Antes de que desapareciera (Secretos tras la puerta 3) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

El portátil de Jaime estaba en el cajón inferior del escritorio. Lo encontré a las diez y media, después de revisar dos veces el salón sin saber qué buscaba exactamente.

No era el ordenador del trabajo. Ese no estaba en casa y la policía había confirmado que tampoco apareció en el coche.

Era uno viejo que utilizábamos para viajes, declaraciones de la renta y tareas que ninguno de los dos quería hacer desde el móvil.

La contraseña era la misma desde hacía años porque Jaime estaba convencido de que nadie robaría un portátil que tardaba cuatro minutos en arrancar.

Nerea se sentó a mi lado.

—Antes de abrir nada —dijo—, ¿se lo has dicho a la policía?

—Es nuestro ordenador.

—He preguntado otra cosa.

La contraseña era la misma que utilizaba para un programa doméstico que compartíamos, de modo que no tuve que adivinar nada.

Aun así, antes de escribirla llamé a Benítez.

Quería que alguien me dijera si podía hacerlo sin estropear una investigación.

La inspectora pidió que esperara a que un agente fotografiara el equipo y comprobara que no existía una medida de preservación pendiente.

Media hora después me autorizó a revisar lo evidente, sin borrar ni modificar archivos.

El historial del navegador fue peor que el armario porque tenía fechas.

Jaime había buscado apartamentos de alquiler por semanas en Nerja, Torrox, Granada y Córdoba.

También consultó «teléfono prepago sin registro», «retirada máxima efectivo cajero», «abogado cumplimiento normativo Málaga» y horarios de trenes hacia Madrid.

Las búsquedas empezaban el jueves anterior.

—Cuatro días —dijo Nerea.

—Cinco, contando hoy.

—Ya sabes lo que quiero decir.

Seguí bajando. Había entradas a páginas de almacenamiento cifrado y una consulta sobre cómo desactivar el historial de ubicación de un teléfono Android. La última me produjo una reacción casi física.

—¿Compartíais ubicación? —preguntó Mónica.

—No.

—Entonces ¿para qué necesitaba desactivarla?

—El móvil guarda ubicaciones aunque no las compartas.

—No tenía ni idea.

Yo tampoco hasta unos meses antes, cuando un cliente me pidió retirar metadatos de una serie de imágenes. Jaime sí sabía esas cosas. Le interesaban los sistemas, las copias de seguridad, cualquier procedimiento que pudiera ordenarse.

En la carpeta de descargas encontramos un contrato de alquiler sin firmar para un estudio en Granada.

El documento tenía el nombre de Jaime y un correo que no reconocía.

Sentí una punzada de rabia tan inmediata que me sorprendió.

Aquel papel parecía más íntimo que una foto con otra mujer: una dirección posible, una renta mensual, la duración de tres meses. Una vida concreta.

Llamamos al propietario. Benítez prefirió hacerlo oficialmente. Una hora después confirmó que Jaime había escrito preguntando por disponibilidad, pero nunca pagó reserva ni volvió a contactar.

—Podía estar comparando opciones —dijo Mónica.

—¿Para qué?

—No lo sé.

—Ese es el problema.

Encontré después un documento de texto titulado LISTA. Tenía cuatro líneas: efectivo, copia, teléfono, ropa. Ninguna explicación. Debajo había una fecha: lunes. Era tan evidente que me produjo desconfianza. Si Jaime quería ocultar un plan, ¿por qué dejaba una lista en el portátil de casa?

Benítez pensó lo mismo cuando se la envié.

—Puede que no creyera necesario ocultarlo —dijo—. O puede que quisiera que se encontrara.

—¿Como una puesta en escena?

—No he dicho eso.

—Pero lo ha pensado.

—He pensado varias cosas. Es mi trabajo.

Después de colgar volví al archivo y lo leí hasta que las cuatro palabras dejaron de parecer lenguaje.

Efectivo. Copia. Teléfono. Ropa. Podían pertenecer a alguien que huye, a alguien que prepara un viaje o a alguien que quiere desaparecer.

Mi necesidad de convertirlas en una sola historia era más fuerte que los datos.

A las doce Mónica volvió al piso. Había pasado la mañana atendiendo llamadas, hablando otra vez con la policía y tratando de mantener informada a su madre. Entró con el cansancio pegado a la cara y dejó el móvil sobre la mesa.

—Cuéntamelo todo —dijo.

Lo hicimos en la cocina. Cuando llegué a los alquileres, su expresión cambió.

—¿Granada?

—Sí.

—Jaime no conoce a nadie allí.

—Eso no significa nada.

—Ya.

Había empezado a odiar esa palabra.

—¿Te dijo algo últimamente?

Mónica negó con la cabeza demasiado rápido.

—Nada importante.

Nerea la miró. Yo también.

—¿Qué es «nada importante»?

—Me llamó el domingo.

—¿Para qué?

—Para saber cómo estaba mamá.

La madre de Jaime vivía en Córdoba y acababa de operarse de cataratas. Era una explicación razonable, pero la forma en que Mónica evitaba mirarme no lo era.

—¿Solo eso?

—Paula, mi hermano está desaparecido. No voy a jugar contigo.

—No he dicho que estés jugando.

—Pues deja de mirarme como si estuviera escondiéndolo en el maletero.

Nerea se levantó.

—Voy a por café.

—Hay café —dije.

—Voy a por uno mejor.

Nos dejó solas. Mónica apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Jaime estaba preocupado por el trabajo. Eso sí me lo dijo.

—¿Por qué?

—No quiso entrar en detalles. Me preguntó si yo seguía teniendo una cuenta en el banco donde estaba papá. Le dije que sí.

—¿Para qué quería saberlo?

—Ni idea.

—¿Te pidió dinero?

—No.

—¿Te habló de una excedencia?

—No.

—¿De marcharse?

Mónica negó con la cabeza.

—No.

Quise creerle. Durante unos segundos lo hice.

Después llamó Benítez. Las cámaras del aparcamiento mostraban a Jaime llegando solo a María Zambrano a las 9:47 del martes. Aparcó, salió con la bolsa oscura y caminó hacia el vestíbulo. No aparecía acompañado ni parecía estar siendo obligado por nadie.

—¿Y luego?

—Estamos siguiendo el recorrido. Hay zonas sin cobertura clara.

—¿Llevaba la misma bolsa que tenía por la mañana?

—No puedo asegurarlo sin verla usted.

Le envié la fotografía que le había hecho por accidente en Huelin. Benítez tardó diez minutos en devolverme la llamada.

—Parece la misma.

Después de colgar, Mónica se acercó a la pantalla de mi cámara, que había dejado encima de la mesa.

—¿Esa foto es de ayer?

—Sí.

La abrí en grande. Jaime aparecía desenfocado al fondo con los dos cafés. La bolsa colgaba de su hombro izquierdo.

—Me dijo que era del trabajo —expliqué.

Mónica acercó la cara.

—No es del trabajo.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque yo estaba con él cuando la compró.

La miré.

—¿Cuándo?

—El sábado.

La cocina se quedó demasiado silenciosa.

—Acabas de decirme que no sabías nada.

—Y no sabía que fuera para irse.

—¿Por qué compró una bolsa?

Mónica se frotó la frente.

—Me dijo que necesitaba una barata para llevar papeles y que no quería usar la mochila de la oficina.

Durante años había pensado que la confianza se reconocía por lo que una pareja no necesitaba preguntar.

Jaime podía dejar su móvil sobre la mesa y yo no sentía curiosidad por abrirlo; yo podía pasar una tarde fotografiando a un desconocido sin que él quisiera saber quién era ni por qué.

Esa idea resultaba cómoda cuando nadie desaparecía.

Con el portátil abierto delante de mí, la confianza empezó a parecerse peligrosamente a no haber mirado nunca.