Animales nocturnos Dame la mano
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Dame la mano

Wren llegó unos minutos después, con la capucha subida y las manos hundidas en los bolsillos de la chaqueta. Se detuvo a su lado sin decir nada.

«¿Tienes hambre?», preguntó Bagheera. «No.»

«Yo tampoco.»

Y aun así entraron.

Rosa las recibió con un leve gesto de la barbilla.

«Llegasteis tarde esta noche.» «Teníamos cosas que hacer», respondió Bagheera.

Wren contuvo una sonrisa. Ninguna de las dos tenía ganas de darle explicaciones a nadie. Ya no.

Se sentaron al fondo del local, junto a la ventana empañada. Sobre la mesa aún quedaba una pequeña quemadura cerca de una esquina. Bagheera la observó durante un instante.

Aquella mesa.

El primer mueble que había elegido junto a su marido.

Años atrás habían recorrido los pasillos de la tienda de muebles cogidos de la mano, fingiendo que bastaba con amueblar una casa para construir una vida.

No era la mesa más bonita ni la más resistente.

Pero estaría lista para el día de la mudanza.

Y entonces eso parecía suficiente. «¿En qué piensas?

», preguntó Wren. Bagheera bajó la mirada.

«En que hay gente que se pasa la vida fingiendo fusiones solo para devorar todo lo que encuentra. »

Wren inclinó la cabeza.

Bagheera sonrió apenas. Recordó aquellos periódicos que había leído años atrás, llenos de hombres poderosos que compraban hoteles, destruían a la competencia, despedían a cientos de personas y llamaban éxito a todo aquello.

Gente convencida de que llegar a la cima significaba no tener que mirar nunca más a nadie a los ojos.

En las relaciones también ocurría. Se colonizan vidas enteras. Se exige amor como si fuera propiedad privada.

«Yo no quiero poseerte», dijo Wren de pronto, como si hubiera leído sus pensamientos.

Bagheera levantó la vista. «Yo tampoco.»

Y aquella frase dio más miedo que cualquier promesa.

Rosa dejó sobre la mesa dos arancini humeantes.

«Comed», ordenó. «Que el mundo ya da bastante asco por sí solo.» Esta vez Wren soltó una carcajada. Bagheera la observó y sintió que el pecho se le encogía.

Ese era el problema.

La felicidad la volvía más vulnerable que el dolor.

Bagheera deslizó lentamente una mano sobre la mesa.

Wren la miró sin respirar. Sus dedos se entrelazaron despacio. Seguían siendo criaturas nocturnas. Wren apretó apenas su mano. «¿Tienes miedo?»

Bagheera sonrió, cansada y viva al mismo tiempo.