Antes de que desapareciera (Secretos tras la puerta 3) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

—¿Entonces salió otra vez? —pregunté.

Benítez pausó la imagen.

—Hay una zona sin cobertura continua. Podría haber ido a los andenes y regresar. Podría haber utilizado un acceso lateral. Estamos cruzando cámaras exteriores.

La imagen tenía algo insoportable. Jaime estaba vivo y a menos de dos kilómetros de mí aquella mañana.

Yo, a esa hora, terminaba la sesión de Huelin y revisaba en la pantalla una fotografía en la que él acababa de aparecer con dos cafés.

Mientras yo guardaba la cámara, Jaime caminaba por una estación preparando una desaparición.

—¿Se ve a la mujer? —pregunté.

—No.

En el extremo derecho del fotograma, casi cortado por el encuadre, aparecía un hombre con gorra azul y barba corta.

No se distinguía bien la cara, pero la mochila y una pequeña marca blanca en el lateral de la gorra me resultaron familiares.

Saqué el móvil y enseñé a Benítez las fotografías de Muelle Uno y Pedregalejo.

—Puede ser el mismo —dije. Benítez amplió las imágenes sin asentir ni negarlo. Me pidió los originales y anotó las horas. Una figura que yo había considerado casual aparecía ahora también en el último lugar donde sabíamos que Jaime había estado.

Benítez cambió de archivo. A las 9:51, en una cámara exterior, un Peugeot gris entraba en la zona de parada breve. El conductor no se distinguía. Dos minutos después salía.

—No podemos afirmar que tenga relación.

—Claro.

—Paula.

—No he dicho nada.

—Lo ha dicho con la cara.

La inspectora siguió con los movimientos. Ninguna tarjeta de Jaime registró pagos después de las nueve y doce. No había billetes de tren a su nombre. El efectivo retirado explicaba cómo podía moverse sin dejar rastro bancario. Su teléfono se apagó definitivamente a las 10:03.

—¿Dónde estaba la última antena? —pregunté.

—Zona centro.

—Eso no sirve de mucho.

—No.

Agradecí que no intentara adornarlo. Cuando salí de comisaría tenía un mensaje de un número desconocido. «Soy Beatriz Sanz. Necesito hablar contigo. No por teléfono.» Debajo proponía una cafetería para la tarde. Envié una captura a Benítez antes de contestar. La inspectora llamó inmediatamente.

—No vaya sola.

—¿Cree que es peligroso?

—Creo que no sabemos suficiente.

—Nerea vendrá.

—Prefiero que uno de los nuestros esté cerca.

Aquello me molestó y tranquilizó al mismo tiempo. Acordamos que no habría un agente sentado a nuestra mesa, pero sí una patrulla avisada en la zona.

Pasé las horas anteriores intentando trabajar. Entregué un reportaje, respondí correos y cancelé una sesión que no podía afrontar. Cada vez que abría el catálogo de fotos terminaba en la imagen del café. Beatriz de perfil, Jaime frente a ella, la bolsa en el suelo.

Busqué su nombre. Abogada especializada en cumplimiento normativo, protección de denunciantes y derecho mercantil. Había participado en jornadas sobre fraude empresarial. No se parecía demasiado a una amante clandestina; me odié por pensar que las amantes debían parecer de alguna manera.

Nerea llegó media hora antes de la cita.

—¿Qué sabes de ella?

—Más de lo que sabía esta mañana y menos de lo que quiero.

—Eso resume bastante bien tu semana.

Le enseñé la web del despacho.

—Si Jaime había encontrado algo en Nácar, tiene sentido que hablara con ella.

—También tiene sentido que alguien que quiere dejar a su pareja consulte a una abogada por otras cosas.

—No es de familia.

—Ya.

Cerré el portátil. Seguía buscando un relato único cuando los hechos podían contener varios a la vez.

Jaime podía haber encontrado un fraude y también querer marcharse.

Podía haber tenido miedo de Jorge y también ocultarme una relación.

El error consistía en creer que una explicación expulsaba automáticamente a las demás.

Fuimos andando hasta la cafetería. Málaga estaba llena de gente que salía de trabajar, turistas mirando mapas y camareros recogiendo mesas.

Aquella normalidad me irritaba menos que los primeros días.

Empezaba a comprender que ninguna ciudad interrumpe su funcionamiento porque una persona no sepa dónde está su pareja.

Antes de entrar vi a una mujer junto a la ventana. Llevaba el pelo oscuro recogido y un pañuelo rojo atado al bolso. La reconocí inmediatamente.