CAPÍTULO 9
La llamada del teléfono prepago fue a Beatriz.
Benítez me lo confirmó el martes, una semana exacta después de la desaparición.
Habíamos entrado en una segunda fase extraña: ya no se buscaba a Jaime únicamente como una persona cuyo paradero se desconocía, sino como alguien que había organizado deliberadamente parte de su propia ausencia y que, al mismo tiempo, podía estar huyendo de una amenaza real.
—La comunicación duró treinta y ocho segundos —explicó la inspectora—. La señora Sanz ya nos había informado.
—¿Qué dijo Jaime?
Beatriz estaba sentada al otro lado de la mesa. Benítez le hizo un gesto para que respondiera.
—Que había cambiado el plan.
—¿Qué plan?
—Quería entregar documentación y presentarse formalmente a declarar con asesoramiento. Habíamos hablado de hacerlo el miércoles.
—¿Y qué cambió?
—No lo explicó. Solo dijo: «No puedo usar nada de lo que habíamos hablado. Si me buscas, empeoras las cosas».
—¿Sonaba asustado?
—Sí.
—¿Había alguien con él?
—No lo sé.
—¿Oía ruido?
Beatriz miró a Benítez.
—Ya se lo he contado. Tráfico. Quizá una carretera. Nada identificable.
Después de aquella llamada dejó de registrar comunicaciones de voz. Hubo conexiones de datos breves e irregulares, insuficientes para reconstruir por entonces dónde estaba Jaime.
—¿Puede seguir teniéndolo apagado? —pregunté.
—Sí —respondió Benítez—. O puede haberlo desechado.
—¿Y si se lo quitaron?
—También.
Me irritaba la capacidad policial de admitir posibilidades sin casarse con ninguna. Yo quería que alguien eligiera por mí una explicación y me obligara a aceptarla.
Al salir de la comisaría Beatriz me pidió caminar unos minutos. Fuimos hacia el centro, mezcladas con gente que no tenía ninguna razón para fijarse en nosotras.
—Jaime tenía una segunda copia —dijo.
—¿De qué?
—De los documentos.
—¿Dónde?
—No me lo dijo.
—Todo el mundo parece saber que existe algo que nadie sabe dónde está.
—La primera copia la llevaba en el portátil del trabajo y en una memoria cifrada. Quería dejar otra fuera de su control directo por si le quitaban las anteriores.
—¿Fuera dónde?
—Solo dijo que estaría en un sitio donde nadie buscaría documentación financiera.
Me detuve.
—¿Mi estudio?
—No lo sé.
—¿Mi equipo?
Beatriz negó con la cabeza.
—No me dio más detalles.
Pensé en discos duros, tarjetas, cámaras, cajas de lentes. Mi estudio era probablemente el lugar con más soportes digitales por metro cuadrado de Málaga. También era un sitio que Jaime conocía bien.
—¿Cuándo hizo esa copia?
—El fin de semana, creo.
—El sábado compró un teléfono y una bolsa. El domingo buscó pisos. ¿También copió documentos?
—Probablemente.
—¿Y nadie en la empresa detectó que estaba sacando información?
—Eso depende de cómo lo hiciera.
Mientras hablábamos tuve una sensación incómoda, la misma que aparece cuando llevas un rato fotografiando en la calle y descubres a alguien mirando directamente al objetivo. Giré la cabeza.
Al otro lado de la Alameda, junto a una parada de autobús, había un hombre con gorra azul. No necesitaba ampliarlo.
—Es él.
Beatriz siguió mi mirada.
—¿Quién?
El hombre bajó la cabeza y empezó a caminar.
Crucé antes de pensar. Un coche frenó y alguien tocó el claxon. Beatriz me gritó. Yo alcancé la acera contraria cuando el hombre ya doblaba una esquina.
—¡Oiga!
Aceleró. Corrí detrás durante menos de un minuto. Lo vi entrar en una calle lateral y llegar a un coche gris. Cuando sacó las llaves, se volvió. Nos miramos. Era el mismo hombre.
Tenía unos cuarenta años, barba corta, nariz ligeramente torcida y una expresión de fastidio más que de miedo. No se metió en el coche de inmediato.
—Deje de seguirme —dije.
—No la estoy siguiendo.
—Tengo fotos suyas desde hace una semana.
Eso sí modificó su cara.
—No sé de qué habla.
Saqué el móvil.
—Voy a llamar a la policía.
—Llame.
—¿Quién es usted?
Abrió la puerta del coche.
—Alguien que no debería estar hablando con usted.
—¿Conoce a Jaime Aranda?
Se detuvo medio segundo. Después entró, arrancó y se marchó. Conseguí fotografiar la matrícula.
Cuando Beatriz llegó a mi lado estaba sin aliento y enfadada.
—¿Se puede saber qué coño haces?
—Ahora tenemos la matrícula.
Benítez no celebró que hubiera corrido detrás de Rubén. Me hizo repetir la escena dos veces y después pidió a una patrulla que comprobara la matrícula mientras yo esperaba junto a Beatriz en un banco de la Alameda.
—La próxima vez no hagas eso —dijo Beatriz.
—Ya me lo ha dicho Nerea.
—Entonces escucha a alguien.
—No me dio sensación de peligro.
—Eso no es una categoría jurídica especialmente útil.
La miré. Tenía razón y me fastidiaba que todo el mundo empezara a tener razón alrededor de mí.
Media hora después Benítez llamó. El coche pertenecía a Rubén Gálvez, autónomo, cuarenta y dos años, con un negocio registrado como servicios de investigación y gestión de información.
No quiso darme más por teléfono. La palabra investigador no apareció hasta el día siguiente, pero ya bastaba el nombre para buscar.
Encontré una web sencilla. «Investigación privada. Ámbito empresarial y familiar. Málaga y provincia.» Una fotografía de Rubén con americana, sin gorra, sonriendo de una manera que no había visto cuando le pregunté por Jaime. Había un formulario de contacto, un teléfono y una dirección de despacho.
—No vayas —dijo Nerea por videollamada.
—No he dicho que vaya.
—Has ampliado la dirección hasta ver el portal.
Cerré el mapa.
—Curiosidad profesional.
—Tu profesión no consiste en presentarte en despachos de detectives.
—Podría empezar una especialidad.
Nerea no se rió. Al caer la tarde revisé las fotografías donde aparecía Rubén.
En la del viernes estaba casi de espaldas.
En Pedregalejo, el sábado, miraba hacia nuestra mesa.
En Muelle Uno, el lunes, su coche aparecía detenido y él cruzaba detrás de un grupo de turistas.
Tres días diferentes, tres lugares distintos.
La probabilidad de coincidencia dejó de ser razonable.
Lo que seguía sin saber era a quién vigilaba.
En el viernes su posición permitía ver a Jaime y Beatriz.
El sábado estaba detrás de nosotros, pero Jaime se levantó dos veces para hablar por teléfono.
El lunes, yo trabajaba cerca de Nácar y Jaime se encontraba en la oficina.
Rubén podía estar siguiendo a cualquiera de los dos.
Abrí el calendario. El jueves, antes de esas fotos, había tenido la entrevista de Barcelona.
No conservaba imágenes de Rubén porque no había llevado la cámara grande.
Solo cuatro fotografías hechas con el móvil.
Las revisé sin encontrarlo. El alivio duró poco; que no apareciera no significaba que no estuviera.
Poco después me llamó Mónica.
—Mamá quiere venir.
—¿A Málaga?
—Sí.
—No sé si es buena idea.
—Yo tampoco, pero dile tú que su hijo lleva una semana desaparecido y que se quede sentada.
Le pregunté cómo estaba ella. Mónica tardó en contestar.
—Funcional.
—Gran diagnóstico.
—Soy fisioterapeuta, no psicóloga.
Nos reímos sin ganas. Después me dijo que había revisado conversaciones antiguas con Jaime por si encontraba algo. Había un mensaje de hacía tres meses en el que él preguntaba si todavía conservaba una caja con documentos de Madrid.
—¿Qué documentos?
—Copias de la investigación interna. Pensé que los quería tirar.
—¿Se los diste?
—No. Están en Córdoba.
—Que no los toque nadie.
—Eso mismo ha dicho Benítez.
Colgué y anoté la fecha. Tres meses. Jaime había empezado a pensar en su pasado mucho antes de hablar con Beatriz. Quizá el problema de Nácar también había empezado antes de lo que yo creía.
Antes de que terminara la tarde, y todavía sin que Benítez me hubiera confirmado oficialmente a qué se dedicaba Rubén, recibí un mensaje de Beatriz.
Había encontrado el número desde el que Jaime la llamó el martes: una línea prepago activada tres días antes.
Aquella había sido la última comunicación de voz que constaba hasta ese momento.
—¿Qué dijo exactamente? —pregunté cuando hablamos.
—Que no utilizara ningún canal que hubiéramos acordado y que no intentara localizarlo.
—¿Nada sobre mí?
—Preguntó si yo podía asegurarme de que no te implicaran.
—¿Cómo?
—No lo explicó.
La frase volvía una y otra vez con formas distintas. Jaime estaba pensando en mí, pero no conmigo. Era una diferencia que empezaba a resultar insoportable.
Benítez citó a Rubén formalmente. Yo pasé el resto de la mañana obligándome a no acercarme a su despacho. Hasta entonces no había obedecido una instrucción que no entendía del todo. No me hizo sentir mejor. Solo más consciente de cuánto necesitaba saber.