Antes de que desapareciera (Secretos tras la puerta 3) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Benítez no compartió mi entusiasmo.

—Que el señor Salas recuerde mal una hora no demuestra nada.

—No la recordó mal. Me dijo que se había ido antes de las siete y que Jaime seguía trabajando. Sergio los vio discutir sobre las siete.

—Lo comprobaremos.

—¿Cuántas cosas hay que comprobar antes de que dejen de parecer coincidencias?

La inspectora se quitó las gafas y las dejó encima de la mesa.

—Todas las necesarias.

Habíamos quedado en una cafetería cerca de la comisaría porque ella llevaba todo el día entrando y saliendo. Yo había llegado con una carpeta que empezaba a parecerse demasiado a una investigación propia: copias de fotografías, horas, notas, capturas de mensajes. Benítez la miró sin tocarla.

—¿Sabe qué problema tiene esto? —preguntó.

—Ilústreme.

—Que usted puede construir una historia muy convincente con información incompleta.

—Eso hago con fotografías todos los días.

—Exacto.

No me gustó que utilizara mi oficio contra mí.

—Rubén nos sigue. Jorge conoce el pasado de Jaime. Jaime sospechaba de él. Jorge miente sobre la última tarde. Y alguien me envía una fotografía obtenida por el detective.

—Todo eso es relevante.

—Pero.

—Pero todavía no sabemos si Salas encargó el seguimiento, si tuvo acceso a esa fotografía, si conocía la reunión con Beatriz o si la discusión del lunes estaba relacionada con el fraude que Jaime sospechaba.

—¿Han hablado con él?

—Sí.

—¿Qué dice?

—Que la discusión fue por la manera en que Jaime estaba accediendo a documentación interna y que confundió el horario cuando habló con usted.

—Qué conveniente.

Benítez volvió a ponerse las gafas.

—La realidad suele ser mucho más conveniente para alguien de lo que le gustaría a la parte contraria.

Antes de irse me preguntó por mis tarjetas de memoria.

—¿Ha revisado su equipo?

—Todavía no todo.

—La señora Sanz nos dijo que Jaime podía haber dejado una copia entre sus cosas.

—Tengo más de cien tarjetas.

—Pues no las toque más de lo necesario. Si encuentra algo extraño, llámenos.

Volví al estudio y me quedé mirando el armario donde guardaba material antiguo.

Las tarjetas no estaban realmente mezcladas.

Yo tenía un sistema, aunque Nerea afirmaba que llamar sistema a tres cajas con etiquetas era generoso.

Las de trabajo activo estaban en un estuche rojo dentro de la mochila.

Las descargadas pendientes de formatear, en una caja negra.

Las antiguas o reservadas, en sobres fechados.

Jaime conocía ese sistema. Había escuchado suficientes veces mis quejas cuando no encontraba una tarjeta concreta. Empecé por el estuche rojo.

El estuche tenía doce ranuras y once tarjetas porque una seguía dentro de la cámara.

Las fui sacando una a una hasta llegar a C11, una SD de 128 GB con una pequeña marca plateada en una esquina.

La reconocí enseguida: meses atrás había empezado a dar errores de escritura y la había apartado sin llegar a tirarla.

No la introduje en el ordenador. Recordaba perfectamente haberla dejado entre el material que casi nunca utilizaba, y precisamente por eso me inquietó encontrarla en el estuche activo. Llamé a Benítez.

Un técnico llegó con la inspectora una hora después.

Fotografió C11 donde estaba, la guardó en una funda antiestática y me preguntó cuándo podía haberla manipulado Jaime.

Le expliqué que tenía llaves del estudio y que el domingo anterior había estado allí mientras yo trabajaba; durante unos minutos incluso se había quedado solo.

—Si copió algo aquí, ¿podrán recuperarlo aunque la tarjeta estuviera dañada?

—pregunté. El técnico respondió que muchas veces el fallo afectaba al sistema de archivos y no al contenido.

Benítez me cortó antes de que preguntara cuánto tardarían: no pensaba darme una hora que pudiera utilizar para llamarla cada veinte minutos.

Cuando se marcharon me quedé mirando el hueco vacío del estuche.

Recordé el domingo anterior. Yo había estado editando una sesión de un hotel hasta media tarde.

Jaime preparó café, entró dos veces al estudio y, en un momento, me preguntó si seguía guardando «todas esas tarjetas muertas».

Me reí y dije que los fotógrafos éramos incapaces de tirar almacenamiento digital, aunque supiéramos que fallaba.

La conversación había durado menos de un minuto. Ahora tenía otra lectura.

Abrí el registro de mi programa de edición. La tarjeta C11 se había conectado al ordenador el domingo a las 19:42. Yo estaba fuera comprando cena; el ticket del supermercado marcaba 19:51. El acceso duró catorce minutos.

—Hijo de puta —murmuré.

No porque hubiera escondido algo. Porque lo había hecho utilizando un hábito que conocía de mí.

Jaime sabía que yo no revisaría una tarjeta marcada como defectuosa, que la guardaría durante meses y que nadie buscando documentos financieros empezaría por un estuche de memoria fotográfica. Llamé a Nerea.

—La conectó el domingo.

—¿La tarjeta?

—Sí. Mientras yo estaba comprando.

—Eso es bueno, ¿no? Significa que probablemente haya una copia.

—También significa que llevaba el plan dentro de casa y me dejó preparar la cena como si nada.

Nerea guardó silencio.

—Las dos cosas pueden ser verdad —dijo.

—Estoy empezando a odiar esa frase también.

La policía tardó horas en confirmar únicamente que había datos cifrados.

No podían abrirlos sin trabajar sobre una imagen forense.

Había además seis archivos RAW perfectamente normales, fotografías mías de hacía meses.

Jaime no los había borrado. Eso reforzaba la apariencia de una tarjeta corriente.

Cuando me quedé sola volví a mirar el hueco vacío del estuche.

Lo inquietante ya no era que Jaime hubiera podido esconder una copia en mi estudio, sino que hubiese elegido una tarjeta que sabía que yo conservaría sin utilizar.

Había convertido uno de mis hábitos en parte de su plan sin decirme una palabra.