CAPÍTULO 8
El lunes encontré la bolsa por tercera vez.
No físicamente. La policía seguía sin saber dónde estaba la que Jaime llevaba al salir de la estación. Apareció en una fotografía del sábado que había descartado porque estaba movida.
Nerea y yo habíamos vuelto a revisar la carpeta de Pedregalejo después de hablar con Beatriz.
El hombre de la gorra seguía ocupando el centro de nuestra atención, pero empecé a mirar alrededor, consciente de que llevaba días haciendo algo contrario a mi trabajo: ampliaba únicamente aquello que esperaba encontrar.
En una imagen tomada desde la mesa, Jaime estaba de pie junto a una tienda pequeña. La fotografía era accidental; yo estaba probando un objetivo y había pulsado antes de terminar de encuadrar. A sus pies, apoyada contra una pared, estaba la bolsa oscura.
Todavía tenía una etiqueta colgando del asa.
Amplié hasta que las letras se rompieron en píxeles. No podía leer la marca, pero sí distinguir una pegatina rectangular blanca.
—La acababa de comprar —dije.
Nerea asintió.
—Mónica ya te dijo eso.
—Quiero ver qué llevaba.
—Paula, la bolsa está cerrada.
—No. Mira.
El cierre superior no estaba completamente subido. Sobresalía una esquina de cartón naranja.
—¿Qué es eso?
Nerea acercó la cara.
—Podría ser una caja.
—Gracias por la precisión.
Busqué tiendas de la zona sin saber muy bien qué esperaba. Había una de telefonía a menos de cien metros. El color corporativo era naranja. Podía ser coincidencia. También podía ser comida, una caja de zapatos o cualquier objeto que mi cabeza quisiera convertir en relevante.
La policía tenía la imagen antes de las once.
Benítez me llamó a las doce.
—Hemos encontrado una compra asociada a Jaime en una tienda de telefonía el sábado —dijo—. Pagó en efectivo.
—¿Un teléfono?
—Un terminal básico y una tarjeta prepago.
Cerré los ojos.
—¿Lo han localizado?
—La línea se activó el lunes por la tarde. Tuvo poca actividad.
—¿A quién llamó?
—No puedo darle todos los detalles todavía.
—Soy la persona con la que vivía.
—Y precisamente por eso no voy a entregarle datos de terceros si no es necesario.
—¿Llamó a Beatriz?
Silencio.
—Benítez.
—Hablaremos en comisaría.
Colgó. Por la tarde fui al piso de Mónica, que se había instalado temporalmente en casa de una amiga de su madre. Llevaba dos días esquivándome con la excusa de visitas familiares. Cuando abrió la puerta supo por mi cara que no había ido a tomar café.
—¿Qué pasa?
—Jaime compró un teléfono el sábado cuando estaba contigo.
Mónica se quedó inmóvil.
—Yo no entré en la tienda.
—Pero sabías que entró.
—Me dijo que necesitaba un cargador.
—¿Y no te pareció raro que saliera con una bolsa cerrada?
—Paula, no estaba auditando a mi hermano.
—Ya —dije, y respiré antes de seguir.
—¿Te dijo algo sobre tener miedo?
—No.
—¿Sobre Jorge?
Mónica negó con la cabeza. Después se apartó de la puerta.
—Entra.
Nos sentamos en un salón que olía a ambientador de vainilla. La amiga de su madre había dejado fotografías de nietos por todas partes. Mónica mantuvo las manos juntas entre las rodillas.
—Hay una cosa que no te he contado.
No respondí. Ya había aprendido que, si esperaba, la gente llenaba el silencio.
—El miércoles recibí un correo de Jaime.
Me levanté sin darme cuenta.
—¿Qué?
—A las diez de la mañana.
—¿Después de desaparecer?
—Sí.
—¿Y no se lo dijiste a la policía?
—Sí. A ellos sí.
La precisión me dejó helada.
—¿A ellos sí?
—Me pidió que no te dijera nada.
—¿Qué decía?
Mónica cogió el móvil. Le temblaban ligeramente los dedos al buscar el mensaje. Me lo enseñó.
«Estoy bien. Necesito unos días. No intentes localizarme y, por favor, no le digas a Paula que he escrito. Si dentro de cinco días no vuelves a saber de mí, habla con Beatriz Sanz. No confíes en nadie de la empresa.»
Leí dos veces.
—¿Cuándo pensabas decírmelo?
—Hoy era el cuarto día.
—Mi pareja desaparece, tú recibes un correo diciendo que está vivo y decides dejarme pensar que puede estar muerto.
—La policía sabía que estaba vivo el miércoles.
—Yo no.
—Jaime me pidió…
—Jaime no estaba aquí para decidir qué información necesitaba yo.
Mi voz subió. Mónica también se levantó.
—No me pongas esto a mí.
—¿A quién se lo pongo?
—A él. Cuando aparezca, se lo dices a él. Yo hice lo que me pidió mi hermano porque estaba asustado y porque la policía me dijo que no difundiera el correo mientras comprobaban de dónde salía.
Aquello frenó parte de mi rabia.
—¿De dónde salió?
—No lo saben todavía. Dicen que pudo dejarlo programado.
La existencia del mensaje programado para Mónica cambió la temperatura de la casa.
Hasta entonces todos los rastros de Jaime podían interpretarse como preparativos de una marcha: dinero, ropa, búsquedas, un teléfono distinto.
El correo introducía otra cosa. Previsión.
Había pensado que podía pasar algo que le impidiera comunicarse directamente.
—Esto demuestra que estaba vivo cuando lo escribió —dije.
—Demuestra que pensaba estar vivo el miércoles.
—No empieces tú también con el lenguaje de Benítez.
Mónica dejó el móvil encima de la mesa.
—No estoy intentando fastidiarte. Estoy intentando no mentirme.
La frase me desarmó. Desde que llegó había defendido a Jaime con una ferocidad que yo había interpretado como negación. Quizá simplemente necesitaba sostener una versión hasta tener otra.
—¿Te había pedido alguna vez algo así? —pregunté.
—Nunca.
—¿Ni en Madrid?
Mónica tardó demasiado.
—En Madrid me pidió que no contara a mamá algunas cosas hasta que se resolvieran.
—¿Qué cosas?
—Que lo estaban investigando internamente. Que había firmado ajustes que no debía. Que podía perder el trabajo.
—¿Y tú obedeciste?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque tenía veinticinco años, estaba muerto de miedo y yo era su hermana mayor. No me pareció complicado.
—Ahora sí te lo parece.
Mónica miró el mensaje.
—Ahora sé lo que se siente al otro lado.
Nos quedamos calladas. Aquello era probablemente lo más cerca que habíamos estado desde que empezó todo.
Benítez llegó por la tarde con una orden para recoger varios dispositivos de Jaime. Se llevó el portátil, un disco duro externo y el teléfono viejo que conservaba en un cajón. Antes de marcharse preguntó otra vez por el correo.
—¿Puede saberse desde dónde lo programó? —pregunté.
—El proveedor guarda algunos registros. Estamos solicitándolos.
—¿Y si lo escribió en casa?
—Entonces quizá podamos saberlo por la IP.
—¿Y si lo hizo con el teléfono prepago?
—Depende de cómo accediera.
Yo quería fechas, horas, certezas. Ella seguía ofreciendo procedimientos.
Después revisé el estudio. No porque sospechara que Jaime hubiera dejado algo allí, sino porque la frase «No le digas a Paula» me había convertido de pronto en alguien a quien se ocultaba deliberadamente información.
Había trabajado muchas veces en aquel espacio mientras Jaime esperaba que terminara.
Sabía dónde guardaba las tarjetas, qué cajones no cerraban bien, cuál de los discos duros fallaba si se movía el cable.
Podía haber escondido cualquier cosa delante de mí.
Pensé en todas las veces que Jaime había dejado su móvil habitual a la vista. En el sofá, en la cocina, en la mesilla. Yo había interpretado esa transparencia como prueba de que no escondía nada. Bastaba con tener otro dispositivo.
Nerea apareció al final de la tarde con comida preparada. Se negó a hablar del caso durante los primeros veinte minutos y me obligó a comer sentada, sin el portátil delante.
—No puedes vivir únicamente de café y descubrimientos desagradables —dijo.
—Eso suena a dieta de fotógrafa autónoma.
—Antes al menos incluía aceitunas.
Sonreí. Me contó un problema absurdo con un cliente y durante unos minutos agradecí recordar que existían personas a las que les preocupaban presupuestos, entregas y archivos mal nombrados. Después, inevitablemente, miró el mensaje de Mónica.
—¿Qué te duele más? —preguntó—. ¿Que se fuera o que pidiera que no te lo contaran?
La respuesta llegó sin pensarlo.
—Que creyera que ocultármelo era cuidarme.
Nerea asintió.
—Eso sí te lo creo.
Volví a mirar el teléfono. El mensaje de Jaime no decía que no confiara en mí. Decía lo contrario, y esa precisión lo empeoraba. Si me excluía porque confiaba, entonces cualquier decisión podía justificarse con una palabra suficientemente noble. Volví a mirar la pantalla.
«No le digas a Paula.»
Esa frase dolía más que las búsquedas de alquiler y el dinero.
Jaime estaba vivo al menos cuando preparó aquel mensaje. Había pensado en mí, había imaginado lo que yo viviría después de su desaparición y había decidido que era mejor mantenerme fuera. Protección, pensé.
Empezaba a odiar también esa palabra.