Antes de que desapareciera (Secretos tras la puerta 3) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Rubén Gálvez era detective privado. No me lo dijo él. Me lo dijo Benítez al día siguiente, después de comprobar la matrícula y hablar con él oficialmente. Tenía licencia, despacho en Málaga y ningún antecedente que pudiera convertir por sí solo su presencia en un delito.

—¿Quién lo contrató? —pregunté.

—Afirma que una consultora de seguridad corporativa.

—¿Cuál?

—Litoral Análisis.

—¿Para seguir a Jaime?

—Para documentar movimientos y contactos relacionados con una posible filtración de información empresarial.

—Eso significa seguir a Jaime.

—Sí.

—¿Y a mí?

Benítez sostuvo mi mirada.

—También aparecía usted dentro del encargo en determinados días.

Sentí un escalofrío que no tenía que ver con miedo inmediato. Era peor: la reconstrucción retrospectiva de momentos en los que yo había creído estar sola. Muelle Uno. Pedregalejo. La calle del estudio. Un café. Una reunión que de repente podía haber tenido un espectador.

—¿Quién pagó?

—La consultora.

—Eso ya lo ha dicho. ¿Quién contrató a la consultora?

—Estamos comprobándolo.

—Jorge.

—No voy a confirmar una hipótesis sin documentación.

—Jaime sospechaba de él.

—Lo sé.

—Y Jorge sabía lo de Madrid.

—También lo sé.

—Pues parece bastante documentación.

Benítez no respondió a la ironía.

—Gálvez asegura que dejó el seguimiento el martes por la mañana cuando perdió a Jaime cerca de la estación. Dice que no ha vuelto a trabajar para ese cliente desde entonces.

—Ayer estaba detrás de mí.

—Sostiene que quería comprobar si usted había hablado con la señora Sanz porque recibió una petición posterior de información.

—Entonces no dejó el trabajo.

—Eso mismo le hemos señalado.

La inspectora cerró una carpeta.

—Paula, necesito que deje de perseguir gente por la calle.

—No lo perseguía hasta que lo vi.

—Eso es exactamente perseguir a alguien.

—Él llevaba una semana haciéndolo conmigo.

—Y que él haga mal su trabajo no convierte en buena idea que usted corra detrás de un desconocido.

Salí de comisaría con una mezcla de alivio y rabia. La figura anónima de las fotografías ya tenía nombre. Eso debería haber reducido el misterio. En cambio, lo ampliaba.

Un detective no aparece tres veces por casualidad. Alguien había pagado para saber dónde estaba Jaime, con quién hablaba y, al menos en determinadas ocasiones, dónde estaba yo.

En el estudio revisé el calendario de la semana anterior.

El jueves había tenido una videollamada con Barcelona.

No la residencia final, sino una entrevista con Clara Montseny, coordinadora del programa.

Había decidido no hacerla desde casa porque Jaime teletrabajaba parte de la mañana y no quería que escuchara algo antes de que yo se lo contara.

Reservé una sala en un espacio de trabajo compartido cerca del centro.

La cita no figuraba en redes. No se la había contado a Nerea hasta después.

Abrí las fotografías del jueves. Yo había salido de la sala a las doce y veinte y caminado hasta El Limonar para la sesión de una vivienda. Durante el trayecto hice cuatro fotos con el móvil para probar una aplicación de localización que un cliente quería usar en un proyecto.

En una aparecía el reflejo del escaparate de una óptica. Amplié.

Rubén estaba detrás de mí. Llamé a Nerea.

—¿Le contaste a alguien lo de mi entrevista de Barcelona?

—No.

—¿Lo publicaste en algún sitio?

—Paula, es tu entrevista.

—¿Clara subió algo?

—No que yo viera.

—Rubén me siguió ese día.

Nerea guardó silencio.

—¿Crees que sabe lo de Barcelona?

—Creo que alguien pudo saberlo.

La idea llegó completa y desagradable. Beatriz había dicho que Jaime temía que utilizaran información privada sobre mí para presionarlo. Yo llevaba días pensando en amenazas, fotografías comprometedoras, algo oscuro que no conocía. Quizá era mucho más sencillo.

Quizá le habían enseñado que yo estaba preparando seis meses en otra ciudad sin habérselo contado.

A las cuatro y media llamé a Jorge.

—¿Puedo preguntarte una cosa?

—Claro. ¿Hay novedades?

—¿Jaime te habló de Barcelona?

Al otro lado hubo un silencio que duró apenas un segundo.

—¿Barcelona?

—Una residencia de fotografía.

—No que yo recuerde.

—No se lo había contado.

—Entonces difícilmente podía hablarme de ello.

La respuesta era impecable.

—¿Sabías que un detective privado nos estaba siguiendo?

Esta vez el silencio fue distinto.

—¿Qué?

—Rubén Gálvez. Lo contrató una consultora por una supuesta filtración de Nácar.

—No tengo ni idea de quién es.

—¿Nácar utiliza Litoral Análisis?

—Tendría que preguntarlo a legal. Yo no llevo seguridad externa.

—Eres el director financiero.

—Precisamente.

Sonrió en la voz, como si la aclaración fuera evidente.

—Paula, entiendo que ahora todo parezca conectado, pero una empresa de nuestro tamaño contrata servicios que yo no conozco. Déjame revisarlo.

—Hazlo.

—Y por favor, no te pongas en peligro investigando por tu cuenta.

Agradecí el consejo y colgué. Saber que Rubén era detective convirtió las fotografías en informes retrospectivos.

Ya no veía a un hombre sentado tres mesas detrás; veía a alguien que había elegido esa mesa para observar.

La diferencia no estaba en la imagen. Estaba en la información que yo incorporaba después.

Benítez me explicó que Rubén había reconocido el seguimiento, aunque insistía en que su trabajo era legal y estaba vinculado a una investigación corporativa por posible filtración de datos.

La empresa contratante, Litoral Análisis, no figuraba en ningún organigrama de Nácar.

Era una consultora pequeña con domicilio en un centro de negocios y dos administradores que habían cambiado varias veces en cinco años.

—Eso suena a pantalla —dije.

—Suena a una empresa de servicios con estructura poco transparente.

—Voy a comprarte un diccionario para Navidad.

Benítez ignoró el comentario.

—Gálvez asegura que no conocía el contenido de la investigación. Recibía instrucciones concretas: observar, fotografiar, identificar reuniones.

—¿Le enseñaron una foto de Jaime?

—Sí.

—¿Y una mía?

—Sí.

La segunda respuesta me dejó callada.

—¿Por qué?

—Dice que porque podían utilizarte como vía de contacto o para detectar movimientos de Jaime fuera del trabajo.

—Eso no tiene sentido. Yo no trabajo con él.

—No he dicho que lo tenga.

Pedí ver el alcance del encargo. No podía. Rubén había entregado parte de la documentación a la policía y existía una investigación abierta sobre el origen de los pagos. Benítez prometió decirme si aparecía algo que me afectara directamente.

Al salir llamé a Jorge. Fue la conversación en la que negó conocer a Rubén y dijo que revisaría si Nácar contrataba a Litoral.

Su tono seguía siendo impecable. Eso empezó a preocuparme más que una reacción defensiva.

Jorge siempre encontraba la frase adecuada para parecer sorprendido sin comprometerse.

En el estudio, Nerea me esperaba con dos cafés.

—He decidido que ya no te dejo cafeína después de las cuatro —dijo.

—Son las tres y cincuenta y ocho.

—Bebe rápido.

Le conté lo del encargo sobre mí. Ella dejó el vaso.

—¿Eso no es denunciable?

—Un detective puede seguir a alguien en espacios públicos si tiene una finalidad legítima, según Benítez. El problema es para qué.

—Yo no quiero que un señor con gorra tenga una finalidad legítima para saber con quién comes.

—Yo tampoco.

La broma duró poco. Abrí la carpeta de los siete días y añadí una columna nueva: RUBÉN. Viernes, sí. Sábado, sí. Lunes, sí. Jueves, desconocido. Martes, estación posible. La secuencia formaba una vigilancia casi continua.

—Mira esto —dijo Nerea.

Señaló la hora de mi entrevista con Clara. Si Rubén me siguió el jueves, podía haber documentado la reunión. Si esa información llegó a quien lo contrató, alguien en Nácar sabía de Barcelona antes que Jaime desapareciera.

—Puede que se lo enseñaran —dije.

—¿A Jaime?

—Para presionarlo.

—O para fastidiarte a ti después.

Las dos opciones eran posibles y ninguna me gustaba.

Busqué mensajes con Jaime de aquel jueves.

A las 12:46 me había escrito: «¿Qué tal la mañana?

». Yo respondí: «Bien, dos reuniones y ahora un piso».

No mencioné Barcelona. Él puso un corazón y preguntó si cenábamos fuera.

Aquella noche fuimos a un sitio pequeño cerca de casa.

Recordaba a Jaime callado durante parte de la cena.

Le pregunté si estaba cansado. Dijo que sí.

Quizá ya había visto una fotografía mía entrando en la entrevista.

La idea produjo una culpa defensiva. Yo no había hecho nada malo. Solicitar una residencia no era traicionar a nadie. Pero ocultarla deliberadamente sí era una decisión. Podía explicarla, justificarla, envolverla en prudencia; seguía siendo una omisión.

—No conviertas esto en que tú provocaste nada —dijo Nerea, como si hubiera leído mi cara.

—No lo hago.

—Lo estás haciendo un poco.

—Estoy pensando que si Jorge le enseñó la foto, Jaime pudo creer que yo preparaba irme.

—Y pudo preguntarte.

—Sí.

—Igual que tú podrías haberle preguntado por la bolsa antes de decidir que era una vida secreta.

—Le pregunté. Me mintió.

—Vale. Punto para ti. No conviertas una investigación en una liga.

Aquella frase me hizo reír. Después me quedé sola y escribí en la pared, debajo de las fotografías: «HECHOS / INTERPRETACIONES».

Empecé a separar unas cosas de otras. Hecho: Jaime se reunió con Beatriz.

Interpretación inicial: relación. Hecho: Rubén me fotografió.

Interpretación: amenaza. Hecho: Jaime sabía quizá lo de Barcelona.

Interpretación: creyó que iba a dejarlo.

Me estaba obligando a distinguirlas cuando apareció el correo anónimo.

Cinco minutos después recibí un correo anónimo. No tenía texto. Solo dos archivos adjuntos.

El primero era una fotografía mía entrando en el espacio de trabajo compartido el jueves anterior.

El segundo, un documento escaneado con el membrete de una empresa de Madrid.

Debajo del nombre de Jaime aparecía una frase subrayada: «alteración consciente de registros contables internos».