Antes de que desapareciera (Secretos tras la puerta 3) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Jorge me recibió en Nácar a las nueve de la mañana del viernes. Habían pasado tres días desde que Jaime salió de casa y la desaparición empezaba a adquirir una forma que me resultaba más difícil de soportar que la incertidumbre inicial.

Las primeras horas habían sido una colección de posibilidades.

Un accidente. Un robo. Una urgencia que no podía explicar.

Después aparecieron hechos: el dinero retirado, el pasaporte, los alquileres, la bolsa comprada a escondidas, el coche abandonado junto a una estación.

Cada hecho reducía el espacio disponible para imaginar una desgracia ajena a su voluntad.

La oficina de Nácar ocupaba parte de una planta moderna cerca de la Alameda Principal.

Había cristal, madera clara y macetas demasiado verdes para ser responsabilidad de empleados que trabajaban doce horas.

Yo había estado allí varias veces, casi siempre para recoger a Jaime.

Conocía a la recepcionista y a dos compañeros.

Aquella mañana me miraron con la incomodidad de quien no sabe si saludar con normalidad a la pareja de un desaparecido.

Jorge salió de su despacho y me abrazó.

—¿Alguna novedad?

—No.

—Pasa.

Me ofreció café. Dije que no. Él se sirvió uno y se sentó al otro lado de una mesa redonda, no detrás de su escritorio. Me habría parecido un gesto amable en cualquier otra situación.

—La policía ha pedido información —dijo—. Horarios, accesos, correos corporativos. Les estamos dando todo.

—¿Qué hizo Jaime el lunes?

Jorge juntó las manos.

—Trabajó casi todo el día en una revisión de costes. Salió un rato al banco, volvió, estuvo con varios compañeros y, por lo que sé, se marchó sobre las ocho y media.

—¿Solo?

—Creo que sí.

—¿Y el martes llegó?

Jorge negó con la cabeza.

—No.

La respuesta me sorprendió.

—Me dijo que iba a trabajar.

—No pasó por aquí.

Pensé en el beso de Huelin, la camisa azul, la bolsa oscura. A las nueve y cuarto Jaime ya había decidido no ir a la oficina y no me lo había dicho.

—¿Quién es esta mujer?

Saqué el móvil y le enseñé la fotografía del reflejo. Jorge tardó menos de un segundo.

—Beatriz Sanz.

—¿La conoces?

—Sí. Es abogada.

—¿De la empresa?

—No exactamente. Ha trabajado para nosotros en temas de cumplimiento normativo y algunas operaciones.

—¿Por qué se reunía con Jaime fuera de la oficina?

Jorge volvió a mirar la imagen.

—No tengo ni idea.

—Me dijo que estaba aquí.

Su expresión cambió, pero no hacia la sorpresa completa. Fue algo más incómodo, una especie de confirmación que intentó retirar antes de que yo pudiera interpretarla.

—Paula, hay cosas que no sé si debería contarte sin tener a Jaime delante.

—Llevamos tres días sin tener a Jaime delante.

—Lo sé.

—Entonces cuéntamelas.

Jorge se levantó, cerró la puerta del despacho y regresó a la mesa.

—Durante las últimas semanas estaba revisando movimientos antiguos de varios proyectos.

Hasta ahí, normal. El problema es que empezó a hacerlo fuera de los procedimientos.

Pedía documentación que no necesitaba, descargaba informes completos, preguntaba por sociedades que ya no trabajaban con nosotros.

—¿Había encontrado algo?

—Él creía que sí.

—¿Y tú qué creías?

Jorge tomó un sorbo de café antes de responder.

—Que estaba mezclando problemas reales con conclusiones demasiado grandes.

—No entiendo.

—Hay facturas duplicadas, retrasos, proveedores que han cambiado de nombre, obras con ajustes. Gestionamos muchos inmuebles. Si miras suficientes números fuera de contexto, encuentras cosas raras.

La frase me recordó a mi trabajo. Si miras suficientes fotografías, cualquier desconocido puede aparecer dos veces. Pensé en el hombre de la gorra azul y me molestó la coincidencia.

—¿Beatriz podía ayudarlo con eso?

—Podía. También podía aconsejarle sobre otra cosa.

Jorge dejó la taza.

—Jaime tuvo problemas en una empresa de Madrid hace años.

—¿Qué clase de problemas?

—De contabilidad.

—Trabajaba en finanzas. Eso no significa nada.

—Firmó modificaciones que no debía haber firmado.

Noté un calor incómodo subirme por el cuello.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque cuando lo contratamos hicimos verificaciones. No fue condenado ni investigado penalmente. Colaboró después en una revisión interna. Para nosotros estaba cerrado.

—¿Para él no?

—No lo sé.

—¿Me estás diciendo que podía estar haciendo algo parecido otra vez?

Jorge levantó inmediatamente una mano.

—No. Estoy diciendo que quizá estaba asustado por cómo podían interpretarse algunas cosas. Si pensaba denunciar irregularidades sin tenerlo claro, su pasado podía preocuparle.

—¿Por eso fue a ver a Beatriz?

—Es una posibilidad.

Me quedé callada. Jaime me había contado que su primer trabajo en Madrid terminó mal, que la empresa tuvo problemas y que él se marchó después de meses muy duros. Nunca había mencionado firmas, modificaciones ni investigaciones internas. Jorge parecía incómodo de verdad.

—No quería ser yo quien te contara esto.

—Pues ya lo has hecho.

—Porque me has preguntado y no quiero mentirte.

Oírlo formularlo así me produjo un efecto casi físico.

Conocer a Jorge había sido una de esas consecuencias laterales de convivir con alguien durante años.

No era amigo mío, pero había suficiente historia compartida como para que yo supiera qué vino pedía, cómo se llamaban sus dos hijos y que detestaba conducir de noche.

Había estado en nuestra casa tres veces.

En una cena, hacía dos años, arregló la bisagra de un armario mientras Jaime se reía de que un director financiero llevara un destornillador en el coche.

Jorge contestó que uno no llegaba a los cuarenta y muchos confiando en que otros resolvieran las cosas pequeñas.

Antes de marcharme pedí hablar con Sergio.

Jorge dijo que estaba fuera y que podía llamarme después.

En recepción, sin embargo, vi a Sergio cruzar una puerta de cristal al fondo.

No dije nada. Guardé el dato sin saber todavía si era una mentira o una simple forma de evitar que siguiera interrogando empleados.

En el ascensor pensé en la primera vez que conocí a Jorge.

Jaime acababa de incorporarse a Nácar y había regresado a casa diciendo que, por fin, alguien había leído su currículo completo sin detenerse en Madrid.

«Me ha preguntado por todo y aun así me ha dado una oportunidad», dijo.

Durante años yo había interpretado aquella frase como gratitud profesional.

Se me ocurrió entonces otra posibilidad: que la persona que te da una segunda oportunidad también aprende exactamente de qué parte de tu pasado tienes miedo.

Jaime había mentido sobre la bolsa. Sobre la reunión con Beatriz. Sobre ir a trabajar el martes. Había retirado dinero, buscado alojamiento y escondido una parte de su pasado durante ocho años.

Jorge, en cambio, estaba sentado delante de mí diciendo que no quería mentirme.

Cuando salí del edificio había empezado a llover, una lluvia fina que no parecía de Málaga y que convirtió la acera en una superficie brillante. Caminé hasta el coche sin abrir el paraguas. Antes de arrancar miré la fotografía de Jaime y Beatriz otra vez.

Hasta entonces no me había permitido formular una idea que me dio vergüenza.

Quizá no necesitaba encontrar a Jaime para saber qué había ocurrido.

Quizá Jaime se había ido porque llevaba mucho tiempo preparando una vida de la que yo no sabía nada.