CAPÍTULO 12
El sobre llegó esa misma tarde por mensajería.
No tenía remitente. El repartidor solo sabía que se había contratado el servicio desde una plataforma y que él había recogido el paquete en un punto automático. Dentro había una copia en papel de la misma fotografía de Barcelona y una nota escrita con impresora.
«ÉL YA LO SABÍA.»
No hizo falta que Benítez me pidiera que no tocara más de lo necesario. Lo dejé sobre la mesa y fotografié cada lado antes de guardarlo en una bolsa limpia. La inspectora envió a un agente a recogerlo.
—Esto ya no parece una comprobación corporativa —dijo Nerea.
—No.
—¿Te quedas en mi casa?
—No quiero irme del estudio ni de casa cada vez que alguien mande un sobre.
—No te he preguntado por principios. Te he preguntado dónde vas a dormir.
Acepté que, si seguía sintiéndome vigilada al terminar el día, dormiría en su piso de Teatinos. Antes de marcharnos me quedé un rato en el estudio, incapaz de apartar la vista de la nota.
«Él ya lo sabía.»
Si era verdad, la frase no solo pretendía asustarme.
Pretendía cambiar mi lectura de la desaparición.
Jaime sabía que yo podía marcharme seis meses y no me había dicho nada.
Yo sabía que él se reunía con una mujer y no podía preguntarle.
Los dos habíamos acumulado silencios y ahora una persona desconocida los colocaba uno junto al otro como si formaran una explicación completa.
Llamé a Clara Montseny poco después.
Habíamos hablado dos veces por videollamada y una en persona. Le expliqué que necesitaba saber si alguien había preguntado por nuestra reunión.
—No —respondió—. ¿Ha ocurrido algo?
No le conté detalles.
—¿Publicaste que estabas en Málaga?
—Sí, en LinkedIn. Estuve dos días por reuniones. Pero no puse contigo.
—¿Alguien podía saber que yo había solicitado la residencia?
—Las candidaturas son confidenciales hasta la resolución.
—¿Cuánta gente las ve?
—El comité, administración y yo. Paula, si esto tiene que ver con tu pareja desaparecida, quizá deberías hablar con la policía.
—Ya lo he hecho.
Clara guardó silencio.
—¿Quieres retirar la candidatura?
La pregunta me sorprendió.
—No.
—Te lo pregunto porque la decisión final sale la semana que viene. No quiero que esto te obligue a hacer algo que no quieras.
Después de colgar pensé que llevaba semanas actuando como si Barcelona fuera un problema que solo existiría si me seleccionaban.
La candidatura ya había tenido consecuencias antes de que yo tomara ninguna decisión.
Jaime podía haberse sentido traicionado.
Podía haber interpretado mi silencio como una salida preparada.
Nada de eso explicaba el fraude. Tampoco explicaba al detective.
Pero sí podía explicar una parte de su miedo.
A última hora de la tarde fui a Nácar sin avisar. Jorge no estaba. La recepcionista dijo que había salido a una reunión en Marbella y que esperaban que regresara antes de que cerraran. Le pedí hablar con Sergio, el compañero al que había escrito la primera noche.
Sergio apareció con una taza de café y cara de no entender por qué la pareja de Jaime se presentaba en la oficina.
—Lo siento, Paula. No contesté esa noche porque tenía el móvil en silencio. Cuando lo vi ya estaba la policía preguntando.
—No pasa nada. Quiero preguntarte por el lunes.
—Ya se lo conté a la inspectora.
—Yo no soy la inspectora.
Sonrió con nerviosismo.
—Eso lo tengo claro.
Nos sentamos en una sala pequeña.
—¿Jaime estaba raro?
—Sí.
—Todo el mundo dice eso ahora.
—Pues porque lo estaba.
—¿Raro cómo?
Sergio pensó.
—Preguntaba cosas que normalmente resolvería solo. Quién podía ver descargas del servidor, cuánto tiempo se guardaban registros, si legal podía recuperar correos borrados. Cosas así.
—¿Habló de Jorge?
La mirada de Sergio se desplazó hacia la puerta.
—No directamente.
—Eso suele significar que sí.
—Una vez dijo que había gente que confundía ser leal a la empresa con ser leal a una persona.
—¿A quién se refería?
—No lo sé.
—¿Jorge estaba allí el lunes por la tarde?
—Sí.
Me quedé quieta.
—Me dijo que había estado fuera casi toda la tarde.
—Salió varias veces. Pero estuvo. De hecho, discutieron.
—¿Jaime y Jorge?
—No oí qué decían. Cerraron el despacho.
—¿A qué hora?
—Sobre las siete.
—Jorge me dijo que se había marchado antes de las siete.
Antes de levantarnos, Sergio recordó algo más de aquella discusión. Desde fuera del despacho había oído a Jaime decir con claridad: «No vuelvas a meter a Paula en esto». Le había llamado la atención porque, hasta entonces, no sabía que yo tuviera ninguna relación con lo que Jaime estaba revisando.
—¿Seguro de la frase? —pregunté.
—Bastante. Jorge salió enfadado, volvió cinco minutos después con el móvil en la mano y entró otra vez. Yo me marché cerca de las nueve y él seguía allí.
Antes de irme le pregunté por los accesos al sistema.
Sergio me explicó que una contraseña no bastaba: Jaime tenía un token físico, parecido a una llave USB con código, que normalmente guardaba en el cajón de la oficina y casi nunca se llevaba a casa.
Guardé el dato sin saber todavía por qué podía importar.
Jorge volvió mientras yo estaba en recepción. Nos cruzamos junto a los ascensores. Llevaba una carpeta y parecía sorprendido de verme.
—Paula. ¿Todo bien?
—He hablado con Sergio.
—Ya veo.
—Dice que discutiste con Jaime el lunes por la tarde.
La sorpresa desapareció.
—Discutir es una palabra grande. Tuvimos una conversación difícil.
—Me dijiste que te habías marchado antes de las siete.
—Dije que salí de la oficina. Volví después.
—No lo mencionaste.
—Porque no pensé que fuera relevante.
Era exactamente la clase de respuesta que yo había utilizado durante semanas para Barcelona.
—¿De qué hablasteis?
—De trabajo.
—¿Y de mí?
Jorge tardó una fracción de segundo.
—Jaime estaba preocupado por ti.
—¿Por qué?
—Eso tendrías que preguntárselo a él.
—No puedo.
Su cara cambió, quizá porque la frase lo hizo parecer cruel.
—Lo siento. De verdad.
—¿Le enseñaste una fotografía mía?
—No.
Respondió demasiado rápido. No dije nada más. Bajé al vestíbulo y llamé a Benítez. La inspectora escuchó todo y me pidió por tercera vez que no confrontara a Jorge sin avisar.
—No lo he confrontado. Le he preguntado.
—Paula, para usted la diferencia parece mayor de lo que es.
La contradicción de Jorge seguía siendo pequeña, casi administrativa: una hora mal contada, una salida y un regreso que había omitido. Precisamente por eso me inquietaba. Las mentiras grandes se preparan; las pequeñas suelen escapar porque quien las cuenta cree que nadie va a detenerse en ellas.