CAPÍTULO 7
Beatriz no intentó caerme bien. Lo agradecí. Pidió café, esperó a que nos sentáramos y empezó por explicar qué podía contar y qué no, una distinción que en cualquier otro momento me habría parecido pedante. Allí me pareció una forma de no manipularme.
—Jaime vino a verme porque sospechaba que se estaban duplicando facturas y utilizando proveedores vinculados —dijo—. Al principio quería saber si podía estar interpretando mal datos normales de una empresa inmobiliaria. Después empezó a traer ejemplos concretos.
—¿Cuándo fue la primera vez?
—Hace casi tres semanas.
La fecha me golpeó. Tres semanas incluían cenas, noches en el sofá, una película que vimos a medias y dos veces que yo me quejé de que Jaime estaba distraído. Todo aquello había sucedido mientras él ya consultaba a una abogada.
—¿Por qué no denunció?
—Porque todavía no sabía exactamente qué tenía. Y porque tenía miedo de que su pasado destruyera su credibilidad.
—Madrid.
Beatriz me miró con cautela.
—¿Lo sabes?
—Sé una versión.
—Entonces no voy a añadir otra sin su permiso salvo lo estrictamente necesario.
—Está desaparecido.
—Y sigue teniendo derechos.
Me enfadé, pero no con ella. Había pasado días oyendo a personas decidir qué podía conocer y la frase me encontró cansada.
—¿Creías que corría peligro?
—El viernes no. El lunes sí.
—¿Qué cambió?
Beatriz abrió una carpeta que había llevado consigo y sacó una hoja con anotaciones propias. No me la entregó.
—El viernes me dijo que Jorge conocía la revisión y que había intentado restarle importancia. El lunes me llamó después de una discusión. Dijo que alguien le había enseñado información sobre ti que no tenía relación alguna con su trabajo.
—¿Qué información?
—No quiso concretar por teléfono. Solo dijo: «Saben cosas de Paula». Yo le pedí que viniera al despacho y que no copiara más documentos hasta hablar con un abogado penalista. No vino.
—¿Y después?
—Me llamó desde otro número el martes por la mañana. Fue muy breve. Dijo que el plan cambiaba.
La palabra plan hizo que Nerea me mirara.
—¿Qué plan? —pregunté.
—Entregar la documentación y formalizar una denuncia con asesoramiento. No desaparecer.
—¿Le ayudaste a buscar pisos?
—No.
—¿Sabías lo del dinero?
—No.
—¿La bolsa?
—Sí.
Me incliné hacia delante.
—¿Qué llevaba?
—Copias impresas y una memoria USB. Se la di yo porque no quería que utilizara un maletín de la empresa.
La respuesta era tan sencilla que me produjo rabia. Durante días aquella bolsa había crecido hasta convertirse en símbolo de otra vida. Era una bolsa prestada por una abogada.
—¿Y la mujer con la que estaba engañándome eras tú? —pregunté, antes de poder evitarlo.
Beatriz no se ofendió. Miró la mesa y luego a mí.
—No tengo ninguna relación sentimental con Jaime.
—¿Él contigo?
—Tampoco.
Nerea me tocó ligeramente la rodilla, quizá para impedir que siguiera interrogando como si aquello fuera una humillación personal.
—Me mintió para verte —dije.
—Sí.
Agradecí que no intentara suavizarlo. Beatriz explicó entonces el concepto de canal de denuncias, la posibilidad de comunicar irregularidades y los riesgos de extraer documentación confidencial sin asesoramiento.
Jaime había cometido, según ella, el error clásico de alguien que cree que tener razón sobre el fondo convierte cualquier método en justificable.
—Le dije que parara —continuó—. Que conservara lo que ya tenía, anotara fechas y dejara que decidiéramos cómo obtener el resto legalmente.
—No te hizo caso.
—No.
—Eso sí lo reconozco.
Beatriz sonrió apenas.
—Supongo que sí.
Después habló de Madrid con más cuidado.
Jaime había trabajado en una empresa donde su superior falseaba determinadas cifras para ocultar pérdidas.
Al principio obedeció creyendo que se trataba de ajustes provisionales.
Cuando comprendió que era fraude, tardó demasiado en reaccionar.
Finalmente colaboró, pero la historia lo dejó con una mezcla de culpa y miedo a que cualquier acusación futura pudiera volverse contra él.
—Jorge conocía el expediente porque participó en su contratación —dijo—. Jaime me contó que fue precisamente quien defendió que merecía otra oportunidad.
—Entonces le debía el trabajo.
—Jaime sentía que sí.
—Eso es útil si quieres que alguien calle.
Beatriz no respondió, pero no hizo falta.
La reunión duró casi dos horas. Cuando salimos, ya había oscurecido. Me quedé unos minutos en la acera con Nerea mientras Beatriz se alejaba.
—¿La crees? —preguntó.
—Sí.
—Eso te fastidia.
—Muchísimo.
Porque creer a Beatriz eliminaba una explicación sencilla.
Una aventura podía haber sido dolorosa, pero comprensible.
El fraude, la vigilancia y el pasado de Jaime abrían un territorio mucho peor: el de una persona que me había querido y, al mismo tiempo, había considerado razonable mantenerme fuera de la parte más peligrosa de su vida.
—Jorge Salas sabía que yo había trabajado con Nácar y sabía que Jaime confiaba en mí.
—¿Cree que era Jorge?
—Creo que Jaime dejó de hablar de una irregularidad abstracta y empezó a hablar de Jorge el lunes.
Me quedé quieta.
—¿Qué dijo?
—Que había encontrado una relación que no sabía demostrar todavía. Y que Jorge conocía demasiado bien su pasado.