Antes de que desapareciera (Secretos tras la puerta 3) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

La inspectora Laura Benítez tenía una forma de hacer preguntas que me obligaba a escuchar mis propias respuestas. No levantaba la voz ni llenaba los silencios. Dejaba una frase encima de la mesa y esperaba a que yo decidiera cuánto quería añadir.

Llegamos a la comisaría poco antes de las tres.

Nerea insistió en acompañarme y se sentó a mi lado mientras explicaba por tercera vez la mañana de Jaime: el café en Huelin, la camisa azul, la bolsa que no reconocía, el beso en la sien y la promesa de llegar antes de las diez que no había sido exactamente una promesa.

—¿Vivían juntos? —preguntó Benítez.

—Desde hace cinco años.

—¿La vivienda es de ambos?

—Alquilada. El contrato está a nombre de los dos.

—¿Problemas recientes en la relación?

Pensé otra vez en Barcelona y noté a Nerea girar ligeramente la cabeza hacia mí.

—No.

La inspectora apuntó algo.

—No me refiero solo a discusiones. ¿Cambios de rutina, distanciamiento, planes de separación, otra relación?

—Que yo sepa, no.

Aquello era completamente cierto y, sin embargo, sonó como si ya hubiera empezado a defenderme.

Benítez preguntó por el trabajo de Jaime, por su familia, por amigos, vehículos, cuentas, medicación, lugares habituales.

Le enseñé una fotografía reciente en el móvil.

Jaime estaba en Pedregalejo con gafas de sol y una camisa blanca, sonriendo porque yo acababa de decirle que salía fatal en todas las fotos en las que intentaba posar.

—¿Ha retirado dinero últimamente? —preguntó.

—No lo sé.

—¿Compartís cuentas?

—Tenemos una para gastos y cada uno la suya.

Me pidió que mirara la común. No había movimientos extraños.

Después sugirió que comprobara si yo podía acceder de forma legítima a alguna información de sus otras cuentas.

No podía. Jaime y yo compartíamos la contraseña del wifi, la suscripción de una plataforma y una lista de la compra; no compartíamos claves bancarias.

A las cuatro y veinte regresamos a casa. La policía ya tenía la matrícula de su coche y sus datos. Benítez me había advertido que el hecho de que faltaran ropa y pasaporte obligaba a contemplar la posibilidad de una marcha voluntaria.

—Pero no significa que pensemos eso —añadió al ver mi cara—. Significa que no podemos descartarlo.

Dormí una hora en el sofá con Nerea al otro lado, cubierta con una manta. A las siete y media me despertó el teléfono. Era Mónica.

—¿Dónde está mi hermano?

No saludó. Yo tampoco.

—No lo sé.

—Me acaba de llamar la policía.

—Porque anoche denuncié que no había vuelto.

—¿Habéis discutido?

En menos de cinco horas era la cuarta persona que hacía la misma pregunta.

—No.

—¿Y se ha llevado cosas?

—Ropa. El pasaporte.

Mónica soltó aire lentamente.

—Voy para Málaga.

Vivía en Córdoba y trabajaba como fisioterapeuta en una clínica. Le dije que no hacía falta salir corriendo. Respondió que ya estaba vistiéndose y colgó.

A las ocho y diez recibí un mensaje de Jorge Salas.

«Paula, soy Jorge, de Nácar. Me han avisado de lo de Jaime. Llámame cuando puedas, por favor.»

Conocía a Jorge desde hacía años. Había cenado dos veces en nuestra casa, una con su mujer y otra solo porque salieron tarde de la oficina y Jaime lo invitó a tomar algo.

Tenía esa clase de educación que hacía difícil recordar una frase desagradable suya.

Nunca hablaba demasiado alto, nunca parecía tener prisa y, cuando escuchaba, inclinaba un poco la cabeza como si lo que decías mereciera una atención completa. Lo llamé.

—Paula, lo siento muchísimo. ¿Sabéis algo?

—Nada. ¿A qué hora salió ayer?

Se produjo un silencio pequeño.

—No lo sé exactamente. Yo me fui antes de las siete.

—¿Jaime seguía allí?

—Creo que sí.

—¿Crees?

—Ayer tuve reuniones fuera casi toda la tarde. Cuando volví recogí unas cosas y me marché. Puedo preguntarlo.

Me senté en la cocina.

—¿Estaba raro?

Jorge tardó un momento.

—Llevaba una semana bastante tenso.

—¿Por qué?

—Trabajo. Cierre, auditoría, varios proyectos que no estaban cuadrando bien. Ya sabes cómo es Jaime cuando una cifra no le encaja.

Sí lo sabía. Podía pasar veinte minutos buscando una diferencia de once céntimos en una factura de restaurante porque le molestaba no entender de dónde salía.

—¿Te dijo algo de irse?

—No.

La respuesta fue inmediata. Después añadió:

—Aunque…

—¿Qué?

—No quiero meterme donde no me llaman.

—Jorge, ha desaparecido.

—El viernes me preguntó cómo funcionaba una excedencia voluntaria. Pensé que era una conversación general. Ahora no sé.

Sentí la presión de mis dedos alrededor del teléfono.

—¿Una excedencia?

—Sí.

—¿Para qué?

—No me lo dijo.

Colgué con una promesa de que me llamaría en cuanto supiera algo. Nerea se había despertado y me observaba desde la puerta de la cocina.

—¿Qué pasa?

Se lo conté.

—Una excedencia no es desaparecer —dijo.

—No.

—Y preguntar no es pedirla.

—Ya.

Nerea abrió la nevera, encontró yogures y empezó a sacar cosas para desayunar porque su solución a casi todas las crisis incluía primero comprobar si habías comido.

A las nueve y media llamó Benítez.

Habían localizado el coche de Jaime en el aparcamiento de la estación María Zambrano. Estaba cerrado. No había signos de violencia ni daños. En el maletero encontraron una chaqueta, una carpeta vacía y una bolsa de supermercado con dos botellas de agua.

—¿Han mirado cámaras? —pregunté.

—Estamos solicitándolo.

—¿Compró algún billete?

—A su nombre no aparece ninguno por ahora.

La inspectora hizo una pausa.

—Hay otra cosa. Hemos comprobado movimientos recientes con autorización judicial de urgencia vinculada a la desaparición. El lunes retiró tres mil doscientos euros en efectivo de su cuenta.

Me levanté de la silla sin saber por qué.

—¿Ayer?

—El día anterior.

—¿Dónde?

—En una oficina bancaria cerca de su trabajo.

Nerea dejó una cuchara sobre la encimera.

—¿Paula?

No contesté. Tres mil doscientos euros no eran una fortuna, pero sí demasiado dinero para una casualidad.

Pensé en cuánto efectivo llevaba normalmente Jaime: veinte, treinta euros; a veces ninguno.

Odiaba pagar en metálico porque luego olvidaba en qué lo había gastado y eso, según él, arruinaba cualquier presupuesto.

—Vale —dijo, y se sentó frente a mí—. Esto sí es raro.

—Gracias por la precisión técnica.

—No me hagas bromas si luego vas a enfadarte porque no te digo lo que quieres oír.

—No sé qué quiero oír.

—Sí lo sabes. Quieres que todo tenga una explicación en la que Jaime no haya elegido marcharse.

La frase me dejó sin respuesta. Durante unas horas había conseguido tratar la desaparición como un problema exterior: un accidente, un imprevisto, una amenaza. El dinero introducía voluntad. Alguien que retira tres mil doscientos euros el día anterior y se lleva el pasaporte está haciendo algo.

—Podía tener miedo —dije.

—Claro.

—Podía necesitar dinero porque no quería usar tarjetas.

—También.

—Podía…

—Paula, no tienes que decidirlo ahora.

Me levanté y fui al dormitorio. Abrí otra vez el armario.

Hasta ese momento solo había visto huecos; empecé a identificar prendas concretas.

Faltaban los vaqueros oscuros, dos camisetas, un jersey fino, ropa interior y las zapatillas que Jaime usaba para viajar.

No se había llevado un abrigo. En Málaga aún hacía calor, pero si pensaba ir al norte lo habría necesitado.

El dato me pareció importante durante treinta segundos hasta que comprendí que podía comprar uno en cualquier parte.

En el cajón de la mesilla seguían su reloj viejo, unos gemelos que nunca usaba y la libreta donde apuntaba contraseñas de cosas sin importancia.

No había una nota. Revisé la papelera del escritorio y me avergoncé inmediatamente.

Papeles de una aseguradora, un envoltorio de pilas, un ticket de supermercado.

Lo extendí todo encima de la mesa y después lo tiré de nuevo, furiosa conmigo misma.

—No estás registrando una escena del crimen —dijo Nerea desde la puerta.

—Lo sé.

—Pues deja de castigarte cada vez que miras algo.

—Es su casa también.

—Y ha desaparecido.

La palabra seguía resultando excesiva. Desaparecido. Parecía implicar una voluntad ajena, una sombra, un misterio. Tal vez Jaime simplemente se había ido. Tal vez el verbo correcto era marcharse y yo insistía en otro porque dolía menos.

Por la tarde Mónica llegó desde Córdoba. Entró sin abrazarme, dejó una mochila junto a la puerta y recorrió la casa con los ojos. Cuando vio el armario abierto se quedó inmóvil.

—¿Eso se lo ha llevado él?

—Eso parece.

—Jaime no haría esto.

—¿Qué parte? ¿Marcharse o no avisar?

—Las dos.

—Ayer habría dicho lo mismo.

Mónica cerró la puerta del armario con más fuerza de la necesaria.

—Mi hermano tiene defectos, Paula. Pero no desaparece.

—Quizá hay cosas que no sabes.

—Y quizá hay cosas que no sabes tú.

Nos miramos demasiado tiempo. Fue la primera vez que pensé que Mónica podía estar protegiendo algo, aunque todavía no sabía si se trataba de un secreto real o de la necesidad familiar de defender a alguien ausente.

—Entiendo que esto resulte difícil, pero necesito preguntárselo otra vez. ¿Existe alguna posibilidad de que su pareja estuviera preparando una marcha sin decírselo?

Miré el hueco del armario desde la cocina. La puerta seguía abierta.

—Ayer habría dicho que no.

—¿Y hoy?

Pensé en el pasaporte, la ropa, la excedencia y tres mil doscientos euros retirados en efectivo veinticuatro horas antes de que Jaime dejara su coche junto a una estación.

—Hoy no sé qué decirle.