CAPÍTULO 14
No llamó antes. Poco después escuché el timbre, abrí y lo encontré con una carpeta bajo el brazo y una expresión cansada.
—Espero no molestar.
—Depende.
Sonrió de forma breve.
—Me lo merezco.
Lo dejé pasar porque la alternativa habría sido mantener una conversación en el portal. Nerea estaba al fondo, terminando de exportar un vídeo en su portátil. Se levantó al verlo.
—Jorge, Nerea. Nerea, Jorge.
—Nos conocemos de una cena —dijo él.
Nerea lo miró unos segundos.
—Puede.
No ayudó a que el ambiente resultara cómodo.
Jorge dejó la carpeta sobre una mesa.
—He hablado con Sergio. Me ha dicho que fuiste a la oficina.
—Sí.
—Y supongo que te ha contado que el lunes discutí con Jaime.
—Entre otras cosas.
—Quería aclarártelo antes de que parezca más de lo que fue.
—Ya se lo has aclarado a la policía.
—También quiero hacerlo contigo.
Abrió la carpeta. Había impresiones de correos corporativos. Me enseñó uno de Jaime, enviado el lunes a las 16:12, solicitando acceso a un archivo histórico de proveedores. Debajo, una respuesta de Jorge negándolo hasta que explicara para qué lo necesitaba.
—Discutimos porque volvió a pedirlo en persona y porque le dije que estaba cruzando una línea. Eso fue todo.
—¿Por qué me dijiste que te habías ido antes de las siete?
Jorge apoyó las manos sobre la mesa.
—Porque llevo una semana respondiendo preguntas sobre horas de un día que, hasta que Jaime desapareció, era completamente normal. Salí, volví, me fui otra vez. No estaba intentando engañarte.
Nerea no intervino, pero su presencia me daba una tranquilidad que no había previsto.
—¿Conoces Litoral Análisis?
Jorge asintió esta vez.
—Sí. Lo he averiguado después de que me preguntaras. Nácar ha trabajado con ellos a través de un despacho externo.
—¿Para seguir empleados?
—Para investigaciones internas cuando hay fugas o conflictos. Yo no contraté a Gálvez.
—¿Quién lo hizo?
—Según legal, el encargo salió de un protocolo de seguridad vinculado a la revisión que estaba haciendo Jaime.
—Eso no tiene ningún sentido. Si Jaime estaba investigando un fraude, ¿la empresa lo seguía por investigar?
—Si alguien extrae documentación sensible sin autorización, se investiga la extracción. Que después él diga que estaba denunciando algo no elimina el problema.
Jorge habló sin elevar el tono. Era precisamente lo que lo hacía convincente. No defendía una inocencia perfecta; ofrecía procedimientos, correos, matices.
—¿Le enseñaste a Jaime una fotografía mía? —pregunté.
Su frente se arrugó.
—¿Qué fotografía?
—Entrando en una entrevista por una residencia en Barcelona.
—No.
—¿Sabías que existía?
—Me lo preguntaste por teléfono. Te dije que no.
—Alguien me la ha enviado.
Jorge se quedó inmóvil.
—¿Cuándo?
—Ayer.
—¿La policía lo sabe?
—Sí.
Pareció genuinamente preocupado. Se acercó un poco, pero Nerea se movió también y él se detuvo.
—Paula, si están intentando intimidarte, deberías salir de aquí unos días.
—Eso me ha dicho Nerea.
—Pues hazle caso.
Miró alrededor del estudio. Sus ojos pasaron por las estanterías, las mochilas, las cajas de material. Fue un recorrido normal de alguien que no estaba allí a menudo. Aun así, cuando se detuvo en el armario de tarjetas sentí una tensión absurda.
—¿Jaime dejó algo aquí? —preguntó.
No supe si mi cara cambió.
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque, si estaba sacando documentación, podría haber utilizado tu estudio. Tenía llaves, ¿no?
—Sí.
Jorge asintió.
—La policía debería revisar cualquier dispositivo que no reconozcas.
Nerea cerró el portátil con más fuerza de la necesaria.
—Ya lo saben —dijo.
Jorge la miró y luego volvió a mí.
—Bien.
La conversación terminó poco después. Se marchó dejando la carpeta con los correos.
Cuando la puerta se cerró, Nerea esperó cinco segundos.
—¿Te has fijado?
—Sí.
—No he dicho en qué.
—En que preguntó si Jaime había dejado algo aquí.
—No. En que miró el armario antes de preguntarlo.