EPÍLOGO
Bagheera pasó lentamente los dedos sobre
un pétalo todavía cerrado.
Wren estaba sentada sobre la vieja mesa
de trabajo, con las piernas recogidas y la
espalda apoyada contra la pared de
madera. La observaba en silencio, sin
interrumpir aquel ritual que ya conocía de
memoria. Cada noche, entre medianoche
y las tres, esperaban.
La esperaban a ella.
La nueva flor.
La que solo florecía en la oscuridad.
«Parece absurdo», dijo Wren en voz baja.
«Pasa todo el día cerrada... y aun así elige
estas horas para abrirse.»
Bagheera sonrió apenas.
«Quizá porque la luz no siempre salva.»
Las palabras quedaron suspendidas en el aire templado del invernadero. Durante los últimos meses había aprendido que algunas criaturas solo sobreviven lejos de la mirada de los demás. No por vergüenza. No por culpa. Sino porque existen lenguajes que el sol vuelve irreconocibles.
Como ellas.
Wren bajó de la mesa y se acercó. Aún llevaba encima el aroma frío de la noche y el más dulce de la crema de manos que usaba después del trabajo. Bagheera ya era capaz de reconocerlo al instante, incluso a distancia.
Se había convertido en hogar. «¿En qué piensas?», le preguntó Wren. Bagheera vaciló un momento. «En que me he pasado la vida creyendo que tenía que ganarme el derecho a existir.»
Wren bajó la mirada.
«Yo también.»
Silencio.
Luego Bagheera soltó una suave risa, sin alegría ni tristeza.
«Y cuando por fin intentas elegirte a ti misma, los demás se ofenden.
Como si pertenecerte fuera una traición.
» Pensó en todas las mujeres que había conocido a lo largo de su vida.
Las que pedían permiso para respirar. Las que se rompieron intentando ser perfectas.
Las que permitieron que las definieran las miradas de los hombres, de los maridos, del pueblo entero.
Criaturas nocturnas.
Exactamente como aquella flor. Wren apoyó la cabeza sobre su hombro. «¿Alguna vez te da miedo que todo esto termine?»
Bagheera permaneció inmóvil. Tenía miedo del juicio, de la distancia, del cansancio. Miedo de las grietas invisibles que nacen incluso dentro de los amores más feroces. Miedo de convertirse de repente en extrañas. De dejar de reconocerse.
Pero ya había comprendido algo esencial: ninguna relación sobrevive porque prometa eternidad.
Sobrevive porque se elige cada día. En ese instante, como si respondiera a sus palabras, la flor se abrió. Lentamente.
Los pétalos se desplegaron en el calor húmedo del invernadero como una respiración contenida durante demasiado tiempo. Blanco lechoso, atravesado por vetas de sombra, frágil y obstinado a la vez.
Quizá siempre había sido solo una criatura nocturna obligada a vivir bajo una luz equivocada.
Wren rozó la flor con una delicadeza reverencial.
«Mira qué poco vive», murmuró. «Sí», respondió Bagheera. «Pero mira cómo florece.»
Algunas almas no nacieron para ser iluminadas.
Nacieron para aprender a ver en la oscuridad.