Antes de que desapareciera (Secretos tras la puerta 3) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

—¿Pueden abrirlo?

—Probablemente, con tiempo. Si Jaime utilizó una contraseña fuerte será más complicado.

—Él la conoce.

—Si aparece, se lo preguntaremos.

—Gran plan.

La inspectora ignoró el comentario.

—Hay otra cosa —añadió—. Fuera del volumen cifrado hay seis archivos RAW suyos.

No pertenecían a una única sesión. Eran fotografías antiguas de trabajos y pruebas de cámara que yo ya conservaba en otros discos.

Jaime no había comprado un soporte nuevo: había utilizado C11 precisamente porque ya parecía una tarjeta corriente de mi archivo y porque sabía que yo no la formatearía mientras siguiera dando errores.

El escondite era mejor de lo que había pensado. También implicaba algo difícil de ignorar: me había mantenido fuera de todo y, al mismo tiempo, había confiado en mis rutinas para proteger una copia.

Más tarde, Beatriz vino al estudio. Le expliqué lo de la tarjeta.

—Eso era —dijo.

—¿Te lo había insinuado?

—Dijo que la segunda copia estaría donde nadie buscaría un Excel.

—Podrías haber mencionado que hablaba como un acertijo barato.

Sonrió por primera vez desde que la conocía.

—Estaba bastante asustado. La gente asustada suele creerse más ingeniosa de lo que es.

Nos sentamos junto a la ventana. Le pregunté por Torrox. Ella se sorprendió.

—¿Por qué Torrox?

—Buscó alquileres allí.

Beatriz tardó un momento.

—Le mencioné un apartamento vacío.

—¿Tuyo?

—De una tía. Está en Torrox Costa. Lo usamos algunos fines de semana, pero ahora lleva meses cerrado.

—¿Le diste la dirección?

—Sí.

—¿Llaves?

—Le dije dónde había una copia, pero también le dije que no fuera. Era una posibilidad de emergencia, no un plan.

Me levanté.

—¿La policía sabe esto?

—Se lo conté.

—¿Han ido?

—No lo sé.

Las seis fotografías de la tarjeta eran mías, pero habían sido elegidas por Jaime.

Ese detalle me resultó más íntimo que el cifrado.

Podía haber copiado cualquier archivo para disimular el volumen oculto y, sin embargo, escogió imágenes concretas: una del estudio, otra de un pasillo de hotel, dos tomas de una fachada, una prueba de luz hecha en casa y una foto de la mesa del comedor con nuestras manos entrando por lados distintos del encuadre.

—¿Tienen algo en común? —preguntó Benítez cuando me las enseñó.

—No lo sé.

—¿Fechas?

—Tres son de hace meses. Dos del año pasado. La de casa es reciente.

—¿Lugares?

—Ninguno relacionado con Nácar.

El técnico abrió los metadatos. Las fechas originales estaban intactas.

Nada parecía añadido salvo el volumen cifrado.

Yo miré la foto de la mesa. La había tomado para probar una cámara nueva.

Jaime sujetaba una taza a la izquierda y yo aparecía solo por una mano que estiraba un plato.

En su momento la guardé porque me gustaba la luz.

Ahora me pregunté por qué la había elegido él.

—Igual solo necesitaba archivos grandes —dijo Benítez.

—Podía coger cualquiera.

—Exacto.

La inspectora ya sabía que la contradicción me irritaba. Que algo pudiera tener una intención y, al mismo tiempo, ninguna.

Volví al estudio con copias de las seis imágenes y pasé la tarde comparándolas con mi archivo.

En una de las fotografías de fachada, tomada el lunes anterior, había un coche negro parcialmente visible en la calle.

Apenas una esquina del capó. No era suficiente para reconocer modelo ni matrícula. Lo marqué y seguí.

La tarjeta podía tardar días en abrirse.

Esa espera me devolvió a los hechos que sí podía revisar.

Abrí la carpeta SIETE DÍAS y ordené todas las apariciones de Jaime, Rubén, Jorge y Beatriz.

El resultado parecía un tablero de conspiración y lo odié por eso.

Nunca había soportado las películas en las que alguien pega fotografías en una pared y traza líneas rojas como si la verdad fuera una geometría.

Yo estaba haciendo algo parecido con cinta de pintor y notas adhesivas.

Nerea llegó con comida y se quedó observando.

—Has cruzado una frontera estética.

—No hay hilo rojo.

—Dale dos días.

Le enseñé la foto de la fachada.

—¿Eso es un coche?

—Parte de uno.

—Podría ser negro.

—Es negro.

—Podría ser un Volvo.

—No se ve.

—Bien. Me gusta esta nueva tú que admite cuando una foto no demuestra lo que quiere.

Le lancé un bolígrafo. Por la noche Benítez llamó con otra novedad.

La policía había localizado el apartamento de Torrox Costa que Beatriz había mencionado.

Una cámara exterior mostraba a Jaime entrando el martes a las 13:26 con la bolsa oscura; la copia de la llave seguía en el escondite indicado por la familia, aunque alguien la había usado.

—Entonces llegó allí después de dejar el coche —dije.

—Sí.

—¿Sigue dentro?

—No.

Me puse de pie.

—¿Cómo que no?

—El apartamento está vacío. Hay indicios de que pasó al menos una noche: ropa, envases, una botella y la bolsa oscura. Estamos procesándolo.

—¿Sangre?

—No visible.

—¿Forzaron la puerta?

—No.

—¿Se llevó sus cosas?

—Parte. Encontramos una camiseta y productos de aseo.

La escena encajaba con una estancia preparada. Jaime había llegado vivo a Torrox y se había instalado. No era un secuestro desde la estación. Tuve al fin una certeza que me dolía y me tranquilizaba a la vez: el primer tramo de la desaparición había sido voluntario.

—¿Cuándo salió?

—No tenemos una imagen clara de la salida. El edificio tiene un acceso lateral.

—¿Entonces no saben si salió por su propio pie?

—Estamos comprobándolo.

El teléfono seguía en mi mano cuando Nerea se acercó.

—Está vivo en Torrox el martes —dije.

—Eso es bueno.

—Sí.

—Puedes decirlo sin enfadarte.

—Estoy intentando aprender.

Benítez volvió a llamar veinte minutos después.

Habían revisado la cámara de un comercio en la calle de entrada a la urbanización.

El miércoles por la tarde aparecía un vehículo negro que permanecía dentro menos de una hora.

La imagen era lejana. Solo se distinguía la silueta, parte de la matrícula y un reflejo en el parabrisas.

Me pidió que no hiciera nada con esa información.

—¿Qué significa «nada»?

—Que no llame a personas preguntando por coches, no vaya a Torrox y no intente identificar a nadie a partir de tres píxeles.

—Me conoces fatal. Haría falta al menos cinco.

No se rió. Me envió una captura porque necesitaba confirmar si el coche podía pertenecer a alguien que yo conociera. La amplié solo lo necesario. Volvo. Negro. Parte de una matrícula. El ambientador no se veía.

Aquella noche busqué fotografías antiguas de cenas de Nácar.

No para acusar a nadie, me dije, sino para comprobar modelos.

En una imagen de hacía dos años, tomada a la salida de un restaurante, Jorge aparecía abriendo la puerta de un Volvo negro.

El coche se veía de lado y la matrícula quedaba cortada.

La coincidencia podía ser eso: coincidencia.

Desde Torrox no había sentido con tanta claridad que la desaparición voluntaria de Jaime podía haber dejado de ser voluntaria en algún punto.