CAPÍTULO 11
El correo anónimo consiguió lo que ningún razonamiento había logrado hasta entonces: me hizo dejar de mirar las fotografías.
Imprimí los encabezados sin saber si servía de algo y llamé a Benítez.
La inspectora envió a dos agentes al estudio y me pidió que no respondiera, no reenviara los archivos salvo a ella y no intentara averiguar por mi cuenta desde dónde se había enviado.
La fotografía de la entrevista me preocupaba; el documento de Madrid me enfurecía.
Era una hoja interna fechada once años atrás.
No contenía acusaciones penales, pero sí una relación de movimientos que Jaime había autorizado y una observación escrita por alguien de recursos humanos: «El empleado reconoce haber ejecutado ajustes indicados por su superior aun sabiendo que no se correspondían con la situación real de determinadas partidas».
Debajo figuraba su firma. No parecía una falsificación improvisada.
—¿Tú sabías esto? —preguntó Nerea.
—Sabía que su primer trabajo terminó mal.
—No te he preguntado eso.
—No.
La palabra me salió más seca de lo que pretendía. Nerea se sentó en el borde de una mesa, lejos del ordenador que los agentes acababan de fotografiar.
—Puede que el correo quiera exactamente que pienses lo peor.
—Que quiera algo no convierte el documento en falso.
—Tampoco en toda la historia.
—Últimamente todo tiene una parte que nadie me contó.
Llamé a Mónica. Tardó en responder y, cuando lo hizo, supe por el tono que estaba con su madre.
—Necesito verte.
—Ahora no puedo salir.
—Entonces hablamos por teléfono. ¿Qué pasó en Madrid?
Silencio.
—¿Quién te ha contado eso?
—Me han mandado un documento.
—¿Quién?
—No lo sé.
Mónica pidió a alguien que esperara y escuché una puerta cerrarse.
—Paula, Jaime era muy joven.
—Tenía veinticinco años, no doce.
—Ya lo sé.
—¿Firmó cuentas falsas?
—No sé exactamente qué firmó.
—¿Pero sabías que hubo una investigación?
—Sí.
La confirmación me hizo cerrar los ojos.
—¿Y nunca se te ocurrió que yo debía saberlo?
—No era mi historia para contar.
—Todo el mundo utiliza esa frase cuando decide que la ignorancia me conviene.
Mónica guardó silencio.
—Mi hermano cometió una cagada —dijo finalmente—. Se dejó arrastrar por un jefe que le dijo que eran ajustes temporales y luego siguió haciéndolos cuando ya sabía que no era así. Después ayudó a destaparlo. Eso es lo que yo sé.
—¿Lo echaron?
—Renunció antes.
—¿Por qué no me lo contó?
—Pregúntaselo cuando aparezca.
—Muy útil.
—No puedo responder por él, Paula.
—Llevas una semana haciéndolo.
Colgué peor de lo que había llamado.
A primera hora de la tarde Benítez volvió al estudio. Se quedó de pie mientras examinaba la fotografía de mi entrevista.
—Gálvez reconoce que la tomó —dijo.
—¿Para quién?
—Para Litoral Análisis.
—¿Y quién encargó el trabajo?
—La empresa recibió instrucciones de una sociedad que presta servicios a Nácar. Estamos siguiendo la facturación.
—Eso suena a una manera muy larga de decir Jorge.
—Suena a una manera precisa de decir que aún no lo sabemos.
Señaló el documento de Madrid.
—Esto parece auténtico. La empresa de origen sigue existiendo con otra denominación y hemos pedido confirmación.
—Perfecto.
—No lo digo para acusar a Jaime. Lo digo porque quien se lo ha enviado conocía un episodio que podía perjudicarlo.
—Jorge lo conocía.
—Sí.
La inspectora metió las manos en los bolsillos de la chaqueta.
—También recursos humanos de Nácar, algún despacho que participara en su contratación y las personas de la antigua empresa. No estreche el círculo antes de tiempo.
—¿Y la foto de Barcelona?
—Esa sí tiene un origen más reciente.
—Rubén.
—Sí.
—¿Le han preguntado quién pidió específicamente seguirme?
—Sí.
—¿Y?
Benítez me miró con una expresión que ya empezaba a conocer: la que utilizaba cuando podía decir algo, pero no todo.
El documento de Madrid tuvo un efecto más corrosivo que cualquier fotografía.
Las imágenes podían estar mal interpretadas.
Una firma era más difícil de discutir. Jaime había reconocido haber ejecutado ajustes que sabía incorrectos.
La frase no decía por qué, durante cuánto tiempo ni qué ocurrió después, pero contenía suficiente verdad para abrir una grieta.
Después de hablar con Mónica fui al paseo marítimo y caminé casi una hora sin saber qué esperaba conseguir.
Había trabajado allí decenas de veces, fotografiando hoteles y terrazas al amanecer, pero aquel día no llevé cámara.
Me sorprendió la incomodidad de mirar sin poder registrar nada.
La gente paseaba perros, corría, discutía por teléfono.
Un hombre dormía en un banco con una mochila bajo la cabeza. Todo seguía ocurriendo sin Jaime.
Recordé la primera vez que me habló de Madrid.
Llevábamos cuatro meses juntos. Habíamos cenado en mi piso y él mencionó que su primer empleo había acabado «fatal».
Le pregunté si lo habían despedido. Dijo que no exactamente, que la empresa había entrado en una guerra interna y que él había salido quemado.
Después cambió de tema. Yo no insistí porque, en aquel momento, me pareció una señal de respeto.
No necesitaba conocer cada fracaso de alguien para quererlo.
Ocho años después aquella misma escena se podía contar de otra manera: Jaime había reducido una investigación por manipulación contable a una mala experiencia laboral y yo había aceptado la versión más cómoda.
Mónica volvió a llamar poco después.
—He encontrado la caja.
—¿La de Madrid?
—Sí. Hay copias de correos, una carta de la empresa y un documento del abogado que llevó el asunto.
—¿Puedes fotografiarlo?
—Benítez ha pedido que no toque nada hasta que llegue un agente.
—Claro.
—Paula, hay algo que sí recuerdo. Jaime no fue quien inventó los movimientos. Su jefe le pedía que cambiara fechas y asignaciones. Al principio decía que se corregirían el trimestre siguiente.
—Y siguió haciéndolo cuando ya sabía que no.
—Sí.
—Eso es importante.
—También es importante que fue él quien entregó correos internos cuando entendió que estaban ocultando pérdidas.
—Una cosa no borra la otra.
Mónica guardó silencio.
—Exacto.
La respuesta me sorprendió. Durante años yo había pensado en la verdad como algo que, cuando aparecía, desplazaba la versión anterior.
Aquella semana me estaba obligando a admitir lo contrario: dos cosas incómodas podían coexistir.
Jaime podía haber participado y después ayudar a destaparlo.
Podía quererme y mentirme. Podía huir de una amenaza real y aun así decidir dejarme diez días sin saber si estaba vivo.
Nerea apareció en el estudio con una bolsa de ropa porque yo llevaba dos noches durmiendo allí.
Me obligó a ir a casa a ducharme y cambiarme.
Entrar fue peor de lo que esperaba. El arroz seguía en el frigorífico.
La chaqueta de Jaime colgaba detrás de la puerta.
Su cepillo de dientes estaba en el vaso porque se había llevado el neceser de viaje con otro.
—¿Quieres que recoja algo? —preguntó Nerea.
—No.
—¿Ni siquiera las cosas que te están haciendo daño?
—No quiero preparar su ausencia como si fuera definitiva.
—Vale.
No intentó convencerme. Encontré en el dormitorio una camisa suya que había caído detrás del cesto de ropa. La recogí y la olí antes de darme cuenta. El gesto me avergonzó tanto que la metí en la lavadora con demasiada fuerza.
—No tienes que actuar como si esto fuera una prueba de carácter —dijo Nerea desde el pasillo.
—¿Qué?
—Estar hecha polvo no significa que seas menos lista.
Me apoyé en la lavadora.
—No sé si lo echo de menos o estoy enfadada.
—Puedes hacer las dos cosas. Tenemos sitio.
Volvimos al estudio a media tarde. Los agentes ya se habían marchado después de recoger registros del correo anónimo. Benítez dejó un mensaje pidiendo que no abriera archivos nuevos si llegaban. «Llámeme antes», escribió.
Me quedé mirando la frase. Hacía una semana me habría molestado que alguien decidiera qué debía hacer con información que me afectaba.
Ahora entendía al menos la lógica: conservar la prueba antes de tocarla.
El problema era que Jaime había utilizado una lógica parecida conmigo sin reconocer que yo no era evidencia que proteger, sino una persona capaz de decidir.
Abrí las fotografías del jueves y localicé la imagen de mi entrada al espacio de trabajo compartido. Al comparar el encuadre con el archivo enviado comprendí que no procedía de una cámara de seguridad: alguien la había tomado desde la acera contraria, con teleobjetivo. Rubén.
Alguien había guardado esa imagen varios días antes de utilizarla contra mí.
—Recibió un mensaje de su contacto en Litoral el jueves por la mañana. Le pidieron que documentara con quién se reunía usted y cuánto tiempo permanecía allí.
—¿Jaime supo de esa reunión?
—No lo sé.
Me quedé pensando en ello después de que se marchara. Quizá alguien había enseñado a Jaime aquella misma fotografía. Quizá, mientras yo interpretaba su café con Beatriz como una aventura, él miraba mi reunión con Clara y construía una historia parecida.
La diferencia era que yo había encontrado la foto después de que él desapareciera.
Él, tal vez, la había visto antes.