
—Precisamente.
—¿Eso le perjudica?
—Nos da información. Ya veremos qué significa.
Antes de medianoche Benítez volvió a llamar. Habían localizado al encargado del edificio, que recordaba el Volvo porque aparcó en una zona donde estaba prohibido. También recordaba a Jorge: traje oscuro, camisa blanca, sin equipaje. Lo vio entrar y salir solo.
—¿Vio a Jaime después? —pregunté cuando Benítez me lo contó.
—No.
—¿Antes?
—Sí. Esa mañana salió a comprar comida y regresó.
Jaime estaba vivo pocas horas antes de que Jorge llegara. Después, el rastro se volvía más débil.
En mi cabeza la escena adquiría una forma demasiado fácil: Jorge entraba, discutía, ocurría algo. Me obligué a escribir debajo de la fotografía del Volvo: «SABEMOS QUE ESTUVO. NO SABEMOS QUÉ PASÓ».
El acto de escribirlo me calmó durante unos minutos.
Luego Jorge me envió un mensaje: «No te fíes de todo lo que te cuenten sobre Jaime. Él tampoco te ha contado todo». No respondí.