Antes de que desapareciera (Secretos tras la puerta 3)
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CAPÍTULO 1
La última fotografía que le hice a Jaime antes de que desapareciera no estaba pensada para conservarlo.
Ni siquiera estaba enfocándolo a él. Yo llevaba casi una hora fotografiando la terraza de un apartamento turístico en Huelin porque la propietaria insistía en que desde allí se veía el mar mucho más de lo que en realidad se veía.
Habíamos movido dos veces una mesa, escondido un tendedero detrás de una puerta y esperado a que una furgoneta dejara libre el trozo de calle que se colaba entre los edificios.
Cuando por fin encontré un ángulo en el que aparecía una franja azul entre dos fachadas, Jaime cruzó por el fondo de la imagen con dos cafés en la mano.
—Te he fastidiado la foto —dijo.
—Me has regalado escala humana.
—Eso suena a que soy mobiliario.
—Mobiliario con cafeína.
Dejó uno de los vasos junto a mi mochila y se asomó a la pantalla de la cámara.
Era martes, poco después de las nueve de la mañana, y yo había olvidado por completo que me había prometido pasar a verme antes de entrar en la oficina.
Llevábamos ocho años juntos y Jaime todavía aparecía de vez en cuando con esa clase de gestos pequeños que una termina agradeciendo sin convertirlos en acontecimiento.
Había parejas que celebraban fechas. Nosotros recordábamos que el otro tomaba el café sin azúcar.
—¿Vas a tardar mucho? —preguntó.
—Media hora si la señora deja de intentar venderme Málaga desde el balcón.
—Es un apartamento turístico. Vender Málaga es literalmente su negocio.
—Y el mío conseguir que parezca que la playa está en el salón.
Sonrió. Llevaba la camisa azul clara que utilizaba cuando tenía reuniones importantes y una bolsa de tela oscura colgada del hombro.
Me fijé porque no era suya. Jaime usaba mochila desde que lo conocía; decía que los maletines convertían a cualquier hombre de treinta años en alguien que iba a pedirte una hipoteca.
—¿De dónde has sacado eso?
Miró la bolsa.
—Del trabajo.
—Pensaba que odiabas las bolsas de propaganda.
—La necesitaba para llevar unas cosas.
La respuesta me pareció suficiente. Casi todas lo parecen antes de que alguien desaparezca.
La propietaria salió a la terraza con un jarrón que quería introducir en la siguiente fotografía. Jaime aprovechó para despedirse. Me besó en la sien, me recordó que probablemente llegaría tarde y preguntó si cenábamos en casa.
—Si vienes antes de las diez.
—Antes de las diez.
—¿Lo prometes?
—No. He aprendido.
Se marchó riéndose. Lo vi cruzar el salón del apartamento y desaparecer por el pasillo. Después volví al encuadre, pedí a la propietaria que apartara un poco el jarrón y seguí trabajando.
La foto de Jaime quedó entre otras ciento ochenta y seis imágenes que descargué por la tarde sin mirar demasiado.
A las seis estaba en mi estudio de Soho corrigiendo verticales cuando me escribió Nerea para preguntarme si al final iba a enviar la confirmación de Barcelona.
Cerré el mensaje sin responder. Llevaba tres semanas haciendo lo mismo cada vez que alguien mencionaba aquella residencia: abrir la conversación, pensar que aún no había nada definitivo y dejarla para después.
Había solicitado seis meses en una residencia de fotografía documental vinculada a una fundación de Barcelona.
No se lo había contado a Jaime. La explicación que me repetía era bastante razonable: primero tenían que elegirme.
Había quedado entre las cinco finalistas, nada más.
Contarle que podía marcharme medio año cuando todavía existían cuatro posibilidades de que no ocurriera me parecía introducir un problema en casa antes de que fuera real.
A las ocho y cuarto guardé el ordenador, bajé la persiana del estudio y fui andando hasta el coche.
Jaime no había escrito. Tampoco era raro.
Los cierres mensuales de Nácar podían tragarse una tarde entera y parte de la noche.
Le mandé un mensaje desde el semáforo de la Alameda: «Voy para casa. ¿Compro algo?». No contestó.
A las nueve y diez calenté una crema de verduras y puse dos platos. A las nueve y media le escribí otra vez. A las diez llamé.
El teléfono dio tono seis veces antes de saltar el buzón. No me preocupé. Me enfadé.
Esa distinción me acompañaría durante los días siguientes porque, cuando alguien desaparece, la memoria reorganiza emociones con una facilidad bastante indecente.
Después diría que ya a las diez sentí que algo iba mal.
No fue así. A las diez pensé que Jaime se había entretenido, que no había mirado el móvil y que yo llevaba tres semanas sin decirle que quizá me marchaba a Barcelona, de modo que no estaba precisamente en posición de reclamar transparencia absoluta.
A las diez y cuarenta y cinco llamé de nuevo. Esta vez el teléfono estaba apagado.
A las once escribí a Sergio, un compañero suyo al que conocía de dos cenas de empresa.
No respondió. Busqué en el grupo de WhatsApp que compartíamos con Mónica, la hermana de Jaime, y comprobé la última conexión.
Nada útil. A las once y veinte me serví una copa de vino y la dejé intacta sobre la mesa.
A las doce llamé a la oficina.
Contestó el vigilante del edificio. Le expliqué que buscaba a Jaime Aranda, de Nácar Gestión Patrimonial. El hombre me pidió que esperara y escuché unas teclas al otro lado.
—Aquí ya no queda nadie de esa empresa —dijo—. Cerraron la planta hace rato.
—¿Sabe a qué hora salió?
—No, señora. Yo entro a las diez.
No corregí lo de señora. Colgué y llamé a Nerea.
—¿Qué pasa? —preguntó nada más contestar.
—Jaime no ha vuelto.
Hubo una pausa breve.
—¿Desde cuándo?
—Esta mañana.
—Paula, son las doce.
—Ya lo sé.
—¿Habéis discutido?
La pregunta me molestó porque era práctica.
—No.
—¿Nada raro estos días?
Pensé en Barcelona. En la bolsa de tela. En dos llamadas que Jaime había rechazado delante de mí durante el fin de semana. En cómo, el domingo, había salido a comprar pan y regresado una hora después sin pan.
—No —dije.
Nerea no me creyó del todo, pero tampoco insistió.
—Voy para allá.
—No hace falta.
—No te lo he preguntado.
Llegó veinte minutos después con una sudadera encima del pijama y el pelo recogido de cualquier manera. Para entonces yo había vuelto a llamar a Jaime cuatro veces. La última no había llegado ni siquiera al buzón.
A la una y cuarto llamamos al 091 para preguntar qué debía hacer si una persona adulta no regresaba a casa.
La mujer que atendió me explicó que no era necesario esperar veinticuatro horas para comunicar una desaparición y me preguntó si existía alguna circunstancia que hiciera pensar que Jaime pudiera estar en peligro.
Abrí la boca y no supe qué decir.
No tenía enfermedades conocidas. No había amenazado con hacerse daño. No habíamos discutido. No faltaba ningún mensaje extraño. No conocía enemigos. No sabía de deudas.
—No —respondí al final—. Solo que esto no es normal.
A las dos y siete, mientras Nerea preparaba café porque ninguna de las dos estaba dispuesta a dormir, abrí el armario del dormitorio.
El hueco no era grande. Tres camisas, dos pantalones, ropa interior y el neceser de viaje.
Antes de abrir el armario había recorrido la casa dos veces con una lógica que, vista después, no tenía ninguna.
Miré detrás de la puerta del baño, comprobé si el cargador de Jaime seguía enchufado junto al sofá, abrí el mueble donde guardábamos los papeles del coche y hasta bajé al garaje porque una parte de mí necesitaba ver con sus propios ojos el espacio vacío.
Su coche no estaba. Eso no significaba nada; había salido con él por la mañana.
Sin embargo, el hueco numerado 47 me produjo una inquietud concreta, más soportable que la idea general de que no sabía dónde estaba.
Nerea bajó conmigo. Se quedó apoyada contra una columna mientras yo revisaba el suelo como si Jaime pudiera haber dejado una nota debajo del coche antes de marcharse.
—Paula, vamos a volver arriba.
—Espera.
—¿A qué?
No supe responder. Había una mancha de aceite vieja, una brida cortada y una moneda de cinco céntimos junto al bordillo. Fotografiar durante tantos años me había acostumbrado a creer que, si miraba suficiente tiempo, algo terminaba ordenándose dentro del encuadre. En el garaje no se ordenó nada.
Subimos. En la cocina, Nerea abrió el frigorífico y señaló un táper.
—¿Esto es suyo?
—De los dos.
—Quiero decir si lo preparó él.
—Ayer hizo arroz.
Nerea cerró la puerta con cuidado. Aquella pregunta absurda me afectó más que la llamada a la policía.
Jaime había cocinado para dos el lunes por la noche.
Había dejado arroz para el miércoles porque ambos llegaríamos tarde.
Una persona que planeaba desaparecer podía cocinar arroz.
Naturalmente. También podía comprar detergente, bajar la basura y programar el lavavajillas.
Lo cotidiano no era una coartada. Aun así, una parte de mí se aferró a aquel táper como si demostrara que no tenía previsto marcharse.
Volví a revisar nuestros mensajes de los días anteriores.
Había una conversación sobre una bombilla del baño, otra sobre si el sábado iríamos a casa de su madre y una fotografía que Jaime me había enviado de un cartel mal traducido.
Nada parecía despedida. Tampoco había declaraciones de amor repentinas, disculpas extrañas ni frases que pudieran reinterpretarse como un adiós.
Me descubrí buscando precisamente eso y me odié un poco por la rapidez con la que había empezado a leer nuestra vida como material de prueba.
—¿Cuál fue la última vez que discutisteis de verdad? —preguntó Nerea.
—No sé. Hace dos semanas, quizá.
—¿Por qué?
—Por una tontería.
—Las tonterías también cuentan.
Recordé la discusión. Jaime quería que fuéramos a Córdoba por el cumpleaños de su madre y yo tenía una sesión que podía haberse movido si hubiera querido.
Le dije que no podía cambiarla. Él respondió que siempre decía que no podía cuando en realidad no quería.
Yo le recordé que había aceptado un trabajo de última hora el fin de semana de nuestro aniversario.
Acabamos cenando en silencio veinte minutos y después nos pedimos perdón sin resolver quién tenía razón.
No se había mencionado una ruptura, ni siquiera una amenaza de dormir separados.
—No fue nada —dije.
Nerea me miró de esa forma que tenía de no discutir una frase cuando sabía que yo misma iba a hacerlo dentro de unos minutos.
—¿Tenía motivos para pensar que tú querías irte?
Barcelona volvió a aparecer entre nosotras.
—No lo sabía.
—Eso crees.
—No se lo he contado a nadie salvo a ti y a Clara.
—Has rellenado formularios, has mandado un porfolio, has tenido entrevistas. Hay rastros.
—Jaime no revisa mis cosas.
—No he dicho eso.
Me senté a la mesa. Había dejado su taza del desayuno en el fregadero porque por la mañana salimos con prisa. La cogí, la lavé y la puse a escurrir. Nerea me observó sin comentar nada.
A las dos menos cuarto me llamó un agente para confirmar que la matrícula del coche se había introducido en el sistema y que una patrulla pasaría por los lugares habituales que yo había indicado.
Me preguntó si Jaime tenía acceso a otra vivienda.
Dije que no. Después recordé que su madre conservaba un piso pequeño en Córdoba y tuve que corregirme.
A cada pregunta parecía descubrir una nueva forma en la que no conocía completamente las posibilidades de la vida de Jaime.
Cuando colgué, Nerea sacó una libreta de mi escritorio.
—Vamos a apuntar lo que falta.
—No quiero hacer inventario de mi novio.
—Pues yo sí quiero que mañana no tengas que responder de memoria a veinte preguntas.
Anotamos el coche, el teléfono, la cartera, las llaves, la ropa que yo podía identificar y un neceser que no estaba en el baño.
Después fuimos al dormitorio. Yo todavía seguía convencida de que encontraría una explicación doméstica: una maleta preparada para un viaje de trabajo que había olvidado, una mochila en el altillo, cualquier cosa que redujera el problema a una conversación pendiente.
Me quedé delante con la puerta abierta.
—Nerea.
Ella apareció detrás de mí.
—¿Qué?
Señalé la balda.
—Falta su pasaporte.