Antes de que desapareciera (Secretos tras la puerta 3) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

A mediodía del jueves empecé a ampliar fotografías.

No fue una decisión racional. Tenía trabajo pendiente, dos clientes a los que ya había aplazado entregas y una inspección de la policía en la que yo no podía aportar nada nuevo.

Mónica se había ido a ver a su madre y Nerea estaba intentando convencerme de que saliera a comer.

En lugar de hacerlo, bajé al estudio, encendí los dos monitores y abrí todas las carpetas de la semana anterior.

Los fotógrafos acumulamos imágenes de una manera que resultaría absurda en cualquier otro oficio.

Una sesión de veinte fotografías entregables puede producir seiscientos archivos.

La mayoría contienen variaciones mínimas: un gesto, una nube, un reflejo, alguien que cruzó en el momento equivocado.

Lo que no sirve se descarta visualmente, pero casi nunca se borra de inmediato.

Los discos duros se llenan de cosas que nadie volvió a mirar.

Yo tenía siete días completos de cosas que no había mirado.

Empecé por el martes anterior. Había fotografiado una cafetería nueva en Soho.

Fachada, mesas, barra, detalles de lámparas.

Nada. El miércoles tuve un retrato corporativo en un despacho cerca de la Alameda y por la tarde caminé hasta Muelle Uno para hacer fotografías personales.

El jueves fotografié una vivienda reformada en El Limonar.

El viernes, una tienda de ropa. El sábado había llevado la cámara a comer con Jaime en Pedregalejo porque después quería acercarme a la playa.

Domingo casi no trabajé. El lunes estuve en el estudio y por la tarde hice unas pruebas de producto junto a la ventana.

A las dos y veinte Nerea apareció con dos bocadillos y me encontró en la misma postura.

—Sabía que ibas a hacer esto.

—¿Qué?

—Convertir tu trabajo en una autopsia.

—Estoy mirando.

—Llevas tres horas mirando.

Le enseñé una imagen del miércoles. En primer plano había una pareja sentada frente al puerto. Al fondo, junto a una barandilla, un hombre con gorra azul hablaba por teléfono. No tenía nada especial.

—¿Y?

—Nada.

—Estupendo.

—Solo quiero saber qué fotografié.

Nerea dejó los bocadillos y acercó otra silla. Trabajaba como montadora de vídeo y compartíamos una relación bastante poco saludable con la capacidad de ampliar píxeles esperando que apareciera una respuesta.

—Haz contactos —dijo—. Si vas una por una te vas a volver loca.

Generamos hojas con miniaturas y empezamos a recorrerlas.

El sábado apareció Jaime en varias. Estábamos en una terraza de Pedregalejo, junto al paseo.

Yo había fotografiado el plato de espetos porque Nerea se burlaba de la cantidad de comida que convertía en archivo antes de comérmela.

En una imagen Jaime estaba de perfil, mirando el móvil.

En otra se había levantado para atender una llamada.

En la tercera aparecía sentado otra vez, con la mano alrededor de un vaso.

—Parecía cansado —dijo Nerea.

—Lo estaba.

—¿Sabes quién lo llamó?

—Dijo que Jorge.

Avancé. Una fotografía del viernes me detuvo.

Era la fachada de una tienda de ropa de calle Nueva.

Había hecho varias tomas desde la acera de enfrente porque el escaparate reflejaba edificios y quería reducir el brillo sin perder la calle.

En una de ellas, detrás del cristal, se distinguían dos figuras que no pertenecían a la tienda. Amplié.

El reflejo procedía de una cafetería situada a mi espalda.

Un hombre sentado de lado. Jaime.

Frente a él, una mujer de pelo oscuro, abrigo claro y un pañuelo rojo anudado al cuello. Nerea dejó de masticar.

—¿Eso es…?

—Sí.

Miré la hora del archivo. Viernes, 17:46.

Recordaba aquel día porque Jaime me había escrito a las cinco y media.

«Salgo tarde. Reunión pesada. Te llamo luego.»

Amplié un poco más. La calidad empezaba a romperse, pero no había duda de que era él. La mujer se inclinaba hacia delante. Jaime tenía una mano abierta sobre la mesa. No se tocaban. No había nada que demostrara intimidad. Tampoco había ninguna oficina.

—Puede ser trabajo —dijo Nerea.

—Entonces ¿por qué me dijo que estaba reunido en Nácar?

—No lo sabes.

—Sé exactamente lo que me dijo.

Busqué el mensaje. Lo encontré.

«Sigo en la oficina. Creo que esto va para largo.»

Se lo enseñé. Nerea dejó el bocadillo.

—Vale.

—¿Vale qué?

Decidí reconstruir la semana como habría preparado un reportaje.

No porque creyera que una técnica profesional pudiera sustituir a la policía, sino porque las fotografías eran el único territorio en el que todavía sabía qué hacer.

Organicé el catálogo por fecha, separé las imágenes de trabajo de las personales y exporté copias de baja resolución para no tocar los originales.

Después creé una tabla con hora, lugar, motivo de la fotografía y cualquier aparición de Jaime.

Nerea me miró durante un rato desde el sofá del estudio.

—Esto puede ayudarte o puede comerte viva.

—Las dos cosas no son incompatibles.

—Eso no era un elogio.

El jueves anterior tenía tres trabajos. Una sesión de producto por la mañana, la entrevista de Barcelona al mediodía y un piso en El Limonar por la tarde.

El viernes había fotografiado una tienda cerca de calle Nueva y, de camino, tomé varias imágenes de escaparates porque me gustaba cómo el sol partía los reflejos.

De una de ellas salió Jaime con la mujer.

El sábado casi no trabajé; llevé la cámara pequeña a Pedregalejo porque quería probar una lente antigua.

El domingo fotografié en casa unas pruebas de color. El lunes estuve cerca de Nácar.

Puse las imágenes del viernes en una segunda pantalla. En la cafetería, además de Jaime y la mujer, había siete personas visibles. Un hombre con gorra azul ocupaba una mesa exterior, de espaldas a ellos. No le di importancia. En la secuencia siguiente ya no aparecía.

Pasé al sábado. Jaime y yo habíamos ido a comer pescado con Nerea y su pareja.

Recordaba la sobremesa porque Jaime estuvo más callado de lo normal y salió dos veces a responder llamadas.

Yo le pregunté si ocurría algo y dijo que era el cierre de un proyecto.

En ese momento le creí. En las fotografías había una en la que los tres levantaban las copas y otra en la que Jaime miraba su teléfono con una expresión que yo entonces interpreté como aburrimiento.

—¿Ves? —dijo Nerea—. Ahora cualquier cara te va a parecer una pista.

—No he dicho nada.

—Lo estás pensando muy fuerte.

Tenía razón. Reduje la imagen y seguí. Había barcos, platos, una niña corriendo detrás de una pelota y una pareja discutiendo cerca del paseo. En una fotografía tomada hacia el mar, un coche gris aparecía parcialmente junto al bordillo. En otra, casi quince minutos después, seguía allí.

—¿Eso te parece raro? —pregunté.

—En Pedregalejo un sábado me parece raro encontrar aparcamiento, no quedarse en él.

Sonreí a pesar de mí misma. Necesitaba que Nerea siguiera haciendo eso: pinchar las burbujas que mi cabeza inflaba demasiado rápido.

El trabajo del lunes resultó más útil. Había fotografiado al equipo de un estudio de arquitectura en una terraza desde la que se veía, a varias manzanas, la fachada lateral del edificio de Nácar.

No podía distinguir ventanas concretas, pero sí la calle de acceso al garaje.

En tres fotografías aparecía un Volvo negro saliendo a horas distintas, probablemente porque yo había hecho varias ráfagas mientras cambiaban de posición los retratados.

No anoté nada. Aún no sabía que aquel coche importaría.

La mujer del pañuelo rojo me obsesionaba más.

Busqué su cara en otras imágenes y no apareció.

Probé una búsqueda inversa con una captura, sin resultados fiables.

Mónica quiso subir la foto a redes y le dije que no.

Si aquella mujer era una abogada, una compañera o una amiga, exponerla porque Jaime me hubiera mentido podía convertir una sospecha en daño real.

—Eso ha sonado a Benítez —dijo Nerea.

—No empieces.

A las dos de la tarde tenía treinta y ocho fotografías marcadas. En la mayoría no había nada. Un coche que se repetía, una esquina de la bolsa, Jaime mirando el móvil, la mujer desconocida. La tentación consistía en hacer que todo formara parte de lo mismo.

Imprimí cuatro imágenes y las pegué en la pared del estudio. Debajo escribí fechas, no interpretaciones. Viernes: café con mujer. Sábado: llamadas. Lunes: cerca de oficina. Martes: Huelin.

—¿Y el hombre de la gorra? —preguntó Nerea.

—¿Qué hombre?

Señaló la foto del viernes.

—Ese.

Lo amplié. No se veía bien el rostro. Gorra azul, barba corta, camiseta gris. Podía ser cualquiera. Nerea volvió a la fotografía del sábado y se acercó tanto a la pantalla que casi tocó el cristal.

—Paula.

—¿Qué?

—Mira detrás de nosotros.

—Vale que mintió.

La fotografía no demostraba una aventura. No demostraba que Jaime planeara dejarme. Solo demostraba una cosa concreta: el viernes, cuatro días antes de desaparecer, estaba tomando café con una mujer que yo no conocía mientras me decía que seguía en la oficina.

Guardé una copia en una carpeta nueva. La llamé SIETE DÍAS.

A las tres y cinco encontré al hombre de la gorra azul por segunda vez.

Estaba en una fotografía del sábado, sentado tres mesas detrás de nosotros en Pedregalejo.